Despidiendo a nuestro amigo

Por otra parte, hoy 23 de Noviembre, en el hermos y magestuoso templo de Santa Ana, en el Guamo Tolima, se celebraron las exequias del padre de Monseñor Juan Carlos barreto, a compañado del Obispo del Espinal, Monseñor Orlando Roa, 40 Sacerdotes y un numero nutridos de fieles venidos de varios municipios del Tolima, para dar sepultura a don Abel, quien regalara a la iglesia un obispo. Paz en su tumba

35Hemos venido a acompañar a nuestro querido hermano ABEL BARRETO a su última morada. Al mismo tiempo acompañamos en actitud de fe, esperanza y caridad a la señora Blanca Aurora, a Mons. Juan Carlos Barreto, a Víctor, a Piedad, a los nietos y familia Barreto Barreto en general, en esta despedida que humanamente los embarga de tristeza y de dolor. Es un gesto de amistad, de estima, de respeto, de fraternidad episcopal y presbiteral.Permítame ver en ello también un gesto de fe. Su presencia en nuestro Templo Parroquial en torno al féretro de nuestro hermano Abel, para mí es signo de la presencia de Dios cerca de cada uno de nosotros en nuestra muerte.
No hemos querido dejarlo solo en su partida. Esta reacción sencilla es para mí, repito, expresión de la fe; nosotros creemos que en la muerte no marchamos hacia lo terriblemente desconocido. Alguien está ahí para acogernos al final del camino de nuestra vida. Aunque el azar, la casualidad tenga un lugar importante en el mundo y en nuestras existencias, nosotros no creemos que el azar sea la explicación última de la realidad. “Dios es Amor”. Y el amor ha sido, es y será la explicación suprema de la vida. Al principio está Dios; un Dios Padre, que da la vida. Al final está también Dios; un Dios que acoge, un Dios que nos recibe en Él. Dios nos ha creado por amor y nos salva en Cristo también por amor. “Él nos amó primero y entregó a su Hijo por nosotros para que tengamos vida y la tengamos abundante”.
La vida de nuestro hermano Abel estuvo marcada por el amor a su familia, por su trabajo, por los esfuerzos para procurar lo necesario para los suyos en lo material y en lo espiritual, en la formación y educación. Una buena persona, con sus defectos, fruto de la condición humana (que yo desconozco), pero con un gran corazón que ha nuesto de manifiesto también a lo largo de toda su existencia. Un hijo de Dios, que agradece al Señor por su familia, por sus logros y realizaciones de la manera más sencilla posible, un hombre de Dios que entregó a la Iglesia, dos laicos bien formados y un sacerdote, un Obispo para mayor gloria de Dios. Necesitamos personas que nos animen a tener menos miedo al dolor, al sufrimiento. Porque nuestro hermano Abel tuvo un buen Maestro y supo tomar la Cruz y seguir al  Señor. Y necesitamos personas que, como él, nos hagan cercanas la paz y la alegría de la fe, de su creencia en el buen Dios que dio su vida por nosotros. “Ánimo, soy yo, no tengáis miedo”, le dijo también a Pedro cuando le invitó a seguirle caminando sobre las aguas. “¿Vosotros también queréis marcharnos?”…” ¿Y a dónde vamos a ir? Sólo tú tienes palabras de vida eterna”. “Hombres de poca fe ¿Por qué dudan?”. No nos agobia incluso el  que en algunos momentos no hayamos sido del todo fieles a nuestra vocación de cristianos. Recordemos juntos aquellas preguntas de Jesús, después de la Resurrección, al Apóstol Pedro: ¿Pedro, me amas más que éstos?…”Señor, Tú sabes que te quiero”. Al final, somos juzgados por el amor. Acercarse a las Bienaventuranzas, que acabamos de escuchar en el Evangelio, produce siempre alguna inquietud porque parece imposible compartir, de obra, la claridad de Cristo al pronunciarlas de manera rotunda. Por eso, resulta esperanzador escuchar al mismo tiempo que existe una multitud incontable de santos anónimos que, a pesar de ser como nosotros, débiles e inseguros, han logrado su túnica blanca del gozo de la presencia de Dios para siempre.
Las personas pobres de espíritu, que viven sencillamente y no corren angustiados tras la riqueza el poder y la gloria ni ponen en placer y el bienestar como metas supremas de la vida. Las personas sufridas, no violentas, que tienen criterios cristianos y los mantienen, pero no nos imponen a gritos ni con las armas porque saben que todos los seres humanos hemos nacido del mismo Padre Dios. Las personas limpias de corazón y de mirada limpia que como no tienen doblez en sus vidas, no creen que existan en la del prójimo. Que no se mueven por la envidia u orgullo. Y son fieles a su propia conciencia. Las personas misericordiosas, dispuestas siempre a la comprensión, a la tolerancia, al perdón, al juicio misericordioso.

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