DOMINGO 31 DE JULIO DE 2016

XVIII DOMINGO ORDINARIO

“MIRAD Y GUARDAOS DE TODA CODICIA, PORQUE, AUN EN LA ABUNDANCIA, LA VIDA DE UNO NO ESTÁ ASEGURADA POR
SUS BIENES”.

ECLESIÁSTES 1:2; 2:21-23 El hombre, después de haber pasado por los agites de la sociedad, el estrés de la vida y el dolor de la muerte de sus amigos o seres queridos, con frecuencia se pregunta: ¿ Qué sentido tiene la vida?, ¿Vale la pena luchar tanto, si al  final llega la muerte y nada nos llevamos?. Es la misma pregunta que hace el Eclesiástico en este capitulo y que lleva al hombre prudente a reflexionar, para que no caiga en la vanidad ni se aparte de la presencia del Señor. “Pues ¿qué le queda a aquel hombre de toda su fatiga y esfuerzo con que se fatigó bajo el sol?, Pues todos sus días son dolor, y su oficio, penar; y ni aun de noche su corazón descansa. También esto es vanidad”. Esta preguntas es hoy para nosotros.Con prudencia asimilemos y hagamos de cada día, el mejor de los días. Sin estrés, sin angustias, sin desesperación, colocando todo en las manos del Señor y es posible cuando todo se hace con amor. Aprendamos también de la frase de Gandy: “No vale la pena vivir amargados, cuando la vida es tan corta”

SALMO 90:3-6, 12-14, 17 La poca reflexión sobre la muerte y el afán  de conquistar el éxito en el mundo, nos ha  llevado a no pensar que la vida en este mundo es transitoria, pero es el salmo 90 el que nos aterriza, indicando que el Señor reduce a los hombres al polvo y que la verdadera vida está más  allá de la muerte,  junto al Señor, que es un eterno presente contemplando la gloria de Dios; por ello dice el salmista: “¡Tornad, hijos de Adán!, Porque mil años a tus ojos son como el ayer, que ya pasó, como una vigilia de la noche”. Aprendamos a orar todos los días con el salmo 90: “Enséñanos a contar nuestros días, para que entre la sabiduría en nuestro corazón. Sácianos de tu amor a la mañana, que exultemos y cantemos toda nuestra vida”; y terminemos la oración con esta bella frase del mismo salmo 90: “La dulzura del Señor sea con nosotros”.

COLOSENSES 3:1-5, 9-11 Tres pecados se han acentuado en la sociedad moderna: Materialismo, laicismo e inmanencia, pecados que los arrasa en las cosas de este mundo, llevándolos a buscar sólo las cosas de la tierra y no las del cielo. Hoy la Iglesia, siguiendo el consejo del Apóstol Pablo hace un llamado a buscar y aspirar a las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios y a practicar y vivir los consejos que el Apóstol nos da: “Por tanto, morti ficad vuestros miembros terrenos: fornicación, impureza, pasiones, malos deseos y la codicia, que es una idolatría”. Por otro lado pide: “Despojaos del hombre viejo con sus obras, y revestidos del hombre nuevo, que se va renovando hasta alcanzar un conocimiento  perfecto, según la imagen de su Creador”. Que la gracia y sabiduría de Dios nos acompañe para ser todos en Cristo y Cristo en todos, viviendo con alegría la experiencia del hombre nuevo, preocupados siempre en buscar las cosas de arriba, la que nos lleva al cielo.

LUCAS  12:13-21 Para Jesús, la codicia es un pecado grave que crea una barrera para pensar en la  muerte y en la vida Eterna. Lo deja ver ante la respuesta que le da a aquel señor que se levanta dentro de la gente para pedirle a Jesús que hablara con su hermano para que repartiera la herencia; a lo que responde Jesús con exactitud que él no era Juez y luego exhorta a no caer en la codicia porque ella no es garantía de esta vida. Les dice: “Mirad y guardaos de toda codicia, porque, aun en la abundancia, la vida de uno no está asegurada por sus bienes”.
Pero Jesús quería profundizar más en su mensaje, por ello lo explica con la parábola del campo de cierto hombre rico que dieron mucho fruto, el cual se dijo para sí: “¿Qué haré, pues no tengo donde reunir mi cosecha? Y dijo: Voy a hacer esto: Voy a demoler mis graneros, y edificaré otros más grandes y reuniré allí todo mi trigo y mis bienes, y diré a mi alma: Alma, tienes muchos bienes en reserva para muchos años. Descansa, come, bebe, banquetea. Pero Dios le dijo: ¡Necio! Esta misma noche te reclamarán el alma; las cosas que preparaste, ¿para quién serán?. Así es el que atesora riquezas para sí, y no se enriquece en orden a Dios”. El pecado de la codicia ha corroído el corazón de creyentes y ateos, de laicos consagrados y no consagrados, de hombres, mujeres, jóvenes y adultos, de las instituciones públicas y privadas, llevando a pensar de manera egoísta; en donde busca su propio interés o el de unos cuantos, olvidándose de los demás, de Dios y de su salvación, por ello tanta despreocupación por las cosas espirituales.
Que Dios nos ayude a atesorar riquezas para la vida eterna, como nos lo dice su palabra.

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