“ ¡Dejándolo Todo, Le Siguieron!”.

Padre misericordioso en tus manos ponemos estos hijos tuyos; llénalos de sabiduría, de generosidad y de bondad. Ayúdalos a crecer en su entrega desinteresada a la misión que pones en sus manos.

Amados hermanos: Sabemos que nos hemos reunido, hoy en nuestra iglesia Catedral del Espinal para acompañar a este grupo de jóvenes de nuestro Seminario Mayor La Providencia, que da otro paso importante en su caminar vocacional. Recibirán ministerio de lectores y acólitos. Dos serán ordenados diáconos. Los acompañamos también con la oración confiada en Dios todopoderoso y misericordioso. Reflexionemos sobre la Palabra de Dios que acabamos de escuchar.

El profeta Isaías sabe mirar el fondo de las cosas y al plan de Dios, vislumbrando lo que todavía no existe y anunciándolo para mejorar la existencia. La fuerza que empuja a los pueblos a subir es el don de la palabra de Dios, con frecuencia olvidada, pero capaz de suscitar en los pueblos aspiraciones nobles y mover nuevas energías. No se trata de una palabra fácil. Mientras estamos de camino, la Palabra de Dios nos exhorta a ser como el profeta capaces de tener “visiones”.

No en el sentido de abrigar sueños ilusorios, sino en el sentido de saber mirar a lo lejos: incluso si la ciudad está llena de idolatría, infidelidad, injusticia, el papel de la Iglesia es el de volverse hacia Dios, testimoniando que él es el único y llama a todos a sí. Orientándose y orientando a los otros a Dios, nuestra comunidad creyente manifiesta también el deseo de justicia que está en todos nosotros. Como escuchamos en los Hechos de los Apóstoles a la comunidad primitiva, las dificultades le llevaron a tomar una mayor conciencia de su propio papel en la sociedad y a encontrar soluciones nuevas para poder hacerse todo con todos.

Los apóstoles saben discernir cuál ha de ser su tarea insustituible: presidir la oración, transmitir con fidelidad las enseñanzas de Jesús, orientar a la comunidad para que elija de manera responsable en su seno a los hombres adecuados (de buena reputación, llenos del Espíritu Santo y de sabiduría) para ejercer un servicio caritativo que no excluya a nadie y difunda por todas partes el buen perfume de Cristo. La sabia articulación de los servicios en el interior de la Iglesia tiene como resultado la difusión de la Palabra de Dios y el incremento masivo de la comunidad cristiana con nuevas e inesperadas conversiones.

En el Evangelio escuchamos el doble relato de la llamada de los primeros discípulos, de las dos parejas de hermanos: Simón y Andrés, Santiago y Juan. El Reino que anuncia Jesús convoca al pueblo de Dios al tiempo de la salvación. De estos relatos de vocación se desprende claramente que solo se pide a los discípulos una obediencia pronta, no una cualidad humana particular. Todo su camino posterior será un seguir a Jesús, descubriendo lo que ha hecho de ellos sin mérito por su parte, aunque exigiéndoles su disponibilidad, que se manifiesta sobre todo en el desprendimiento de todo cuanto poseen y de todo lo que han sido hasta ese momento. Jesús también viene hoy, misteriosamente, a buscarnos a nosotros.

Convertirnos en discípulos suyos supone renovar cada día nuestra opción por él, buscando dentro de nuestra historia esa voz suya que nos llama desde siempre. Así, entramos en la historia de la exaltadora promesa del “Os haré pescadores de hombres”, que no se agota a buen seguro en la tarea del ministerio eclesial, sino que coincide con la experiencia de todo cristiano auténtico. He aquí por tanto la rebosante alegría, de la pesca mesiánica, que supone arrancar a la humanidad de las aguas venenosas del mal, para llevarla al refugio seguro en la vida del Reino. Indudablemente ninguno de nosotros puede “salvar” a otra persona, pero todos podemos colaborar con Jesús en el trabajo de echar las redes del Evangelio, a fin de que las personas disponibles se agarren a ellas y renazcan a la vida nueva. Como dije al inicio, estos jóvenes de nuestra Iglesia particular del Espinal dan un paso adelante en respuesta a la llamada del Señor que quiere que entren en el círculo de sus pescadores de hombres.

Al dar una mirada a la liturgia de los ministerios y de la ordenación de diáconos vale la pena recordar algunos elementos fundamentales para tener siempre en cuenta. Al fin y al cabo obispo, sacerdotes y diáconos hemos pasado por estas realidades vocacionales y nos hace bien recordar esta doctrina. Queridos hijos que van a ser instituidos lectores, les recuerdo que su misión será proclamar la Palabra de Dios en las celebraciones litúrgicas, y de esta forma educar en la fe a los niños, jóvenes y adultos, prepararlos para recibir dignamente los sacramentos, y anunciar la buena nueva de la salvación a las personas, que aún lo ignoran.

A un lector instituido se le exige aspiración constante a la perfección cristiana, propia de un verdadero discípulo del Señor y meditación asidua de la Sagrada Escritura para conocerla mejor. Queridos hijos que van a ser instituidos acólitos, a ustedes les recuerdo que se les confía la misión de ayudar a los presbíteros y diáconos en su ministerio, y distribuir como ministros extraordinarios, la sagrada comunión a los fieles, incluso llevarla a los enfermos. A un acólito por tanto se le exige ofrecerse diariamente a Dios, siendo ejemplo de seriedad y devoción en el templo. Estar cercano al pueblo de Dios y ser caritativo especialmente con los necesitados y enfermos. Aprender a captar el sentido íntimo y espiritual de todo lo que pertenece al culto público.

Queridos hijos que van a ser ordenados diáconos. Al acceder libremente al orden del diaconado, al igual que aquellos varones elegidos por los apóstoles para el ministerio de la caridad, también ustedes deben dar testimonio del bien llenos del Espíritu Santo y de sabiduría. Las recomendaciones que hace el ritual de ordenación de los diáconos para tener en cuenta en la homilía dice: Ustedes, “Ejercerán su ministerio observando el celibato: que será para símbolo y, al mismo tiempo, estímulo de su amor pastoral y fuente peculiar de fecundidad apostólica en el mundo. Movidos por un amor sincero a Jesucristo, el Señor, y viviendo este estado con una total entrega, su consagración a Cristo se renueva de modo más excelente.

Por su celibato, en efecto, les resultará más fácil consagrarse, sin dividir el corazón, al servicio de Dios y de los hombres, y con mayor facilidad serán ministros de la obra de regeneración sobrenatural. Tendrán por raíz y cimiento la fe. Muéstrense sin mancha e irreprochables ante Dios y ante los hombres, según conviene a un ministro de Cristo y dispensador de los santos misterios. No se dejen arrancar la esperanza del Evangelio, al que deben no sólo escuchar sino además servir. Viviendo el misterio de la fe con alma limpia, muestren en sus obras la palabra que proclaman, para que el Pueblo cristiano, vivificado por el Espíritu Santo, sea oblación agradable a Dios, y ustedes, en el último día, puedan salir al encuentro del Señor, y oír de él estas palabras: “Muy bien. Eres un empleado fiel y cumplidor; pasa al banquete de tu Señor”. Padre misericordioso en tus manos ponemos estos hijos tuyos; llénalos de sabiduría, de generosidad y de bondad. Ayúdalos a crecer en su entrega desinteresada a la misión que pones en sus manos. Santísima virgen María acompáñalos y no los desampares en ningún instante de su vida, enséñales el camino de la fidelidad a la palabra de Dios. San José, esposo de María y padre adoptivo de Jesús intercede por ellos y por todos nosotros para que imitando tus virtudes de pobreza, castidad, obediencia, edifiquemos el mundo que nos rodea y colaboremos con entusiasmo en la construcción del reino de Cristo.

Termino transcribiendo estas recomendaciones del Apóstol San Pablo en su Segunda Carta a Timoteo: “No te avergüences del testimonio que hay que dar de nuestro Señor… soporta los sufrimientos por el Evangelio, ayudado por la fuerza de Dios, que nos ha salvado y nos ha llamado con una vocación santa, no por nuestras obras, sino por su propia determinación y por su gracia que nos dio desde toda la eternidad en Cristo Jesús” (2Tim 1, 8-9). Amén.

(HOMILÍA EN DIACONADOS Dic. 2 de 2016)

+Mons. Orlando Roa Barbosa

Obispo de la diócesis del Espinal

Be the first to comment

Leave a Reply

Tu dirección de correo no será publicada.


*