¿Inmaduro yo? ¡No! ¡Ya estoy casado!

Haciendo una evaluación que viene con el fin del año y el comienzo del nuevo, generalmente se nos proponen hacer algún listado de propósitos firmes para mejorar, con frecuencia nos referimos en ellos a cosas que tienen que ver con el negocio (invertir para ampliar), con la salud (hacer ejercicio para bajar de peso), con el descanso (ahorrar para hacer un viaje de vacaciones); pero en pocas oportunidades nos revisamos en el papel que desempeñamos como padres de familia, como esposos.

En no pocas oportunidades nuestra manera de comportarnos denota todavía trazos de actitudes egoístas, soberbias, infantiles… hemos de confrontarnos delante del buen ejemplo que queremos transmitir como padres, como esposos, ese propósito para ser ejemplo, guía y modelo.

No podríamos aspirar a la madurez sin dejar en claro primero qué es eso de ser una persona madura, qué implica caminar hacia la madurez, cuáles características tiene una persona madura. Es por esta razón que antes que nada es necesario describir algunos rasgos que son típicos de una personalidad madura:

  1. El ser humano es único e irrepetible, este principio que hemos aprendido desde muy niños tiene una aplicación práctica en nuestro ser al reconocernos como hechos a imagen y semejanza de Dios, por lo tanto, dignos de respeto en nuestra dignidad como sus hijos y como personas humanas. La irrepetibilidad tiene que ver con el que no encontraremos a otra persona igual a nosotros, encontraremos “semejantes” pero no iguales; esto a su vez, nos genera una responsabilidad única y precisa para cada uno de nosotros: o lo hacemos nosotros o nadie más lo hará por nosotros. Como adultos al frente de una familia, como padres o esposos, somos imagen y semejanza de Dios y recibimos la impronta de la unicidad, por lo mismo, se espera que nuestros actos sean de una persona que muestra su dignidad no con la exigencia en las palabras sino con la calidad de sus actos y obras: cada padre o madre de familia podrá exigir el respeto a su dignidad en cuanto son los primeros responsables ante Dios de la formación de los hijos que Dios mismo les ha confiado, nadie más hará esa tarea por nosotros.
  2. El hombre es “incompleto” en el sentido que no está terminado, siempre está en constante dinamismo, en crecimiento, en cambio continuo; por esta razón el sentido de fatiga y lucha, de descubrimiento y aprendizaje es continuo. La responsabilidad del padre o la madre de familia no termina nunca, no porque ya el hijo tiene 15 o 20 o 40 años un padre de familia podrá todavía cantar victoria; es una tarea permanente en la cual todos los días se aprende, se adapta y se adecúa  a las nuevas circunstancias para ser más perfecto.
  3. El hombre es un ser limitado, tiene un confín preciso, no somos omnipotentes, no nos las sabemos todas, ni en el querer ni en el hacer. Es importantísimo tener este principio en mente, el cual, aunque todos lo predicamos, en la práctica a muchos nos cuesta vivirlo. En la relación con la pareja, en la relación con los hijos es necesario recordar que no somos ni tenemos la última palabra.
  4. El ser humano es “pasajero”: tenemos unos tiempos, unos ciclos que no dependen de nuestros deseos, muchos de ellos vienen sujetos a un proceso biológico, a la edad, a nuestro desarrollo físico, entre otros muchos factores. Por eso la labor como padres debe hacerse hoy, no se puede postergar, ya mañana quién sabe si nuestras fuerzas nos respondan, ya mañana no sabemos si tengamos las mismas capacidades, o no sabemos si mañana eso que tenemos hoy sea lo que los hijos necesiten.

Estos principios generales sobre la persona humana, que les llamamos Antropología, los entendemos como la el marco desde el cual hemos de analizar las condiciones personales de madurez, en últimas será la capacidad de responder a nuestra vocación cristiana. En las múltiples formas de combinación entre ellas, cada quien ha recibido la facilidad de “adaptarse” y responder a su manera, desarrollando sus disposiciones personales más o menos permanentes a las que les llamamos las Actitudes.

Son precisamente estas actitudes (distintas de las acciones en sí mismas) las que nos permiten cumplir esta tarea de educar, de formar estas jóvenes personas de manera íntegra que aporten valores a la sociedad y que marquen en sí mismos el proyecto de la vocación cristiana en su vida. Estas actitudes pueden ser abandonadas en cualquier momento, en muchas circunstancias, se puede huir de ellas, incluso refugiándose en las excusas del trabajo, excusas de pagar colegio costoso entre muchas otras.

¿CUÁLES SON LOS ASPECTOS QUE INCIDEN EN EL DESARROLLO DE ESAS ACTITUDES MADURAS PARA FORMAR UNA PERSONALIDAD EQUILIBRADA?

1. Aspectos de orden biológico: la genética influye de modo claro, pero no determinante en la formación de ciertos aspectos de la personalidad, baste citar por ejemplo la capacidad de ser extrovertido o ser introvertido, de ser de buen humor o malgeniado. Sin embargo, las características fisiológicas, aunque son importantes, sin embargo, no son absolutas; con esfuerzo, dedicación y voluntad, es posible mejorar, pulir, desarrollar aspectos no tan deseables en nuestra personalidad.

2. Aspectos de tipo familiar: otro aspecto fundamental en la adquisición de nuestras actitudes, ha sido el que tiene que ver con nuestra familia de origen, sus valores, su ambiente, los principios aplicados allí han marcado con una huella profunda lo que somos hoy.

3. Aspectos sociales: nuestro entorno de crecimiento, el tipo de vecinos, de amigos, la escuela a la que acudimos, la clase de juegos que practicamos, todo eso ha forjado un gran compendio de valores e ideales que inconscientemente nos mueven a lograr ciertas cosas o no, en el orden cultural, intelectual, económico, espiritual, solo por mencionar algunos. Ahora bien, qué tipo de persona es a la que nosotros entendemos e idealizamos como madura, va a depender en gran parte de nuestras propias experiencias, pero como la madurez no puede ser al gusto de cada quien, sino que es necesario establecer algunas pautas claras y fijas que nos permitan confrontarnos más allá de nuestras propias miradas, entonces aquí tenemos algunas características de la persona madura:

  • Es objetiva
  • Es autónoma
  • Es capaz de amar
  • Es fiel a la palabra dada
  • Es responsable
  • Es eficaz en su trabajo
  • Vive con libertad
  • Es flexible
  • Posee un sentido del bien diferenciado del mal
  • Tiene una visión panorámica de las situaciones
  • Tiene la capacidad de entrar en sí mismo y evaluarse
  • Es capaz de sobreponerse a los fracasos
  • Es capaz de gozar de su entorno y hasta de reírse de sí mismo
  • Es emocionalmente equilibradoDe todas estas características, tomemos solamente en esta ocasión a la primera para describirla y aplicarla con mayor propiedad. La objetividad es la capacidad de ver el entorno como es, y no como queremos que sea. Esto conlleva las actitudes personales de reconocer las virtudes personales y también los defectos, los errores y los logros.

Roberto José Guzmán Villanueva Pbro.

Rector FUNDES.

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