Un Santo para imitar cada semana

LA VIRGEN MARÍA, MADRE DE DIOS

01 de Enero

Para entender bien esta fiesta, debemos leer y meditar lo que escribe el Papa Pablo VI, al principio de su exhortación apostólica, “El Culto Mariano”: “En la nueva disposición del período de Navidad, nos parece que la atención común se debe dirigir a la renovada solemnidad de la maternidad de María”. Según una antigua sugerencia de la liturgia de Roma; está destinada a celebrar la parte que tuvo María en el misterio de la salvación y a exaltar la singular dignidad de que goza la Madre santa, por la cual merecimos recibir al autor de la vida, es asimismo, ocasión propicia para renovar la adoración al recién nacido Príncipe de la Paz; para escuchar de nuevo el jubiloso anuncio angélico (Lc 2, 14), para implorar de Dios, por mediación de la reina de la Paz, el don supremo de la paz. Por eso, en la feliz coincidencia de la octava de Navidad con el principio del nuevo año, la Iglesia ha instituido la “Jornada Mundial de la Paz”, que goza de creciente adhesión y que está haciendo madurar frutos de paz en el corazón de tantos hombres. El dogma de su verdadera encarnación y de la dignidad de María como verdadera “Madre de Dios” (Concilio de Éfeso, año 431) y “Madre de la Iglesia”, es el fundamento para una “civilización de amor” (Documento de Puebla).

SANTOS REYES MAGOS. Epifanía 

06 DE ENERO:

Desde tiempo inmemorial, el recuerdo de los “Santos Reyes Magos” está unido a la fiesta de la “manifestación del Señor”. Fueron aquellos magos de Oriente que, como primeros mensajeros del mundo pagano tributaron homenaje al Hijo de Dios, recién nacido. Mateo es el único de los cuatro evangelistas que nos informa de aquel suceso maravilloso y su relato es tan sencillo y conmovedor, que ante él sale sobrando cualquier explicación.

Pero, ¿quiénes eran aquellos magos? Lejos de los pastizales de Belén estaban las grandes ciudades y los inconmensurables reinos orientales, donde el ser humano mucho antes de nuestra era había creado culturas florecientes, cuyas ruinas descubiertas, despiertan asombro y admiración. Llegaron a Jerusalén y a Belén, más o menos un año después del nacimiento del Hijo de Dios. Encontraron a la Sagrada Familia en la casa sobre la cual se detuvo la estrella. Con gran alegría se hincaron ante el niño y le ofrecieron sus regalos: oro, incienso y mirra. Según la costumbre oriental; reconocieron al Niño Jesús como soberano espiritual de ellos y de sus pueblos. Había terminado la peregrinación que emprendieran también como representantes de todos nosotros, los fieles que descendemos de todos los pueblos paganos del mundo. Ni siquiera conocemos los nombres de los magos El pueblo llamó a aquellos hombres, llegados del lejano Oriente los “tres reyes” a partir del siglo sexto, aunque sea poco probable que hayan sido reyes de sus países, en el sentido propio de la palabra.

La Edad Media les dio nombres de Melchor, Gaspar y Baltasar haciéndolos pasar por los representantes de las diferentes edades de la vida, de los continentes y de las razas humanas y festejándolos en peregrinaciones. La solemnidad de los Reyes magos, nos habla a través del recuerdo de algunos hombres, los magos de oriente, que habiendo llegado de lejos a Belén, tras la luz de la estrella, encontraron a Jesús recién nacido. En estos hombres vemos representados a todos los que desde cualquier lugar y en cualquier tiempo que, han ido a Jesús y han encontrado y le han  ofrecido el don de su fe, tanto en las generaciones pasadas, como en la nuestra y en las futuras. Esos magos del oriente, simbolizan a los descendientes de todos los pueblos de la tierra, que adoran a Dios en el misterio de su encarnación. “El Verbo se hizo carne y nació de la Virgen María”. Papa Juan Pablo II, Alocución dominical del 6 de enero 1980.

CONVERSIÓN DE SAN PABLO, APÓSTOL

25 DE ENERO:

El evangelista san Lucas dedica casi la mitad del libro de los Hechos de los Apóstoles al apostolado de san Pablo. También en las cartas de los apóstoles, se hace mención expresa de la aparición de Cristo resucitado al fariseo Saulo y su conversión total, por la gracia del Señor. Para Saulo este encuentro con Cristo tuvo dos consecuencias decisivas: primeramente abandonarlo todo por amor a Cristo. Saulo abandonó a su familia, renunció a su orgullo de raza, a su carrera profesional, a sus aspiraciones, a su fanatismo farisaico, a sus amigos y parientes judíos. Todo esto, comparado con Cristo, lo consideró como basura. En cambio con su conversión lo ganó todo; ganó una verdadera vida por su incorporación en Cristo, creyendo en él y pidiendo el bautismo; ganó una absoluta claridad sobre su futuro papel de testigo de Cristo; ganó una nueva visión del Cristo místico que vive en cada uno de los hermanos bautizados. Esta conversión fue, en verdad, un triunfo del Señor resucitado, ya que, por su gracia, en un momento cambió la vida de Saulo para que fuera, en adelante, magnífico instrumento en la evangelización de la Iglesia primitiva. San Pablo confiesa en todas sus predicaciones, mensajes y escritos, que esta conversión radical fue un fruto de la gracia. En Pablo irrumpió el poder del resucitado en un solo momento y lo hizo confesar: “En un solo espíritu hemos sido todos bautizados para no formar más que un cuerpo, judíos y griegos, esclavos y libres”. (1 Cor 12, 13).

SANTO TOMAS DE AQUINO, PRESBÍTERO Y DOCTOR DE LA IGLESIA.

28 DE ENERO:

Santo Tomás de Aquino descubrió que la profesión que le dictaba su corazón, era la de querer vivir una comprensión y glorificación de Dios a través de la ciencia. Por esta razón se incorporó a la Orden de Santo Domingo, en Nápoles, a los dieciocho años. Nuestro santo jamás olvidó, durante sus investigaciones, la grandeza y elevación del mundo sobrenatural, muy por encima de cualquier comprensión de la mente humana. Las primeras discusiones comprobaron con qué claridad, con qué erudición, con qué asombrosa perspicacia era capaz, este religioso, de separar la verdad del error. Apenas había cruzado Tomás de Aquino las puertas de la carrera científica, cuando subió inmediatamente, en marcha triunfal incontenible, por sus méritos, a metas cada vez más elevadas. No solamente en Colonia, sino que muy pronto en toda Europa, se pronunciaba su nombre con respetuosa admiración. En 1252 comenzó a pronunciar sus conferencias en la Universidad de París y en 1257 fue nombrado catedrático titular; a principios de 1260 lo llamó el Papa a su corte para que presentara el interés de la Iglesia romana en las negociaciones de unión, con el emperador griego y en el otoño de 1265, aceptó la dirección de la Escuela Religiosa en Roma Con esto pareció haber llevado su tarea al punto culminante, y, en efecto, produjo su obra más completa y magnífica, la “Suma Teológica”, precedida por la “Suma Filosófica” y la explicación del Evangelio, “Cadena de oro”.

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