El Matrimonio, Alianza entre un varón y una mujer

“El sacramento del Matrimonio está destinada a perfeccionar el amor de los cónyuges, a fortalecer su unidad indisoluble, a santificarse en la vida conyugal y en la acogida y educación de los hijos” (LG 11; cf LG 41).

El Código de Derecho Canónico ha definido el matrimonio como una alianza en la que “el varón y la mujer constituyen entre sí un consorcio de toda la vida, ordenado por su misma índole natural al bien de los cónyuges y a la generación y educación de la prole, que fue elevada por Cristo Señor a la dignidad de sacramento entre bautizados” (c. 1055). Esta definición permite identificar aspectos muy importantes del matrimonio; el primero, tiene que ver con la connotación de consorcio, pues es en este aspecto donde se ve reflejada la exteriorización del consentimiento entre el varón y la mujer, para un propósito en común: auxiliarse el uno al otro, acompañarse en la salud y en la enfermedad, en la pobreza y en la riqueza y sobre todo permanecer unidos hasta que la muerte los separe.

El matrimonio pretende procurar el bien recíproco de la pareja, en donde se dan el uno al otro en amor conyugal, de manera libre, gratuita y voluntaria, pero siendo en adelante, un deber en justicia. El amor, que ahora es calificado de conyugal, “un solo cuerpo, una sola carne”, da la propiedad y el derecho de las expresiones: mi esposa, mi esposo, nuestra casa, nuestros hijos, expresiones que integran la convivencia de la pareja y que involucran la dimensión familiar y social.

Cuando los esposos asumen con responsabilidad, amor y entrega el sacramento del matrimonio, se convierten, a ejemplo de la Sagrada Familia de Nazareth, en testigos y anunciadores del Evangelio. De ahí la importancia de una buena preparación al matrimonio, para que el consentimiento que manifiestan los novios lo realicen con convencimiento, con conciencia, de manera voluntaría, con todas sus facultades, para que éste sea fecundo en su pensar, actuar y sentir, de tal manera que la vida conyugal se convierta en una relación familiar donde se construya una forma de vida desde un nuevo modo de ser, iluminados por la fe, la esperanza y la caridad, cumpliendo lo que expresarón el día de su boda: “Yo te recibo como esposa” — “Yo te recibo como esposo”. (Ritual de la celebración del Matrimonio, 62).

Los esposos no deben olvidar la doctrina de la Iglesia cuando indica: “El sacramento del Matrimonio está destinada a perfeccionar el amor de los cónyuges, a fortalecer su unidad indisoluble, a santificarse en la vida conyugal y en la acogida y educación de los hijos” (LG 11; cf LG 41). Que en este año de gracia, cuando nuestra Diócesis cumple sus sesenta años evangelizando nuestros pueblos, la preparación al matrimonio siga siendo uno de los objetivos prioritarios, porque allí radica la formación de la auténtica familia y la construcción de una sociedad humana, justa, con principios éticos, morales y religiosos.

Orlando Salazar D. Pbro. Ph.en filosofía

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