DOMINGO 23 DE ABRIL DE 2017

II Domingo de Pascua o de La Divina Misericordia

 HECHOS 2,42-47: Nuestra Iglesia Católica, fundada por Jesucristo y fundamentada por los Apóstoles nos muestra el compromiso de las primeras comunidades cristianas en esta primera lectura, de la cual observamos una estructura de cuatro momentos o características esenciales: Acudían asiduamente a la enseñanza de los Apóstoles; a la comunión; a la fracción del Pan o Eucaristía; y a las oraciones. El texto nos indica, además, que todos los días acudían al templo con perseverancia, alegría y sencillez de corazón. Estos cuatro pilares permitían a los creyentes vivir unidos, tener todo en común y alabar juntos al Señor.

Para ser un verdadero cristiano católico necesitamos retomar estos cuatro momentos de las primeras comunidades. De esta manera estaremos dando gloria a Dios y edificando nuestra Iglesia.

SALMO 118: El salmista tenía una gracia especial para comprender que del Señor venía la fuerza, la ayuda y el amor, todo eso le permitía estar unidos a él y reconocerlo como su Señor. En este segundo domingo de resurrección y fiesta de la misericordia la invitación es a reconocer la grandeza del Señor en medio de nosotros.

I PEDRO 1,3-9: El Apóstol Pedro, en este segundo domingo de Pascua, nos indica cómo por la resurrección de Cristo de entre los muertos nos ha hecho nacer de nuevo para una esperanza viva, a una herencia incorruptible, incontaminada, e imperecedera, la cual no se marchitará. Proclama, además, la grandeza de nuestra vocación cristiana, la cual se alcanza por la fe y es garantía de lo que se espera.

Por otra parte, indica el Apóstol que “la fe puesta a prueba, en las tentaciones y persecuciones, será más valiosa que el oro perecedero purificado por el fuego y se convertirá en motivo de alabanza, de gloria y de honor el día de la revelación de Jesucristo. A quien amáis sin haberle visto; en quien creéis, aunque de momento no le veáis, rebosando de alegría inefable y gloriosa; y alcanzáis la meta de vuestra fe, la salvación de las almas”.

Que cada uno de nosotros se abra a la misericordia del Señor y crezca en la fe, la esperanza y la caridad, virtudes teologales que nos hace merecedores de la vida nueva en Cristo Jesús.

JUAN 20,19-31: El mensaje de este evangelio es para uno sentarse a solas con Jesús en el sagrario y vivenciar los tres mensajes centrales de Juan: La resurrección, la paz y el creer.

La narración empieza indicando que era tarde y primer día de la semana, que los discípulos estaban con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Cristo resucitado se hace presente y su presencia está enmarcada por la paz. Al mostrarles las manos, las llagas y el costado, el miedo de los discípulos se convierte en alegría. Por segunda vez Jesús les ofrece la paz, como respuesta a la alegría e indicación de que la paz que ofrece es permanente, tanto en los tiempos buenos como difíciles y además les regala el Espíritu Santo y los envía a anunciar el Evangelio a los confines de la tierra, dándoles el poder de perdonar los pecados. “Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos”.

Tomás no estaba presente cuando Jesús se les apareció a los discípulos por primera vez, y cuando le cuentan lo que había ocurrido, él insistió en que no iba a creer hasta que no viera a Jesús por sí mismo y metiera sus dedos en sus llagas. “Ocho días después estaban otra vez sus discípulos dentro y Tomás con ellos. Se presentó Jesús en medio estando las puertas cerradas, y dijo: “La paz con vosotros”. Luego dice a Tomás: “Acerca aquí tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino creyente”. Tomás le contestó: “Señor mío y Dios mío”.

La invitación es a contemplar más a Jesús, para experimentar la paz, creer en él y buscar la resurrección.

Orlando Salazar D, Pbro.

Ph.D en fi losofía .

Be the first to comment

Leave a Reply

Tu dirección de correo no será publicada.


*