UN AÑO DE GRACIA Y SALVACIÓN PARA LA DIÓCESIS DEL ESPINAL

Con motivo de los sesenta años de erección de la Diócesis del Espinal, el Santo Padre Francisco, a través de la Penitenciaría Apostólica, después de haber recibido la petición del Señor Obispo del Espinal, Orlando Roa Barbosa, concedió un Año Santo a nuestra Iglesia particular, con decreto del 20 de febrero de 2017, mediante el cual concede, desde el 18 de marzo de 2017 hasta el 17 de marzo de 2018, a todos los fieles en el territorio de la Diócesis poder lucrar (ganar) la indulgencia plenaria.

¿En qué consiste el Año Santo?

El Jubileo o Año Santo es una celebración que tiene lugar en distintas Iglesias cristianas históricas, particularmente en la Iglesia Católica y la Iglesia Ortodoxa, y que conmemora un año sabático con significados particulares.

Un Año Santo es un tiempo de Jubileo, tiempo de gracia y bendición tal como nos lo enseñan las Sagradas Escrituras en el Evangelio de san Lucas, “Le entregaron (a Jesús) el volumen del profeta Isaías y desenrollando el volumen, halló el pasaje donde estaba escrito: ‘El Espíritu del Señor sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva, me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor’. Enrollando el volumen lo devolvió al ministro, y se sentó. En la sinagoga todos los ojos estaban fijos en él. Comenzó, pues, a decirles: ‘Esta Escritura, que acabáis de oír, se ha cumplido hoy’.” (Lucas 4,17-21).

El Jubileo es un término con dos raíces, proviene del hebreo y del latín. En hebreo hace referencia al “cuerno que sonaba en un año sabático» y el latín le añade el matiz de «júbilo y esperanza». El año Jubilar tiene su origen en el judaísmo. El Libro del Levítico establecía que cada 50 años debía celebrarse un año santo para descansar, poner a los esclavos en libertad y restituir las posesiones que se habían comprado. «Declararéis santo el año cincuenta, y proclamaréis en la tierra liberación para todos sus habitantes. Será para vosotros un jubileo; cada uno recobrará su propiedad, y cada cual regresará a su familia” (Levítico 25,10).

El primer jubileo cristiano fue convocado por el Papa Bonifacio VIII en el 1300. En el año 1343 una delegación de romanos fue a visitar al Papa Clemente VI en Aviñón, Francia, donde estaba en exilio desde 1309, para pedirle un jubileo extraordinario en el año 1350, reduciendo así la periodicidad de los jubileos, a sólo cincuenta años. Posteriormente se han realizado varios jubileos, algunos universales y otros locales, generalmente se decretan por un año, pero en algunos lugares son perpetuos.

Doctrina sobre las indulgencias

La Iglesia nos enseña en el Catecismo Católico que la doctrina y la práctica de las indulgencias están estrechamente ligadas a los efectos del sacramento de la Penitencia.

«La indulgencia es la remisión ante Dios de la pena temporal por los pecados, ya perdonados en cuanto a la culpa, que un fiel dispuesto y cumpliendo determinadas condiciones consigue por mediación de la Iglesia, la cual, como administradora de la redención, distribuye y aplica con autoridad el tesoro de las satisfacciones de Cristo y de los santos» (Pablo VI, Const. ap. Indulgentiarum doctrina, normas 1).

«La indulgencia es parcial o plenaria según libere de la pena temporal debida por los pecados en parte o totalmente» (Indulgentiarum doctrina, normas 2). «Todo fiel puede lucrar para sí mismo o aplicar por los difuntos, a manera de sufragio, las indulgencias tanto parciales como plenarias» (CIC can 994).

Las penas del pecado

Para entender esta doctrina y esta práctica de la Iglesia es preciso recordar que el pecado tiene una doble consecuencia. El pecado grave nos priva de la comunión con Dios y por ello nos hace incapaces de la vida eterna, cuya privación se llama la «pena eterna» del pecado. Por otra parte, todo pecado, incluso venial, entraña apego desordenado a las criaturas que es necesario purificar, sea aquí abajo, sea después de la muerte, en el estado que se llama Purgatorio. Esta purificación libera de lo que se llama la «pena temporal» del pecado. Estas dos penas no deben ser concebidas como una especie de venganza, infligida por Dios desde el exterior, sino como algo que brota de la naturaleza misma del pecado. Una conversión que procede de una ferviente caridad puede llegar a la total purificación del pecador, de modo que no subsistiría ninguna pena (cf Concilio de Trento: DS 1712-13; 1820).

El perdón del pecado y la restauración de la comunión con Dios entrañan la remisión de las penas eternas del pecado. Pero las penas temporales del pecado permanecen. El cristiano debe esforzarse, soportando pacientemente los sufrimientos y las pruebas de toda clase y, llegado el día, enfrentándose serenamente con la muerte, por aceptar como una gracia estas penas temporales del pecado; debe aplicarse, tanto mediante las obras de misericordia y de caridad, como mediante la oración y las distintas prácticas de penitencia, a despojarse completamente del «hombre viejo» y a revestirse del «hombre nuevo» (cf. Ef 4,24).

La indulgencia de Dios se obtiene por medio de la Iglesia

Las indulgencias se obtienen por la Iglesia que, en virtud del poder de atar y desatar que le fue concedido por Cristo Jesús, interviene en favor de un cristiano y le abre el tesoro de los méritos de Cristo y de los santos para obtener del Padre de la misericordia la remisión de las penas temporales debidas por sus pecados. Por eso la Iglesia no quiere solamente acudir en ayuda de este cristiano, sino también impulsarlo a hacer a obras de piedad, de penitencia y de caridad (cf Indulgentiarum doctrina, 8; Concilio. de Trento: DS 1835).

Puesto que los fieles difuntos en vía de purificación son también miembros de la misma comunión de los santos, podemos ayudarles, entre otras formas, obteniendo para ellos indulgencias, de manera que se vean libres de las penas temporales debidas por sus pecados.

¿Cómo se gana la indulgencia plenaria?

En el decreto que nos concede el Año Santo se nos ha indicado que debemos hacer lo siguiente:

  1. Confesión sacramental
  2. Comunión Eucarística
  3. Oración por las intenciones del Papa.
  4. Orar porque Colombia se mantenga fiel a la vocación cristiana.
  5. Orar por las vocaciones sacerdotales.

Con una sola confesión sacramental puede ganarse varias indulgencias plenarias; en cambio con una sola comunión eucarística y una sola oración por las intenciones del Papa sólo se gana una indulgencia plenaria. Las tres condiciones pueden cumplirse unos días antes o después de rezar o hacer la obra que incorpora la indulgencia, pero es conveniente que la comunión y la oración por las intenciones del Papa se realicen el mismo día.

La condición de orar por las intenciones del Papa se cumple si se reza a su intención un solo Padrenuestro y un Avemaría; pero se concede a cada fiel la facultad de orar con cualquier fórmula, según su piedad y devoción.

La indulgencia plenaria únicamente puede ganarse una vez al día, pero el fiel cristiano puede alcanzar indulgencia plenaria “in artículo mortis” (en peligro de muerte), aunque el mismo día haya ganado otra indulgencia plenaria.

La indulgencia parcial puede ganarse varias veces al día, a no ser que expresamente se establezca lo contrario.

La obra indicada para obtener la indulgencia plenaria aneja a una iglesia y oratorio consiste en la visita piadosa de este lugar, rezando el Padrenuestro y el Credo, a no ser que en algún caso especial se establezcan otras condiciones.

¿En qué lugar se lucra (gana) la indulgencia durante el Año Santo diocesano?

  1. Catedral Nuestra Señora del Rosario la Catedral del Espinal
  2. Templo Parroquial Santa Ana del Guamo Tolima.
  3. Templo Parroquial San Juan Bautista de Chaparral.
  4. Santuario Nuestra Señora de la Candelaria Purificación.
  5. Santuario Nuestra Señora del Carmen de Apicalá.
  6. Templo Parroquial Nuestra Señora de Fátima Flandes

Antonio Devia Méndez. Pbro.

Vicario Judicial.

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