HOMILÍA EN LA SANTA MISA CRISMAL, ABRIL 6 DE 2017

Varios puntos quiero tener en cuenta en este momento de nuestra celebración: en primer lugar mi saludo, cordial lleno de afecto espiritual para todos, en segundo lugar una breve reflexión con base en las lecturas que acabamos de escuchar, en tercer lugar una referencia al significado de la santa misa Crismal, en cuarto lugar unas palabras para los sacerdotes que en el día de hoy renuevan sus promesas sacerdotales y finalmente una exhortación a laicos, religiosas y religiosos para orar por nuestros sacerdotes. Saludo Amados hermanos, por segunda ocasión tengo el agrado de presidir esta solemne Eucaristía que nos congrega como Iglesia particular del Espinal y, esta vez en el contexto de la celebración de los sesenta años de creación, de nuestra querida diócesis. Esta santa misa que el Obispo celebra con su presbiterio, y dentro de la cual consagra el santo crisma y bendice los demás óleos, es como una manifestación de comunión de los presbíteros con el propio Obispo.

Saludo a los monseñores y sacerdotes de nuestro presbiterio que nos honran con su presencia. Desde aquí envío mi saludo paternal y cariñoso a quienes no han podido venir por circunstancias de distinta índole, a los sacerdotes mayores y enfermos. Saludo a los religiosos y religiosas que enriquecen nuestra diócesis con su generosa labor apostólica.

Saludo a los jóvenes seminaristas, esperanza de nuestra Iglesia particular. A todos Ustedes hermanos laicos, que son la sal y la luz en el mundo y que hacen presente la Iglesia en medio de sus comunidades parroquiales y sociedad en general. Valoro el esfuerzo que han hecho para desplazarse hasta el Espinal, con el propósito de participar en esta Santa misa Crismal. A todos un fraternal saludo y bienvenidos a nuestra Catedral. Para todos ustedes mi sentimiento de gratitud y acogida. Muchas gracias por estar participando de esta celebración.

Bienvenidos todos. Miremos las lecturas que acabamos de escuchar Las lecturas giran en torno al Espíritu Santo. Del profeta Isaías hemos escuchado: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido”. Y vemos en el Evangelio de San Lucas, que el Señor Jesús da cumplimiento a esta profecía. El Señor Jesús, el Siervo sufriente del Padre, ha sido ungido por el Espíritu Santo como el Mesías. Es el esperado de las naciones, en el que se cumplen todas las profecías. David, ungido como rey, es figura del Siervo de Jesús, a quien el Padre unge como Señor y Salvador de los hombres.

El libro del Apocalipsis nos recuerda que Jesucristo es el Sumo y Eterno Sacerdote, el único Mediador entre Dios y los hombres. De su sacerdocio participa todo bautizado, pero cada quien según la vocación a la que ha sido llamado. También San Lucas nos recuerda que desde que Jesucristo se encarnó y entró en nuestra historia, sujetándose, en cuanto hombre, al tiempo y al espacio, toda la vida de los bautizados es el verdadero “Año de Gracia” al que se refiere el Señor en el Evangelio. Todos nosotros hemos recibido la unción del Espíritu Santo y hemos sido sellados con el crisma en el bautismo y la confirmación. Somos como dice la segunda lectura un reino de sacerdotes para nuestro Dios, pueblo santo y consagrado, asamblea santa, nación consagrada.

Todos recibimos de Cristo la misión de llevar a los pobres la buena nueva, anunciar la liberación a los cautivos, especialmente a quienes son prisioneros y esclavos de sus pecados y no quieren convertirse, la curación a los ciegos, aquellos que no quieren aceptar la luz de la fe, los que viven en la oscuridad de su soberbia y rebeldía, dar la libertad a los oprimidos por el peso de sus pecados, y proclamar el año de gracia del Señor, especialmente en la celebración de los sesenta años de creación de nuestra diócesis. Si, vivimos un año para renovar, despertar, acrecentar y comunicar nuestra fe a los alejados, dormidos, desanimados, indiferentes, en su condición de vida cristiana, y en sintonía con el énfasis kerigmático que estamos dando a la vida pastoral en una primera etapa evangelizadora según nuestro Plan de pastoral, asumamos con especial empeño la tarea de la Nueva Evangelización. Como nuestro Señor Jesucristo vayamos en medio del mundo donde nos movemos y existimos, allá en nuestros pueblos, en nuestra comunidad parroquial, en nuestra propia familia, y anunciemos con gozo la alegría del Evangelio. Digamos también con el Señor Jesús: El Espíritu del Señor está sobre mí, y me envía a la misión permanente de anunciar con mis obras el Año de gracia del Señor.

Significado de la Misa Crismal

La Misa Crismal que celebra el obispo con todos los presbíteros de la diócesis, es una de las principales manifestaciones de la plenitud sacerdotal del Obispo y como signo de la unión estrecha de los presbíteros con él. Hoy se consagra el Santo Crisma y se bendicen los óleos de los catecúmenos y de los enfermos. El Santo Crisma, es decir el óleo perfumado que representa al mismo Espíritu Santo, nos es dado junto con sus carismas el día de nuestro bautismo y de nuestra confirmación y en la ordenación de sacerdotes y obispos. Porque con el Santo Crisma se ungen los bautizados, los confirmados son sellados, y se ungen las manos de los presbíteros, la cabeza de los obispos y las iglesias y los altares en su dedicación. El crisma se hace con aceite y aromas o materia olorosa para significar “el buen olor de Cristo” que deben despedir los bautizados. Con el óleo de los catecúmenos se extiende el efecto de los exorcismos, pues los bautizados se vigorizan, reciben la fuerza divina del Espíritu Santo, para que puedan renunciar al mal, antes de que renazcan de la fuente de la vida en el bautismo. Este aceite es un jugo untuoso de color verde amarillento que se extrae del olivo o de otras plantas. El óleo de los enfermos, cuyo uso atestigua el apóstol Santiago, remedia las dolencias de alma y cuerpo de los enfermos, para que puedan soportar y vencer con fortaleza el mal y conseguir el perdón de los pecados. El aceite simboliza el vigor y la fuerza del Espíritu Santo. Con este óleo el Espíritu Santo vivifica y transforma nuestra enfermedad y nuestra muerte en sacrificio salvador como el de Jesús. Me refiero ahora a los presbíteros que renuevan sus promesas sacerdotales, Queridos hermanos sacerdotes: como pastor de esta diócesis del Espinal y a nombre de todos los fieles laicos dispersos por el territorio diocesano, quiero agradecerles profundamente el trabajo que ustedes realizan en las distintas parroquias y en servicios especiales que se les han encomendado. Con mi corazón abierto a todos ustedes, les expreso mis sinceros sentimientos de aprecio y gratitud. Son ustedes, quienes con la fuerza del Espíritu Santo, llevan adelante y sobre sus hombros la tarea de la Nueva evangelización. Soy testigo de su entrega generosa y desinteresada al servicio del Reino de Cristo en esta porción del pueblo de Dios que peregrina en el Sur del Departamento del Tolima. El Todopoderoso les siga acompañando y asistiendo con todos su dones y con su gracia. No desfallezcan en la misión, sigan respondiendo con entrega, abnegación, dedicación y espíritu de sacrificio a la llamada que el Señor les ha hecho. Recordemos que no somos funcionarios de Dios o de la Iglesia, no somos empleados de una empresa, sino que hemos sido configurados con Cristo para ser Cristo mismo en medio de su pueblo. Que nuestras actitudes, razonamientos, actividades y proyectos pastorales estén siempre en consonancia con la fe que profesamos; que en nuestra vida se refleje claramente la persona de nuestro Señor Jesucristo.

Queridos hermanos sacerdotes, que nos caracterice siempre la sencillez de vida, la vivencia gozosa de la pobreza, castidad y obediencia, virtudes que han de animar la vida de los feligreses a nosotros confiados. Seamos pastores como lo ha dicho en reiteradas ocasiones nuestro Papa Francisco, con olor a oveja, en actitud de salida misionera. Que nuestro corazón de pastor nos lleve a encontrar la felicidad en el servicio diario a los hermanos, especialmente a los más necesitados.

Les suplico reavivar el magnífico don que hemos recibido el día de nuestra ordenación, para ser fieles a este ministerio recibido. Esta celebración en la que renovaremos nuestras promesas sacerdotales nos llama también a una conversión renovada, como siempre es nuevo el sacerdocio ministerial. Por lo tanto, nuevas deben ser nuestras actitudes y según Cristo Buen Pastor, hemos de convertirnos a la propia identidad de Cristo Cabeza y Esposo de la Iglesia. No dejemos cada día, de entrar en los misterios que celebramos, especialmente la eucaristía.

Todos sabemos y somos consciente de que nuestra Diócesis camina en la línea de la Nueva Evangelización, tal como va quedando plasmado en nuestro nuevo plan de pastoral. Dios quiera que este desafío, esta tarea llegue hasta lo profundo de nuestro corazón, hasta nuestros sentimientos y actitudes según el corazón de Cristo Sacerdote.

Les animo a seguir adelante esforzándonos por mantenernos fieles en el amor a nuestro ministerio. Finalmente, queridos hermanos laicos y consagrados, les pido que reciban y traten bien a sus sacerdotes. Ellos son sus padres, hermanos y amigos, y los necesitan a ustedes. Den gracias a Dios por cada uno de ellos. Piensen cuánto bien hacen los sacerdotes en medio de una parroquia. Recen mucho por ellos, por su santificación. No los abandonen cuando los vean cansados, en sufrimientos o enfermedad; cuando tengan dificultades o se equivoquen no los juzguen. Oren por ellos. Les pido también que recen por los seminaristas, para que sus años de estudio en el Seminario sean de mucha preparación y respondan con transparencia y generosidad a la llamada del Señor.

Una vez más pongo en manos de nuestra Madre, la virgen del Rosario, el destino y las intenciones de nuestra Iglesia particular en sus sesenta años de vida. A todos, el Señor nos dé la gracia de trabajar con alegría y en comunión. Te rogamos nos ayudes a instaurar tu reino entre nosotros para una Nueva Evangelización que produzca frutos de salvación. Así sea.

+Mons. Orlando Roa Barbosa Obispo de la diócesis del Espinal

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