LA IMPORTANCIA DE LA FAMILIA EN EL PROCESO VOCACIONAL DE UN SEMINARISTA…

El deseo y la decisión de ser sacerdote es difícil de entender en muchos ambientes. Sólo se puede entender desde una valoración viva e intensa de la persona de Jesucristo, de la importancia y la necesidad de la fe en Él para encontrar los verdaderos caminos de la vida. Precisamente, en la vida de todo joven hay un momento en el que se plantea la pregunta sobre en qué empeñar la vida, qué tipo de vida se quiere o qué función social se busca desempeñar.

Para que haya una vocación al sacerdocio, en ese momento tienen que darse dos cosas principalmente: una estima muy grande de Jesucristo, un deseo sincero de vivir en estrecha relación de fe y de amor con Él. Y, a la vez, el deseo de dedicar la vida entera a colaborar con Él, en el anuncio del Evangelio, en la atención a los hermanos, en la continuación de su obra salvadora a favor de los hermanos y del mundo. Son las familias cristianas las que más cuentan en este empeño de vida. Se suele decir que los sacerdotes no nacen en el Seminario, sino en sus casas, en las familias cristianas.

Lo que más influyente en la vocación es el ambiente religioso de la familia y la vida de oración practicada en los primeros años del joven y adolescente. Sólo luego interviene la parroquia, el grupo o la comunidad. Pero la buena tierra que hace posible que crezca la planta de la vocación es la vida espiritual auténtica que se ha recibido en el clima espiritual de la propia familia. En este sentido, san Juan Pablo II dice en su encíclica Familiaris Consortio No. 52: “La familia cristiana, hoy sobre todo, tiene una especial vocación a ser testigo de la alianza pascual de Cristo, mediante la constante irradiación de la alegría del amor y de la certeza de la esperanza, de la que debe dar razón: «La familia cristiana proclama en voz alta tanto las presentes virtudes del reino de Dios como la esperanza de la vida bienaventurada». Entre tanto, en la vida de un seminarista, es muy importante el acompañamiento familiar, de ahí le viene la motivación de querer agradar a Dios en el llamado que él hace. En efecto, la familia es uno de los pilares en la vocación sacerdotal pues allí se manifiesta el rostro misericordioso de Dios, en cuanto que se experimentan situaciones que hacen crecer en el llamado de Dios.

La importancia de la familia se encuentra principalmente en la parte inicial de la etapa del ser humano. En efecto, la protección, cariño, cuidado, reglas de comportamiento, sensaciones, expresiones, la diferencia de lo que está mal con lo que está bien, es captado a través de la familia.

La formación del ser humano y más de un futuro sacerdote depende de lo aprendido y de las experiencias vividas en ese inicio de vida. Finalmente, el perfil de un seminarista se delinea desde la formación en la familia, como base fundamental de la sociedad, en la cual se consolida mediante la fe y el ser testigo del amor de Dios en cada de nuestras realidades.

Ser sacerdote vale la pena, ser el fruto de aquella siembra que inició el Señor en nuestra familia, y que ésta cuidó delicadamente, es una sensación de felicidad que alegra no sólo a la familia de sangre sino a la familia de la Iglesia. Oremos por las vocaciones al sacerdocio, es una bonita y santa acción, pidamos obreros para la misión de hacer presente a Cristo en todos los rincones de la tierra.

Fernando José Bermúdez Rojas Seminarista de segundo de Teología

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