Llegan las fiestas… ¿Cómo entender el sentido de la fiesta desde la perspectiva cristiana?

Llegan las fiestas… ¿Cómo entender el sentido de la fiesta desde la perspectiva cristiana? Damos inicio al mes de junio, este mes no es solamente el que parte el año en dos, sino además, uno de los más queridos por todos, con ocasión de este mes se dan las vacaciones, el descanso, los paseos, y en nuestro territorio diocesano… las fiestas. La fiesta no es una novedad; está inscrita en el corazón de la humanidad, desde siempre se ha celebrado; antes, alrededor de fuego, danzando, hoy con rituales más sofisticados pero que encarnan los mismos elementos: el recuerdo de un hecho de vida (motivo de la celebración), unos rituales (formas de celebrar) y un grupo de personas (celebración comunitaria).

La fiesta se convierte así, en un acontecimiento que rompe el tiempo y el espacio, que trae el pasado al presente y que permite el reencuentro: celebrar es de humanos, no celebrar… es de humanos “amargados”. Ante la publicidad abrumadora, la bullaranga y las tradicionales maneras de celebrar las muy conocidas fiestas del Corpus Christi, san Juan y san Pedro, debe surgir en el corazón del creyente una pregunta. ¿Dónde deja de ser cristiana la fiesta? Veamos algunos rasgos que hacen de la fiesta cristiana una expresión de la alegría cristiana. En el centro de todo grupo humano están el perdón y la fiesta, al menos, a eso debemos aspirar. Se trata de dos caras de una misma realidad: la del amor. La fiesta es una experiencia común de alegría, es un canto de acción de gracias. Se celebra, en primer lugar, el hecho de estar juntos, de pertenecer a un lugar, a una cultura, a un pueblo.

La fiesta alimenta los corazones, devuelve la esperanza, repara las fuerzas para vivir los sufrimientos y las dificultades de la vida de cada día, al tiempo que estimula para continuar adelante en el ambiente familiar, laboral y social. La celebración cristiana es un acto específico de grupo de hermanos, por el que las personas se alegran y dan gracias al Padre del cielo por haberse unido, por velar por ellas y amarlas, porque ya no están solas, encerradas en su aislamiento, sino que forman ahora un cuerpo en donde cada uno tiene su lugar. En efecto, la tristeza más grande que puede experimentar un ser humano, y que no suple ni la abundancia de bienes, es el aislamiento.

Así como necesitamos el día para trabajar, orar, compartir y la noche para dormir, también necesitamos tener las alegrías de la fiesta. El corazón humano necesita algo más allá de los límites y de las frustraciones de cada día. Todos estamos sedientos de una felicidad que parece inaccesible en la tierra, que tiende hacia lo infinito, lo universal, lo eterno, algo que dé sentido a la vida humana y a la vida cotidiana. La fiesta es una señal de este más allá que es el cielo. Es el símbolo de aquello a lo que aspira la humanidad: una experiencia gloriosa de comunión total; es, como decimos en la misa, cantar con los ángeles y los santos eternamente la alabanza de Dios. Al acercarse esta variedad de celebraciones hemos de preguntarnos seriamente si podemos dar gracias y gloria a Dios con actitudes de personas no creyentes que se desvanecen ante elementos supletorios de la celebración.

Cuando una celebración necesita de alcohol, de elementos extraños a la auténtica fiesta, desaparece todo lo sano, santo y bonito de la fiesta, se convierte en un culto a realidades extrañas, a situaciones que no pertenecen al Autor de la vida. Celebremos con alegría, alegrémonos pero con Dios en nuestra vida, démosle gracias por la cultura, por la creatividad y el talento humanos, pero no caigamos en engaños pensando que celebramos la vida cuando destruimos la propia salud, la de los amigos y familiares.

¡Felices y santas fiestas!

Johan Sebastian López León, Pbro. CM. Rector del Seminario Mayor La Providencia

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