Editorial

En este mes se celebran fiestas marianas de gran significado para Colombia: La fiesta de la Virgen del Carmen y la fiesta de Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá. Mejor dicho, acaba de pasar el mes de mayo eminentemente mariano y entramos en julio que nos invita a fortalecer nuestro amor por la Madre de Dios y madre nuestra teniendo como referente estas dos advocaciones.

La Diócesis y la Catedral del Espinal están bajo el patrocinio de Nuestra Señora del Rosario. Tres parroquias tienen como patrona a esta gran Señora de Chiquinquirá, en Ortega, Alpujarra y Prado. No dejemos de encomendar a nuestra madre común, las necesidades e intenciones que diariamente presentamos al Padre de todos, por mediación de nuestra especial intercesora, auxiliadora y abogada.

También un número significativo de parroquias llevan el nombre de Nuestra Señora la Virgen del Carmen: El Santuario del Carmen de Apicalá, y las parroquias de Gualanday, Velú, Castilla, Coyaima, Gaitania, Saldaña, una del Guamo y una de Purificación.

Esto es signo del gran amor y confianza que nuestro pueblo tolimense profesa por la Madre de Dios y madre nuestra. Signo que expresa la riqueza de la devoción a María Santísima, en esta querida Diócesis del Espinal, porque a lo largo de los sesenta años de historia diocesana Nuestra Señora ha estado siempre como una de los protagonistas.

Claro que no solamente estas advocaciones ocupan la devoción por la Santísima Virgen María pues en el elenco de la devoción mariana también figuran Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, Nuestra Señora del Amparo, de la Candelaria, La Inmaculada Concepción, Nuestra Señora de Lourdes, Nuestra Señora de los Dolores, Nuestra Señora de Fátima, La Medalla Milagrosa, María Auxiliadora, Inmaculado Corazón de María y Nuestra Señora del Campo.

En este ambiente y en esta ocasión vale la pena que recordemos las palabras del Documento de Aparecida en el número 269 acerca de nuestra Señora: “María es la gran misionera, continuadora de la misión de su Hijo y formadora de misioneros. Ella, así como dio a luz al Salvador del mundo, trajo el Evangelio a nuestra América. En el acontecimiento guadalupano, presidió, junto al humilde Juan diego, el Pentecostés que nos abrió a los dones del Espíritu. Desde entonces, son incontables las comunidades que han encontrado en ella la inspiración más cercana para aprender cómo ser discípulos y misioneros de Jesús. Con gozo constatamos que se ha hecho parte del caminar de cada uno de nuestros pueblos, entrando profundamente en el tejido de su historia y acogiendo los rasgos más nobles y significativos de su gente. Las diversas advocaciones y los santuarios esparcidos a lo largo y ancho del continente testimonian la presencia cercana de María a la gente y, al mismo tiempo, manifiestan la fe y la confianza que los devotos sienten por ella. Ella les pertenece y ellos la sienten como madre y hermana”.

No perdamos de vista que estamos en una etapa de énfasis kerigmático, en lo que se refiere a nuestro plan de pastoral diocesano. En manos de María Santísima, una vez más, ponemos los esfuerzos de nuestros sacerdotes, religiosas, religiosos, seminaristas, realidades pastorales y laicos comprometidos en todas las parroquias a lo largo y ancho de nuestra Iglesia particular del Espinal. Ella que es la gran misionera nos estimule con su ejemplo, acompañe con su presencia constante y amorosa el caminar del Pueblo de Dios que peregrina en el sur del Departamento del Tolima.
+Mons. Orlando Roa Barbosa
Obispo de la diócesis del Espinal

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