HOMILÍA ORDENACIÓN SACERDOTAL Y DE DIÁCONOS ESPINAL, JUNIO 3 DE 2017

Muy queridos monseñores, sacerdotes, diáconos, seminaristas y religiosas que nos acompañan. Apreciados formadores del Seminario mayor La Providencia del Espinal y de Cristo Sacerdote de la Ceja. Oscar Fabián, Cristian y Aquileo, un saludo especial para ustedes, y para sus familiares aquí presentes. Amados hermanos:
Nos hemos reunido, en nuestra iglesia Catedral, para participar en la celebración de la ordenación de estos hermanos nuestros: un sacerdote y dos diáconos que han de servir al Reino de Dios en esta porción de su pueblo que peregrina en el sur del departamento del Tolima. Este acontecimiento ocurre en el contexto de la celebración de los sesenta años de creación de esta querida Iglesia Particular del Espinal.

Por eso nuestro primer sentimiento para dirigirnos al Padre es una acción de gracias y oración, absoluta confianza, escucha atenta y respuesta generosa a su llamada, a la misión que pone en nuestras manos. El texto de Jeremías que acabamos de escuchar nos presenta al profeta elegido, y destinado para una tarea precisa:

En el texto de los Hechos de los Apóstoles, escuchamos cómo Dios le envía al etíope a Felipe y guía al Apóstol por medio del Espíritu hacia la obra que debe llevar a cabo. No se trata de una acción humana planificada. Es Dios quien tiene su plan, un plan que nosotros hemos de secundar. Es interesante contemplar la disponibilidad de Felipe, su impulso evangelizador, que no deja perder ninguna ocasión; su capacidad para interpretar la Escritura. En otras palabras: su convencida entrega a la causa del Evangelio y a su preparación. El resto lo ha hecho el Espíritu, que hizo posible el encuentro y favoreció el acercamiento misionero.

Un sacerdote está llamado también, como siempre, en la historia diocesana, y en cualquier parte del mundo, a asumir la tarea evangelizadora con generosidad, con entrega, con espíritu de sacrificio. No debe perder el impulso evangelizador, recordemos que, según nuestro plan de pastoral, estamos en un tiempo con énfasis kerigmático que nos compromete a todos en la tarea de la Nueva Evangelización.

Quizá nos preguntamos con excesiva frecuencia por el futuro de la misión, cuando en realidad deberíamos preguntarnos por nuestra calidad de evangelizadores, por nuestra disponibilidad para ir a algunos de los muchos “desiertos” de la ciudad secular o del pueblo secular, precisamente a los sitios donde parece inútil ir, porque son áridos. Sin embargo es posible que sea en alguno de esos lugares desiertos donde pueda experimentarse encuentros decisivos. Depende del corazón ardiente del Evangelizador, depende de su capacidad para intuir la pregunta religiosa, una pregunta que asume, a veces, una forma extraña. En cualquier lugar, incluso en el más improbable, es posible encontrar una pregunta y una inquietud a las que dar una respuesta, a veces rechazada, y en alguna ocasión acogida como liberadora.

En el evangelio de San Juan escuchamos cómo en la hora en que el Hijo glorifica al Padre transmite a los discípulos el Espíritu y, con ello su paz, su misión y el poder sobrenatural para llevarla a cabo. Todos estamos llamados a mostrarnos solícitos a unirnos al Espíritu Santo. Él viene apenas se le invoca, y sólo hemos de invocarlo porque ya está presente. Cuando se le invoca, viene con la abundancia de las bendiciones de Dios. Él es el río impetuoso que da alegría a la ciudad de Dios y, cuando viene, si nos encuentra humildes y tranquilos, aunque estemos temblorosos ante la Palabra de Dios, reposará sobre nosotros y nos revelará lo que esconde el Padre a los sabios y a los prudentes de este mundo.

Amados hermanos, en estas vísperas de Pentecostés no dejemos de invocar la presencia del Espíritu Santo, Él es la luz iluminadora, la caridad que atrae, la mansedumbre más benéfica, el acceso del hombre a Dios, el amor amante, la devoción, la piedad en medio de las tinieblas y de la ignorancia de esta vida.

Queridos ordenandos hoy están ustedes en el centro de atención de esta porción del Pueblo de Dios que es nuestra Diócesis. Un pueblo que está representado aquí por quienes llenamos la Catedral para participar en su ordenación. Los acompañamos con nuestra oración y nuestros cantos, con nuestro afecto sincero y con nuestra alegría humana y espiritual. Ocupan un lugar especial sus padres y familiares, sus amigos, formadores y profesores del Seminario, compañeros y comunidades parroquiales de las que proceden y a las que saludo con especial afecto y gratitud por este hijo que entregan al servicio de nuestra iglesia diocesana del Espinal.

En particular menciono a la Parroquia Nuestra Señora del Carmen de Castilla, Nuestra Señora de la Candelaria de Purificación y Nuestra Señora del Carmen en Velú La Palmita, comunidades parroquiales de donde proceden estos candidatos al ministerio. Quiero también mencionar a la Comunidad del Señor de los Milagros en Espinal, San Juan Bautista y Divino Niño de Chaparral, Nuestra Señora del Perpetuo Socorro de Olaya Herrera, San Vicente de Paúl de Icononzo, Nuestra Señora del Carmen de Apicalá, Nuestra Señora de Chiquinquirá de Prado, que han tenido cerca en su experiencia pastoral a estos candidatos que presentamos hoy para recibir su ordenación, mil gracias por su apoyo, acompañamiento y oraciones por estos hermanos nuestros. Tampoco olvidamos la singular cercanía de numerosas personas, humildes y sencillas pero grandes ante Dios, que a lo largo del tiempo de su formación los han acompañado como benefactores porque les apoyaron económicamente y con la fuerza de la oración. El Señor recompense su generosidad por la causa vocacional.

Nuestra Iglesia diocesana no cesa de dar gracias a Dios por el don de su ordenación, especialmente esta noche en la vigilia de pentecostés, se reza por ustedes, en torno a María como los Apóstoles en el cenáculo a la espera del Espíritu Santo. Dios y nuestra Iglesia confían en ustedes y esperan de su ministerio presbiteral y diaconal frutos abundantes de santidad y de buenas obras. Si: Dios los llama a través de su Iglesia y cuenta con ustedes. La Iglesia los necesita a cada uno; somos conscientes del gran don que Dios les ofrece, y al mismo tiempo, de la imperiosa necesidad de que abran su corazón a Dios y se encuentren con Cristo para recibir de Él la gracia de la ordenación, que es fuente de libertad, felicidad y alegría. Todos nos sentimos invitados a la oración y a entrar en el misterio de su ordenación, en el acontecimiento de gracia que se realiza en su corazón con la ordenación.

Finalmente les recuerdo que el Papa Francisco reclama de ustedes ordenandos y de todos los sacerdotes ordenados dedicar tiempo a los pobres y salir a las periferias abandonadas reconociendo en cada persona una dignidad infinita. Esta actitud del servicio y de hacerse cercano no tiene como objetivo procurar éxitos humanos, sino ser fieles a Cristo e imitar al Maestro, siempre cercano, accesible, disponible para todos y deseoso de comunicar vida, la Vida misma de Dios.

En este año Jubilar, con motivo de los sesenta años de la creación de nuestra Iglesia Particular los acogemos con afecto fraterno, con especial cariño, con gran esperanza y los encomendamos una vez más a la protección maternal de Nuestra Señora del Rosario Patrona de nuestra Diócesis.

El Señor renueve entre nosotros el prodigio de Pentecostés para que congregados por medio de su Espíritu Santo confesemos llenos de gozo su nombre y su Palabra. Amén.

+Mons. Orlando Roa Barbosa
Obispo de la Diócesis del Espinal.

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