EL VICARIO DE CRISTO, EL PAPA FRANCISCO, PREDICA Y VIVE LA POBREZA DEL EVANGELIO

La pobreza cada vez aumenta mucho más debido a la idolatría del dinero, a la cultura del espectáculo, a una sociedad líquida y un pensamiento débil; que hacen del hombre más individualista, más egoísta.

La Explotación y aprovechamiento de los más débiles constantemente se hace normal y hasta se legaliza.
Su Santidad el Papa Francisco nos enseña los puntos teológicos y espirituales para iluminar la pobreza en el mundo de hoy: «Penetrar en los sentimientos de Jesús quiere decir no considerar el poder, la riqueza, el prestigio como los valores supremos de nuestra vida, pues en el fondo no responden a la sed más profunda de nuestro espíritu»
«Penetrar en los sentimientos de Jesús: éste debería ser el ejercicio cotidiano de la vida como cristianos».

«Cristo, encarnado y humillado en la muerte más infame, la de la crucifixión, es propuesto como un modelo de vida para el cristiano. Éste, como se afirma en el contexto, debe tener “los mismos sentimientos que Cristo”, sentimientos de humildad, de entrega, de desapego y de generosidad»

«Él posee la naturaleza divina con todas sus prerrogativas. Pero esta realidad trascendente no la interpreta o vive en clave de poder, de grandeza, de dominio. Cristo no utiliza su ser igual a Dios, su dignidad gloriosa y su potencia como instrumento de triunfo, signo de distancia, expresión de aplastante supremacía».
«Por el contrario –recordó–, se “despojó”, se vació a sí mismo, sumergiéndose sin reservas en la mísera y débil condición humana. La “forma” (“morphe”) divina se esconde en Cristo bajo la «forma» (“morphe”) humana, es decir, bajo nuestra realidad marcada por el sufrimiento, la pobreza, la limitación y la muerte».
«No se trata, por tanto, de un simple revestimiento, de una apariencia que cambia, como se creía que sucedía con las divinidades de la cultura grecorromana: es la realidad divina de Cristo en una experiencia auténticamente humana».

«Dios no se presenta sólo como hombre, sino que se hace hombre y se convierte realmente en uno de nosotros, se convierte realmente en “Dios-con-nosotros”, no se contenta con mirarnos con una mirada benigna desde el trono de su gloria, sino que entra personalmente en la historia humana, convirtiéndose en «carne», es decir, en realidad frágil, condicionada por el tiempo y el espacio»
Ayuda a dar un fundamento bíblico y teológico a la elección preferencial por los pobres.

El Concilio Vaticano II. Si de hecho por el hecho de la encarnación, el Verbo tiene, en cierto sentido, asumido a cada hombre, como decían ciertos Padres de la Iglesia, por el modo en el que ha sucedido la encarnación, él ha asumido, de una forma particular, el pobre, el humilde, el que sufre, hasta el punto de identificarse con él.

Ciertamente, en el pobre no se tiene el mismo género de presencia de Cristo que se tiene en la Eucaristía o en otros sacramentos, pero se trata de una presencia también “real”. Él ha instituido este signo, como ha instituido la Eucaristía. Él que pronunció sobre el pan las palabras: “Esto es mi cuerpo”, dijo estas mismas palabras también sobre los pobres. Lo ha dicho cuándo, hablando de lo que se ha hecho, o no se ha hecho, por el hambriento, el sediento, el prisionero, el desnudo y el exiliado, declaró solemnemente: “Lo habéis hecho a mí”, y “no lo habéis hecho a mí”. Esto de hecho equivale a decir: “Esa persona realmente rota, necesitada de un poco de pan, ese anciano que moría entumecido por el frío sobre la acera, ¡era yo!”. “Los padres conciliares – escribió Jean Guitton, observador laico del Vaticano II – han redescubierto el sacramento de la pobreza, la presencia de Cristo bajo la especie de aquellos que sufren”.

No acoge plenamente a Cristo quien no está dispuesto a acoger al pobre con el que él se ha identificado. Quien, al momento de la comunión, se siente lleno de fervor al recibir a Cristo, pero tiene el corazón cerrado a los pobres, se asemeja, diría san Agustín, a uno que ve venir de lejos un amigo que no ve desde hace años. Lleno de alegría, corre hacia él, se pone de puntillas para besarle la frente, pero al hacerlo no se da cuenta que le está pisando con zapatos de clavos. Los pobres de hecho son los pies desnudos que Cristo tiene todavía posados sobre la tierra.

El pobre es también él un “vicario de Cristo”, uno que toma el lugar de Cristo. Vicario, en sentido pasivo, no activo. No en ese sentido, es decir, que lo que hace el pobre es como si lo hiciera Cristo, si no en el sentido que lo que se hace al pobre es como si se le hiciese a Cristo. Es verdad, como escribe san León Magno, que después de la ascensión, “todo lo que era visible de nuestro Señor Jesucristo ha pasado en los signos sacramentales de la Iglesia”.

Esta expresión reviste un significado que va quizá más allá de lo que se entiende a primera vista. ¡La Iglesia de los pobres no está constituida solo por los pobres de la Iglesia! En un cierto sentido, todo los pobres del mundo, estén bautizados o no, le pertenecen. Su pobreza y sufrimiento es su bautismo de sangre. Si los cristianos son aquellos que han sido “bautizados en la muerte de Cristo” (Rom 6, 3), ¿quién está más bautizado en la muerte de Cristo que ellos?

La Iglesia de Cristo es por tanto inmensamente más grande de lo que dicen las estadísticas actuales. No por decirlo así, sin más, si no, realmente. Ninguno de los fundadores de religiones se ha identificado con los pobres como ha hecho Jesús. Ninguno ha proclamado: “Todo lo que habéis hecho a uno solo de estos mis hermanos pequeños, lo habéis hecho a mí” (Mt 25, 40), donde el “hermano pequeño” no indica solo el creyente en Cristo, sino como es admitido por todos, cada hombre.

De ello se desprende que el Sacerdote de Cristo, es realmente el “padre de los pobres”, el pastor de este rebaño inmenso, y es una alegría y un estímulo para todo el pueblo cristiano. El papa Francisco es la voz más autorizada que se levanta en su defensa. La voz de los que no tienen voz. ¡Realmente el papa no “se ha olvidado de los pobres”!.

Lizandro Andres Cardenas. Pbro.

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