EL DIABLO ENTRA POR EL BOLSILLO

‘No se puede servir a Dios y al dinero’: Papa Francisco a sacerdotes, Religiosos y Seminaristas en Medellín, allí mismo el Santo Padre en su viaje de Paz a Colombia, con el lema “Demos el Primer Paso”, invitó a recobrar el sentido de la Pobreza como un valor indispensable para que el ministro sirva de manera libre y pueda amar a sus hermanos, y lo dijo con varias frases, entre ella la que titula el presente artículo: “El diablo entra por el bolsillo”.

Con esto hace un llamado a despegarse de lo terrenal, a vivir honestamente, sirviendo sin interés, administrando rectamente los asuntos, el Santo Padre con el respeto y cariño que lo caracteriza, pero al mismo tiempo con su firmeza dijo así: “Lo dije ya en otras ocasiones y lo quiero repetir como algo que es verdad y es cierto, no se olviden, el diablo entra por el bolsillo, siempre. Esto no es privativo de los comienzos, todos nosotros tenemos que estar atentos porque la corrupción en los hombres y las mujeres que están en la Iglesia empieza así, poquito a poquito, luego —nos lo dice Jesús mismo— se enraíza en el corazón y acaba desalojando a Dios de la propia vida. «No se puede servir a Dios y al dinero» (Mt 6,21.24). Jesús dice: “No se puede servir a dos señores”. O sea, a dos Señores, como si hubiera sólo dos señores en el mundo: no se puede servir a Dios y al dinero. Jesús le da categoría de señor al dinero, ¿qué quiere decir?: Que si te agarra no te suelta, será tu señor desde tu corazón, cuidado. No podemos aprovecharnos de nuestra condición religiosa y de la bondad de nuestro pueblo para ser servidos y obtener beneficios materiales”.

El Santo Padre continuó con su discurso, sin embargo, quisiera que miráramos qué quiere la Iglesia respecto al manejo de los bienes para los que le servimos, y esto es válido no solo para los ministros ordenados sino para todos los servidores. El consejo Evangélico de la Pobreza, que para unos es un voto, para otros una promesa, y para muchísimos una utopía. La Pobreza es entonces necesaria para llegar a la Santidad.

Esta pobreza se pide a quienes aceptan seguir a Cristo. Su pobreza se concreta también en un hecho jurídico, como recuerda el Concilio, que tener diversas expresiones: desde la renuncia radical a la propiedad de bienes, como en las antiguas órdenes mendicantes y como se admite hoy también para los miembros de las diversas congregaciones religiosas (cf. Perfectae caritatis, 13), hasta otras formas posibles que el Concilio alienta a buscar. Lo que importa es que se viva realmente la pobreza como participación en la pobreza de Cristo: «Por lo que atañe a la pobreza religiosa, no basta someterse a los superiores en el uso de los bienes, sino que es menester que los religiosos sean pobres de hecho y de espíritu, teniendo sus tesoros en el cielo (cf. Mt 6, 20)» (ib., 13).

Ahora bien, los fieles laicos son libres en los asuntos temporales, pueden adquirir sus bienes tanto espirituales como materiales y están llamados a ponerlos al servicio de todos. No está bien que se dediquen a buscar dinero prescindiendo de los valores, haciendo trampa o reemplazando a DIOS, por trabajar de largo domingos y festivos, excluyendo de sus agendas los momentos de oración, olvidándose del encuentro con los hermanos para celebrar la fe y vivir en la caridad.

Pues bien, para responder es necesario reconocer que estamos tocando el modo de administrar en la Iglesia, y, que por “administrar”, se entiende “No sólo el conjunto de actos encaminados a la conservación y mejora del patrimonio eclesiástico, a la producción y empleo de sus frutos y rentas, sino también de aquellos otros mediante los cuales se modifica dicho patrimonio estable, con la pérdida o disminución de los mismos”. (Dicc. De derecho Canónico pág. 37). La misma Iglesia tiene establecido qué se debe hacer con los bienes materiales.

El 1254 en sus dos parágrafos determinan el modo de adquirir y administrar los bienes y en el parágrafo segundo se refiere a los fines. En § 1. Por derecho nativo, e independientemente de la potestad civil, la Iglesia católica puede adquirir, retener, administrar y enajenar bienes temporales para alcanzar sus propios fines. En el § 2. Fines propios son principalmente los siguientes: sostener el culto divino, sustentar honestamente al clero y demás ministros, y hacer las obras de apostolado sagrado y de caridad, sobre todo con los necesitados.

La Iglesia tiene diversos entes, que reciben y administran las ayudas de los fieles, los cánones 1273 a 1289 contienen todo lo referente a la administración de bienes eclesiásticos. La legislación adquisitiva de los bienes temporales de la Iglesia se encuentra en los cánones 1259 a 1272. Y por lo general se debe observar la legislación de cada país y a nivel eclesiástico las normas dadas en el Derecho Particular (normas del Obispo Diocesano, o del superior religioso), para administrar los bienes de la Iglesia. Los institutos de Vida Religiosa, sociedades de Vida Apostólica y otros entes eclesiales tienen sus Reglas, Constituciones y/o Estatutos en los que determinan normas para la administración.

Los gastos ya se mencionaron en los fines de los bienes eclesiásticos, hacer una lista sería muy dispendiosa, pero sé que quienes son padres de familia comprenden que cosas se pagan y se compran para sostener una casa. Se debe gastar con austeridad, sin derroche, salvaguardando la caridad con todos. Quien administre los bienes tanto que ingresa como lo que se gasta, debe actuar como un padre de familia responsable, siendo consciente que debe dar cuentas a Dios y a la Iglesia de los bienes que tiene en sus manos.

A manera de conclusión, Jesús proclamó las bienaventuranzas de los pobres: «Bienaventurados los pobres, porque vuestro es el reino de Dios (Lc 6, 20). A este respecto, hay recordar que ya en el Antiguo Testamento se había hablado de los «pobres del Señor» (cf Sal 74, 19; 149, 4 s), objeto de la benevolencia divina (cf. Is 49, 13; 66, 2). No se trataba simplemente de personas que se hallaban en un estado de indigencia, sino más bien de personas humildes que buscaban a Dios y se ponían con confianza bajo su protección. Estas disposiciones de humildad y confianza aclaran la expresión que emplea el evangelista Mateo en la versión de las bienaventuranzas: «Bienaventurados los pobres de espíritu» (Mt 5, 3). Son pobres de espíritu todos los que no ponen su confianza en el dinero o en los bienes materiales, sino que, por el contrario, se abren al reino de Dios. Pero es precisamente éste el valor de la pobreza que Jesús alaba y aconseja como opción de vida, que puede incluir una renuncia voluntaria a los bienes, y precisamente en favor de los pobres, Es un privilegio de algunos ser elegidos y llamados por él para seguir este camino.

Antonio Devia Méndez. Pbro.
Vicario Judicial

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