DAR CRISTIANA SEPULTURA A LOS DIFUNTOS

1. UNA OBRA DE MISERICORDIA

Las Obras de Misericordia son las «buenas obras» (Mt 5,16) por excelencia, pues están dirigidas al prójimo y a manifestar la gloria de Dios. Sin duda, ellas nos acercan a la salvación. Basta ver el testimonio de los santos a lo largo de la historia y el juicio a las naciones del que nos habla San Mateo 25, 31ss

Entre las Obras de Misericordia contamos con aquélla de enterrar a los muertos que el Catecismo la comprende como una obra de misericordia corporal, que sin duda posee una fuerte dimensión espiritual porque implica, necesariamente, el acto de rezar por los difuntos. Desde esta perspectiva, nos sentimos interpelados a reflexionar, además, sobre la muerte y sobre el sentido de la vida (cf. Benedicto XVI, Spe Salvi, No. 6).

2. NORMAS CANONICAS SOBRE LAS EXEQUIAS

Las normas sobre las Exequias Eclesiásticas, las encontramos en los Cánones 1176 – 1785 y las podemos referenciar así:
Los fieles difuntos han de tener exequias eclesiásticas conforme al Derecho.
Las exequias eclesiásticas, con las que la Iglesia obtiene para los difuntos la ayuda espiritual y honra sus cuerpos, a la vez proporciona a los vivos el consuelo de la esperanza, se han de celebrar según las normas litúrgicas.
Las exequias por un fiel difunto deben celebrarse generalmente en su propia iglesia parroquial.
Las exequias del Obispo diocesano se celebrarán en su Iglesia Catedral, a no ser que hubiera elegido otra.

Si la parroquia tiene cementerio propio, los fieles han de ser enterrados en él, a no ser que el mismo difunto o aquéllos a quienes compete cuidar de su sepultura hubieran elegido legítimamente otro cementerio.

A no ser que el Derecho se lo prohíba, todos pueden elegir el cementerio en el que han de ser sepultados.

Una vez terminado el entierro, se ha de hacer la debida anotación en el Libro de Difuntos conforme al Derecho particular.

Por lo que se refiere a las exequias, los catecúmenos se equiparan a los fieles.
El Ordinario del lugar puede permitir que se celebren exequias eclesiásticas por aquellos niños cuyos padres deseaban bautizar, pero murieron antes de recibir el bautismo.
Según el juicio prudente del Ordinario del lugar, se pueden conceder exequias eclesiásticas a los bautizados que estaban adscritos a una Iglesia o comunidad eclesial no católica, con tal de que no conste la voluntad contraria de éstos, y no pueda hacerlas su ministro propio.

3. NORMAS SOBRE EL CAMPO SANTO

La Iglesia nos ofrece la oportunidad de sepultar a los difuntos en un Cementerio o Campo Santo. De esta forma, el cementerio es tierra bendecida y consagrada a Dios, es un lugar apto para orar por aquellas personas que nos han precedido en el encuentro definitivo con el Señor.
El Código de Derecho Canónico entre los cánones 1240 al 1243 establece lo siguiente:
Donde sea posible, la Iglesia debe tener cementerios propios, o al menos un espacio en los cementerios civiles, bendecido debidamente, destinado a la sepultura de los fieles.
Si esto no es posible, ha de bendecirse individualmente cada sepultura.
Las parroquias y los institutos religiosos pueden tener cementerio propio.
También otras personas jurídicas o familias pueden tener su propio cementerio o panteón, que se bendecirá a juicio del Ordinario del lugar.
No deben enterrarse cadáveres en las iglesias, a no ser que se trate del Romano Pontífice o de sepultar en su propia iglesia a los Cardenales o a los Obispos diocesanos, incluso «eméritos».

4. NORMAS SOBRE LA CREMACIÓN DE LOS CADÁVERES

La Congregación para la Doctrina de la Fe, el 15 de agosto de 2016, en la Solemnidad de la Asunción de la Santísima Virgen María, expidió la Instrucción Ad resurgendum cum Christo acerca de la sepultura de los difuntos y la conservación de las cenizas en caso de cremación. Con estas normas, se prohíben algunas prácticas ampliamente difundidas en la actualidad entre los católicos como la conservación de las cenizas en el hogar, esparcir las cenizas del difunto en el mar o usarlas para confeccionar recuerdos.

El texto precisa que la Iglesia “sigue prefiriendo la sepultura de los cuerpos, porque con ella se demuestra un mayor aprecio por los difuntos; sin embargo, la cremación no está prohibida a no ser que haya sido elegida por razones contrarias a la doctrina cristiana”.
Las cenizas, precisa el texto, “deben mantenerse en un lugar sagrado, es decir, en el cementerio o, si es el caso, en una iglesia o en un área especialmente dedicada a tal fin por la autoridad eclesiástica competente”.

La Instrucción establece que la conservación de las cenizas en un lugar sagrado (cementerio) ayuda a evitar “la posibilidad de olvido, falta de respeto y malos tratos, que pueden sobrevenir sobre todo una vez pasada la primera generación, así como prácticas inconvenientes o supersticiosas”.
La Congregación para la Doctrina de la Fe señala que está totalmente prohibida “la conservación de las cenizas en el hogar”. “Sólo en casos de graves y excepcionales circunstancias, dependiendo de las condiciones culturales de carácter local, el Ordinario (Obispo), de acuerdo con la Conferencia Episcopal o con el Sínodo de los Obispos de las Iglesias Orientales, puede conceder el permiso para conservar las cenizas en el hogar”.

“Las cenizas, sin embargo, no pueden ser divididas entre los diferentes núcleos familiares y se les debe asegurar respeto y condiciones adecuadas de conservación”, dice igualmente la Instrucción.

5. NO SE PUEDE ESPARCIR LAS CENIZAS

El Papa Francisco también ha aprobado que “para evitar cualquier malentendido panteísta, naturalista o nihilista, no sea permitida la dispersión de las cenizas en el aire, en la tierra o en el agua o en cualquier otra forma, o la conversión de las cenizas en recuerdos conmemorativos, en piezas de joyería o en otros artículos, teniendo en cuenta que para estas formas de proceder no se pueden invocar razones higiénicas, sociales o económicas que pueden motivar la opción de la cremación”.

La Iglesia advierte, por tanto, que no puede permitir “actitudes y rituales que impliquen conceptos erróneos de la muerte, considerada como anulación definitiva de la persona, o como momento de fusión con la Madre naturaleza o con el universo, o como una etapa en el proceso de re-encarnación, o como la liberación definitiva de la ‘prisión’ del cuerpo”.

P. Antonio Devia Méndez
Vicario Judicial

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