Editorial

HOMILÍA EN EXEQUIAS DEL P. HERNANDO CARDOSO HERRÁN

Apreciados monseñores, sacerdotes, diáconos de nuestra diócesis del Espinal: Los saludo con especial afecto. Hermanos todos y querida familia Cardoso Herrán: En nombre del presbiterio diocesano con su obispo a la cabeza, los acompañamos en este momento de dolor, por la repentina partida de nuestro muy apreciado hermano, el presbítero Hernando, o como le decían sus hermanos en el presbiterio: El muy apreciado Cardocito o Carduchi.

Hoy nos reunimos, en este templo parroquial de San Luis, en el nombre de nuestro Señor Jesucristo, resucitado de entre los muertos y primicia de los mismos (cf. 1 Co 15, 2), para despedir a nuestro hermano Hernando, presbítero, y para pedir que Dios lo resucite en Cristo. Con sentimiento fraterno, llenos de fe, esperanza y caridad lo acompañamos en la celebración de su pascua. Dios quiso elegirlo para ejercer el sacerdocio ministerial y ser representación sacramental de Cristo, sumo y eterno sacerdote. De ello damos gracias a Dios hoy.

En el antiguo testamento el Señor dice al profeta que no tenga miedo si lo desprecian (cf. Ez 2, 6). Aunque no quieran escuchar, «sabrán que hay un profeta en medio de ellos» (Ez 2, 5). La misión del sacerdote y el profeta es proclamar la Palabra de la Verdad, como dice san Pablo: «Proclama la palabra, insiste a tiempo y a destiempo, arguye, reprocha, exhorta con toda magnanimidad y doctrina» (2 Tm 4, 2).

Como hemos escuchado en la semblanza espiritual, nuestro hermano Hernando ha ejercido de profeta en distintas partes de la geografía diocesana. Ahora él, desde la Verdad eterna, nos anima a ser profetas en primer lugar a nosotros, sacerdotes; y en segundo lugar anima a todos los fieles, para que seamos testigos de Dios en esta sociedad.

El evangelio de San Lucas, que hemos escuchado (Lc 12, 35-40) nos acerca a la comprensión cristiana de la muerte. Más allá de su aparente realidad de final del camino, de término de la vida, de trágico desenlace, la muerte es un encuentro, o mejor, un re-encuentro con el Dios que, no sólo nos da la vida temporal y terrena, sino que nos hace partícipes de su propia vida divina: Si somos hijos por el Bautismo, seremos herederos de su Reino.

Ante tal encuentro gozoso y definitivo, nuestra esperanza en la resurrección nos anima a desarrollar ya aquí las actitudes y comportamientos propios del que espera con ilusión recibir a Aquel que viene porque nos ama. La muerte es encuentro, y nuestra vida es su preparación. Veamos las actitudes que nos propone Jesús en el evangelio de San Lucas que hemos escuchado:
“Tened ceñida la cintura y encendidas las lámparas”. Estad preparados y dispuestos para acoger al Señor que está viniendo continuamente a animar y fortalecer nuestra esperanza: Viene en la Eucaristía, en su Palabra y en toda Persona que necesita nuestra compañía y ayuda. Queridos sacerdotes recordemos que somos “antorchas” que portan la llama de la fe, la presencia del Señor, en nuestras palabras y obras. Somos instrumentos de la Luz de Cristo. Hemos de estar en “traje de faena”, utilizando lo que somos y tenemos para construir a nuestro alrededor un ambiente más humano y fraternal.

Hablando del encuentro con el Señor, dice también el Libro Sagrado, “Dichosos ellos si al llegar los encuentra en vela”. La alegría del encuentro desborda el trabajo de la espera; y la misma espera adelanta el entusiasmo del encuentro. Vivimos ya un anticipo del gozo eterno. Merece la pena el esfuerzo y sacrificio de vivir aquella nueva identidad de hijos y hermanos. La lucha por la igualdad y fraternidad, la entrega y servicio generoso a los demás, la oración confiada, son signos de la presencia del Señor, que, no sólo vendrá al final, sino que nos acompaña en nuestro caminar y sostiene con su Espíritu nuestra débil voluntad.

“Estad preparados porque a la hora que menos penséis viene el Hijo de Dios”. Es una llamada a la constancia, a hacer definitivos nuestros compromisos, a trabajar y orar con dedicación, a dar importancia a nuestro vivir diario, a nuestra rutina cotidiana. Porque es en nuestro caminar día a día, en los pequeños detalles, en la normalidad de la vida, donde hemos de ir descubriendo la presencia del Señor. Él nos sorprende, se presenta sin avisar, o mejor está siempre a nuestro lado. Por eso hemos de estar atentos, vigilantes, para descubrir su presencia y preparar nuestro encuentro.

“Si supiera el dueño a qué hora viene el ladrón, no le dejaría abrir un boquete” Estas palabras nos recuerdan que la relación con Dios, como el encuentro con los demás, no se improvisa. Las cosas importantes se preparan, las relaciones necesitan su tiempo. No debemos dejar para mañana lo que podemos hacer hoy. Y si ya sabemos que somos hijos por el Bautismo, hemos de vivir desde ahora como hermanos.

Claro, también entendemos que más allá de nuestra limitación y debilidad a la hora de vivir estas actitudes y comportamientos está la Bondad de Dios: “el Señor es compasivo y misericordioso”.
Por qué soy amplio en esta reflexión? Porque al enterarme del fallecimiento del padre Hernando, pensé en su encuentro con el Señor, en su preparación para dicho encuentro. En los sacramentos que mantienen viva la gracia en el ser del cristiano. Por lo mismo de manera prudente y respetando los cánones del sigilo sacramental pregunté por la unción, por la confesión y supe que hace pocos días había recibido la gracia del perdón a través del sacramento de la reconciliación, bendito sea Dios que lo llevó a prepararse poco a poco para su encuentro definitivo con el Creador, además porque con frecuencia se acercaba a buscar el perdón del Señor a través del sacramento de la confesión.

Valga la pena recordar que los ministros de la Iglesia, actuamos llevando la representación sacramental y eficaz de Cristo; pero hemos sido tomados del barro común y también sobrellevamos nuestra carga de debilidad. Comunicamos a otros la gracia que santifica, no como tesoro propio, sino como administradores del mismo: “Llevamos este tesoro en vasos de barro, para que se vea bien que este poder extraordinario no procede de nosotros, sino de Dios” (2Cor 4,7). Ayudamos a otros a convertirse a una vida entendida como don de amor, pero compartimos con todos los fieles el combate cotidiano a fin de que el realismo de la vida no termine opacando en nosotros el testimonio del amor fuerte y desinteresado. Con mayor razón debemos acercarnos con frecuencia a suplicar el perdón de Dios Padre de misericordia a través de los sacramentos.
Queridos hermanos, agradecemos hoy a Dios el regalo que nos ha dado en la persona de Hernando Cardoso, presbítero, y en el ejercicio de su ministerio sacerdotal. Demos, pues, gracias a Dios «que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo» (1 Co 15, 57); y pidamos por nuestro hermano Hernando, para que, libre de sus culpas y guiado por el buen Pastor, pueda gozar de los pastos eternos. El acontecimiento de su muerte temporal nos anima a vivir siempre para el Señor: «Si vivimos, vivimos para el Señor; si morimos, morimos para el Señor; así que, ya vivamos ya muramos, somos del Señor» (Rm 14, 8). Pues para esto murió y resucitó Cristo: «para ser Señor de muertos y vivos» (Rm 14, 9).

La Santísima Virgen María en su advocación de Nuestra Señora del Rosario, Patrona de la diócesis del Espinal, lo acompañe hasta la presencia de nuestro Padre Celestial.

(HOMILÍA EN EXEQUIAS DEL P. HERNANDO CARDOSO HERRÁN, San Luis Octubre 19 de 2017)

+Mons. Orlando Roa Barbosa
Obispo de la diócesis del
Espinal

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