SEGUNDO DOMINGO DE ADVIENTO.

10 DE DICIEMBRE DE 2017
SEGUNDO DOMINGO DE ADVIENTO.

PRIMERA LECTURA: Isaías 40,1-5, 9-11: son muchas las angustias y adversidades por las que pasamos constantemente, las cuales se hacen más difícil si no tenemos al Señor en el corazón, porque cuando permitimos que él nos guie, sin duda alguna escucharemos la voz de la conciencia indicándonos el camino verdadero. “Una voz clama: En el desierto abrid camino al Señor, trazad en la estepa una calzada recta a nuestro Dios”. Escuchemos la voz del Señor y no nos apartemos de su rebaño.

SALMO 85:9-14: La oración en silencio permite escuchar al Señor muy dentro de la conciencia y buscar con ahínco la salvación. El tiempo que dispongamos para orar es la mejor inversión.

SEGUNDA LECTURA. II DE PEDRO 3,8-14: Una de las definiciones más perfectas de la gloría eterna es la que encontramos en este texto bíblico: “Mas una cosa no podéis ignorar, queridos: que ante el Señor un día es como mil años y, mil años, como un día”. El cielo nuevo es un eterno presente. Además, es claro en indicarnos que ese día llegará a la hora menos esperada. “El Día del Señor llegará como un ladrón”.

Demos el paso a la conversión sin tardar en este segundo domingo de adviento, para poder esperar como nos lo dice el Apóstol: “Esperamos, según nos lo tiene prometido, nuevos cielos y nueva tierra”. Por tal razón recibamos su consejo. “Esforzaos por ser hallados en paz ante él, sin mancilla y sin tacha”. El Espíritu Santo nos ayudará.

EVANGELIO DE MARCOS 1,1-8: Juan Bautista es el enlace perfecto entre el Antiguo Testamento anunciado por los profetas y el Nuevo Testamento en el cumplimiento de las promesas mesiánicas con el nacimiento del Mesías, ya que con su voz, desde el desierto proclamaba: “preparar tu camino del Señor, enderezad sus sendas”.

Juan señalaba que su bautismo era de agua y de conversión para el perdón de los pecados y proclamaba: “Detrás de mí viene el que es más fuerte que yo; y no soy digno de desatarle, la correa de sus sandalias”.

No perdamos el horizonte de nuestra vida señalado por Juan Bautista. Junto a la conversión abrir el corazón a la acción maravillosa del Espíritu Santo, para poder llegar a la santidad y con ella al conocimiento verdadero del misterio de la Salvación.

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