14 DE ENERO DE 2018

II DOMINGO ORDINARIO
1 SAMUEL 3.3B-10.19. SALMO 40:2,47-10. 1 CORINTIOS 6,13-15. EVANGELIO DE JUAN 1,35-42:

Los textos de este II domingo del tiempo ordinario nos presenta el tema de la vocación del seguimiento, llamada que es para todos, la cual da sentido a la existencia humana.

En la primera lectura tomada del primer libro de Samuel, en su capítulo 3 del versículo 3 en adelante nos relata la vocación profética de Samuel, el niño que la madre consagró a su Dios en agradecimiento por haberle concedido el don de la maternidad y que más adelante se ve reflejada la acción del Señor cuando en el silencio de la noche Samuel escucha por tres veces la voz del Señor que lo llama.

En aquel momento Samuel estaba acompañado de Elí, Sacerdote que servía en el altar del Señor, quien comprendió que era Dios el que llamaba al niño y por ello le dijo: “Vete y acuéstate, y si te llaman, dirás: Habla, Yahveh, que tu siervo escucha. Samuel se fue y se acostó en su sitio. Vino Yahveh, se paró y llamó como las veces anteriores ¡Samuel, Samuel! Respondió Samuel: Habla, que tu siervo escucha”.

Samuel dispuso el corazón a la escucha del Señor, estuvo atento, Dios le habló y Samuel le respondió y recibió las bendiciones del Señor, así nos lo deja ver el texto: “Samuel crecía, Yahveh estaba con él y no dejó caer en tierra ninguna de sus palabras”.

Aprendamos de Samuel a escuchar y a responder a la voz del Señor y no permitamos que el bullicio del mundo, el pecado y el embeleso de las cosas superficiales del mundo nos vuelvan sordos al llamado de Dios y que Junto al salmo 40 podamos decir: “En el Señor puse toda mi esperanza, él se inclinó hacia mí y escuchó mi clamor. Puso en mi boca un canto nuevo, una alabanza a nuestro Dios”.

De esta manera entenderemos que nuestro cuerpo no es simplemente lo exterior, lo que se ve, lo que se gasta, sino que el cuerpo lleva en su seno el misterio de la persona, de la interioridad, de la libertad y que está llamado a ser templo del Espíritu Santo.

El Apóstol indica en este domingo que el cuerpo no es para la “fornicación, ni los placeres, sino para el Señor y el Señor para el cuerpo” y aconseja huir de la fornicación y de todo pecado, para que nuestro cuerpo sea “Santuario del Espíritu Santo” y de esta manera glorificar al Señor con nuestro cuerpo, alma y espíritu.

Cuando el cuerpo, el alma y el Espíritu están consagrados al Señor como el de Andrés y su compañero, sin duda alguna seguiremos al Señor, guiados siempre por el papa y su Iglesia, a ejemplo de éstos primeros seguidores de Jesús, los cuales se dejaron guiar de Juan el Bautista, cuando éste, “fijándose en Jesús que pasaba”, sin dudar, dice: “He ahí el Cordero de Dios”.
“Los dos discípulos le oyeron hablar así y siguieron a Jesús. Jesús se volvió, y al ver que le seguían les dice: ¿Qué buscáis? Ellos le respondieron: Rabbí – que quiere decir, “Maestro” – ¿dónde vives? Les respondió: Venid y lo veréis. Fueron, pues, vieron dónde vivía y se quedaron con él aquel día”.

La experiencia que tienen de Jesús les cambió la vida, hasta tal punto de quedarse con él y ser testigos de su presencia; es lo que vemos con el Apóstol Andrés que salé a pregonar a su hermano Simón: “Hemos encontrado al Mesías – que quiere decir, Cristo. Y le llevó donde Jesús. Jesús, fijando su mirada en él, le dijo: Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Cefas – que quiere decir, “Piedra”.

Oremos para que todos sigamos a Jesús y para que tengamos un encuentro vivo con él, siendo en adelante testigos y testimonio de su presencia ante los demás.

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