PALABRAS DEL RECTOR DEL SEMINARIO, EN LAS ORDENACIONES SACERDOTALES. NOVIEMBRE 16 DEL 2017

DICIEMBRE 9 DE 2017

Excelentísimo Señor Nuncio de su Santidad, Monseñor Ettore Balestrero, Eminencia José de Jesús Pimiento, muy queridos hermanos en el episcopado, muy queridos sacerdotes, religiosos y religiosas, amados seminaristas, autoridades civiles, judiciales, militares y de Policía, amados familiares, queridos amigos venidos de distintos lugares, queridísimos fieles de la Arquidiócesis de Barranquilla:

Desde el instante en que el Señor Nuncio me ha dejado en la cátedra, he iniciado ya el itinerario que me configura en propiedad como arzobispo de este rebaño particular. Tengo la fortuna de iniciar esta nueva etapa de la Arquidiócesis, bajo la sombra y el reciente Magisterio de su Santidad el Papa Francisco entre nosotros. Como Iglesia en Colombia estamos haciendo un gran esfuerzo, para que la fecunda enseñanza del Papa Francisco, se constituya en una inmensa luz que nos permita dinamizar nuestras Iglesias particulares y a su vez contribuir a consolidar la paz y la reconciliación que anhelamos los colombianos.
En ese contexto, el Santo Padre en reunión con los Obispos de Colombia, nos regaló un discurso programático que sin duda la Iglesia en Colombia y en mi caso personal, me tomo muy en serio al iniciar en esta sede Arzobispal, mis responsabilidades como Pastor.
En primera medida y en consideración a las palabras del Santo Padre Francisco, tengo muy presente que entre ustedes no tengo otra pretensión que anunciar a Cristo Resucitado y ser custodio de este tesoro en la vida de cada una de las personas a mí confiadas. Dios es el Señor del primer paso, y ese primer paso de Dios encarnado en la historia tiene nombre propio, se llama Jesús y es un paso irreversible a nuestro favor.

El Papa nos ha pedido a los obispos que, con el ejercicio de un Ministerio solícito, libre, y con la fuerza del amor de Cristo, cuidemos con temor y conmoción, ese primer paso de Dios hacia cada hombre. De esta manera, todo el pueblo de Dios con el Obispo a la cabeza, necesitamos acercarnos a Jesús y una profunda docilidad al Espíritu Santo. Este es el punto de partida. Este es el referente que no podemos perder, si queremos rescatar aquella urgencia de anunciar el Evangelio de la alegría, hoy, mañana y pasado mañana.

En esa misma perspectiva, el Papa nos exhortó a ser cada vez más una Iglesia en Misión, que, sin miedos, sin protagonismos humanos, simplemente decide callejear la fe. Solo una Iglesia madre, que genera, alimenta y acompaña a sus hijos, puede enfrentar los grandes desafíos que hoy tenemos en el país y por supuesto, también en la Arquidiócesis: La familia y la vida, los jóvenes, los sacerdotes, las vocaciones, los laicos, la formación, y muchos otros que asumen expresiones muy concretas desde la propia realidad Arquidiocesana, como el desafío de los pobres y excluidos de las mínimas oportunidades, que en la Arquidiócesis no son pocos y el apremiante desafío de consolidar entre nosotros la paz y la reconciliación, que sigue siendo tarea pendiente.

Así, el programa que tenemos, no es otro, que el único programa que el Señor ha dejado a su Iglesia, es decir, “predicar el Evangelio”, llevar a los hombres al encuentro transformante con Jesucristo muerto y resucitado. Todos los esfuerzos de la Iglesia apuntan a esto y es justamente en la necedad de la predicación de la Cruz de Cristo, donde se juega la fidelidad a la Misión de la Iglesia y la fidelidad al propio Ministerio. La fuerza del pastoreo se fundamenta en el amor y el amor se alimenta a su vez de la Fidelidad en el amor a Jesús. La ineficacia de la predicación y de las múltiples tareas pastorales que emprendemos tiene sus raíces justamente en la ausencia del Amor que confiesa a Jesús como Señor, como único Señor.

Muy queridos sacerdotes: la primera invitación que me hago hoy y que a su vez les hago a ustedes, en razón de las anteriores consideraciones, es que tengan muy presente lo que somos, la unción que hemos recibido, lo que representamos para nuestras comunidades, lo que nos pide la dignidad del sacramento que hemos recibido. Nuestras preocupaciones no pueden ser diferentes a las de Jesús, nuestro deseo de santidad no puede ser menor de la santidad que le pedimos y le predicamos a nuestros fieles: un sacerdote indiferente frente a su propia conversión, frente a su propia santidad, lo es también frente a la conversión y santidad de los fieles a él confiados. Un sacerdote lleno de celo por la santidad de sus fieles, vivirá atento, diligente, preocupado también por su propia santidad y actitud de conversión permanente.

Querida Iglesia Arquidiocesana, este único programa, el celo por anunciar a Cristo, será nuestro programa, queremos anunciar a Cristo, primero en nosotros y en cada uno de los fieles a nosotros confiados. No tengamos miedo: Dios ha escogido lo débil del mundo, para confundir lo fuerte. Lo plebeyo y despreciable del mundo ha escogido Dios; lo que no es, para reducir a la nada lo que es. Para que ningún mortal se gloríe en la presencia de Dios. Si, Nuestra Gloria, será anunciar la locura de la Cruz que nos ha salvado.

Queridos hermanos, tomo posesión hoy de la Arquidiócesis de Barranquilla, para ser en medio de ella, servidor del Evangelio y como se nos pide a los pastores, para ser centinela atento, profeta audaz, testigo creíble y servidor de la esperanza. En lo personal soy deudor de la Palabra, de la necedad de la predicación. La Palabra de Dios me ha alcanzado, quiero por lo mismo ser un misionero del Evangelio, quiero salir al encuentro de todos y llevarles a sus corazones la certeza del amor de Dios que nos ama y perdona por encima de nuestras pobrezas.

De esta manera y con la colaboración de todos, sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos, y a la luz de la renovación del Concilio, del Magisterio posterior, y sobre todo, bajo la guía de la enseñanza del Papa Francisco, necesitamos ponernos a trabajar. En efecto, seguiremos en la tarea ya iniciada con gran celo por mis predecesores, es decir, la de ir configurando el rostro de la Iglesia Arquidiocesana con sus diversas facetas y según el querer de Jesús, donde todos los bautizados, cercanos o lejanos, se sientan hijos, y encuentren en la Iglesia la verdadera madre que los acoge con entrañas de misericordia.

Vengo a servir a esta porción de la Iglesia que peregrina en el Atlántico, por voluntad de Dios; Voluntad de Dios que, tanto a mí como a ustedes, amado rebaño, se nos impone en el marco de sus inescrutables designios. Como en la Iglesia, también en mi corazón hay un espacio para cada uno de ustedes. Que nadie se sienta extraño ni para Cristo ni para su Obispo. Desde hoy quiero ser para cada uno de ustedes, Pastor, padre, hermano y amigo.

Quiero agradecer a mis predecesores, por su trabajo y sus fatigas en esta querida Arquidiócesis que hoy recibo. Agradecimientos inmensos a Monseñor Jairo Jaramillo Monsalve, quien, por 7 años con profunda entrega, cuidado y mente visionaria, pastoreó esta Grey. Y en la misma medida, de adelante hacia atrás, recordamos de manera agradecida, a los demás Obispos y arzobispos que han impulsado con variadas y eficaces decisiones, el desarrollo de la vida arquidiocesana, en sus diversas facetas: su eminencia Rubén Salazar Gómez, Monseñor Félix María Torres y Monseñor Germán Villa Gaviria. Y al lado de ellos, sus magníficos obispos auxiliares de entonces. Hoy tenemos la fortuna de seguir contando con la presencia de monseñor Carlos José Ruiseco emérito de Cartagena y del incansable monseñor Víctor Tamayo.

Muchas gracias a mis hermanos arzobispos y Obispos que me han acompañado. A todos los sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos, venidos de distintas partes, Bucaramanga, Espinal, la numerosa presencia de la Diócesis de Valledupar y demás jurisdicciones de las dos Provincias de la Costa Atlántica. Quiero resaltar con corazón agradecido, la delegación de sacerdotes, seminaristas, religiosas y laicos, provenientes de la diócesis de Armenia. Han hecho un largo viaje. Muchas gracias a las diversas autoridades e instituciones del orden nacional, departamental y municipal por su presencia. Y no por ser menos importantes, quiero agradecer ahora la participación de las diversas delegaciones provenientes de los 22 municipios del Atlántico, que configuran el hermoso rebaño que hoy recibo, esto es, Santa Lucía, Suán, Campo de la Cruz, Manatí, Candelaria, Repelón, Ponedera, Sabanalarga, Luruaco, Piojó, Usiacurí, Palmar de Valera, Santo Tomás, Polonuevo, Baranoa, Juan de Acosta, Sabanagrande, malambo, Galapa, Tubará, Soledad, Puerto Colombia y su capital Barranquilla. Muchas gracias a todos por acompañarme.

Finalmente, quiero confiar la fecundidad del ministerio episcopal que hoy inicio entre ustedes y con ustedes, a la Virgen María. En mi escudo brillan tres estrellas de plata que recuerdan a la Virgen santísima. Con las mismas he querido evocar la presencia de la Virgen en mi vocación y su compañía a lo largo de mi vida sacerdotal y Episcopal. La Virgen del Carmen intercesora en mi vocación y la Virgen del Rosario patrona de la Diócesis de Valledupar y de la siempre amada Diócesis del Espinal, la Inmaculada Concepción, patrona de la Diócesis de Armenia y María Reina en cuya Catedral Metropolitana, me estoy hoy posesionado.

Coloco entonces humildemente bajo el amparo y protección maternal de la Virgen María, amante de la Palabra, madre de la esperanza y estrella de la evangelización, lo que en esta Arquidiócesis se ha venido sembrando y lo que sembraremos con su ayuda, para que la cosecha sea abundante en cada rincón de esta hermosa tierra del Atlántico.

Así sea.

+Mons. Pablo Emiro Salas Anteliz
Arzobispo de Barranquilla

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