11 de marzo de 2018 4º domingo de Cuaresma

II CRÓNICAS 36,14-17,19-23; SALMO 137,1-6; EFESIOS 2,4-10;
EVANGELIO DE JUAN 3,14-21.

Con corazón humilde y sencillo, aprendamos de esta primera lectura a leer lo que le pude suceder a una persona, familia, pueblo o nación que se aparta del Señor, pero también la bendición que recibe cuando vuelve a confesar su nombre.

El texto indica que los jefes de los sacerdotes y el pueblo multiplicaron sus infidelidades, que Dios envió desde el principio avisos por medio de sus mensajeros, porque tenía compasión y misericordia de su pueblo y de su morada, pero ellos se burlaron de los mensajeros de Dios, despreciaron sus palabras y a sus profetas, haciéndose merecedores del castigo jóvenes, doncellas y ancianos, el cual permaneció hasta que por boca de Jeremías movió el espíritu del Rey Ciro, quien mandó a publicar de palabra y por escrito en todo su reino, que todos los de la casa de Israel subieran a Jerusalén a su templo, porque por mandato de Dios edificó su casa, para que todos se acercasen a ella. Fue en ese momento cuando se arrepintieron y Dios los bendijo.

Seguramente a muchas personas, familias, pueblos y hasta nuestra Nación Colombia, le puede estar pasando igual que al pueblo de Israel. Hemos pecado y seguimos pecando por más que el Señor nos habla de muchas maneras a través del papa, los obispos, sacerdotes y fieles laicos comprometidos con el evangelio, pero por tener el corazón de piedra y lleno de pecados, no hacemos caso. Pidamos al todo poderoso en este domingo que cambie nuestro corazón, que nos arrepintamos, que volvamos a Dios, porque sólo de esta manera encontraremos la paz y la salvación.

El salmo 137 es una invitación a no lamentarnos por el pasado, pero sí a permanecer en la presencia del Señor y glorificarlo con cánticos y acción de gracias, sin apartarnos ni un instante de él, hasta tal punto de pedirle al mismo Dios: “si yo de ti me olvido, que se seque mi diestra. Mi lengua se me pegue al paladar si de ti no me acuerdo, si no alzo a Jerusalén al colmo de mi gozo”. Acojamos la súplica del Salmista y no nos apartemos jamás del Señor.

Al meditar en este texto de Pablo, en su carta a los Efesios, se ha de experimentar la misericordia del Señor, la cual es eterna, porque su amor es grande, hasta el punto, que por gratuidad del Señor perdonó nuestros pecados y muriendo en la Cruz nos devolvió la Salvación, resucitándonos con él.

Entendiendo que es un regalo y don de Dios, gloriémonos sólo en el Señor y entendamos lo que dice el Apóstol Pablo: “En efecto, hechura suya somos: creados en Cristo Jesús, en orden a las buenas obras que de antemano dispuso Dios que practicáramos”.

El evangelio de Juan, en este cuarto domingo de Cuaresma, da algunas respuestas a Nicodemo, que a pesar de ser una persona educada e inteligente, maestro de la ley, se le hacía difícil entender el mensaje de Jesús, quizás porque aún no le había abierto su corazón, sin embargo con las explicaciones de Jesús, poco a poco se compenetró con el Señor, hasta el punto que lo vemos, junto con José de Arimatea, dando Santa Sepultura a Jesús.

En el texto, Jesús habla que “el hijo del hombre será levantado, para que todo el que crea tenga por él vida eterna, porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna”. El evangelio hace también énfasis en el juicio, el cual consiste en que “vino la luz al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas.

Que este tiempo de cuaresma nos ayude a centrarnos en el gran acontecimiento del misterio Pascual, ya que en él se encuentra la luz verdadera, la cual nos lleva al arrepentimiento definitivo y este a reconocer que Jesús es el Salvador que da la vida eterna.

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