La confesión nos purifica de la lepra del pecado, afirma el Papa

El Papa indica que ninguna enfermedad puede romper la relación con Dios, únicamente el pecado que es una enfermedad del corazón, una lepra que puede purificarse con el sacramento de la confesión.
El Evangelio, según San Marcos, nos presenta a Jesús que cura a los enfermos de todo tipo. En ese sentido, el Papa explicó que “ninguna enfermedad es causa de impureza: la enfermedad ciertamente toca a toda la persona, pero de ningún modo afecta o le inhabilita para su relación con Dios. Así, una persona enferma puede permanecer unida a Dios”.
Por el contrario, “el pecado sí que te deja impuro. El egoísmo, la soberbia, la corrupción, esas son las enfermedades del corazón de las cuales es necesario purificarse, dirigiéndose a Jesús como se dirigía el leproso: ‘Si quieres, puedes purificarme’”.
El Santo Padre invitó a acudir al sacramento de la confesión para purificar el alma: “Cada vez que acudimos al sacramento de la Reconciliación con el corazón arrepentido, el Señor nos repite también a nosotros: ‘Quiero, queda purificado’”.
Así, resaltó, “la lepra del pecado desaparece, volvemos a vivir con alegría nuestra relación filial con Dio y quedamos plenamente reintegrado en la comunidad”.

Contemplemos a Jesús como verdadero médico de los cuerpos y de las almas, que Dios Padre ha enviado al mundo para curar a la humanidad, marcada por el pecado y por sus consecuencias”.
El Papa explicó que “la página del Evangelio nos presenta la curación de un hombre enfermo de lepra, patología que en el Antiguo Testamento se consideraba una grave impureza y que implicaba la marginación del leproso de la comunidad”.
“Su condición era realmente lamentable, porque la mentalidad de aquel tiempo le hacía sentirse impuro ante Dios y ante los hombres. Por eso, el leproso del Evangelio suplica a Jesús con estas palabras: ‘Si quieres, puedes purificarme’”.

El Papa señala que “al oír aquello, Jesús sintió compasión”. En este sentido, invitó a “fijar la atención sobre esta resonancia interior de Jesús, como hemos hecho durante el Jubileo de la Misericordia. No se entiende la obra de Cristo, no se entiende a Cristo mismo, si no se entra en su corazón rebosante de compasión y de misericordia”.

Es esa compasión “la que lo lleva a extender la mano sobre aquel hombre enfermo de lepra, a tocarlo, a decirle: ‘Quiero, queda purificado’. El hecho más impactante es que Jesús toca al leproso, porque aquello estaba totalmente prohibido por la ley mosaica. Tocar a un leproso significaba contagiarse también en el interior, en el espíritu, y, por lo tanto, quedar impuro”.

“Pero, en este caso, el influjo no va del leproso a Jesús para transmitir el contagio, sino de Jesús al leproso para darle la purificación. En esta curación admiramos, además de la compasión, la audacia de Jesús, que no se preocupa no del contagio ni de las prescripciones, sino que se mueve solo por su voluntad de liberar a aquel hombre de la maldición que lo oprime”.

El Papa hace votos para que “por intercesión de la Virgen María, nuestra Madre Inmaculada, pidamos al Señor, que ha llevado también la salud a los enfermos, que sane nuestras heridas interiores con su infinita misericordia, para que nos dé otra vez la esperanza y la paz del corazón”.

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