¿QUIENES PUEDEN Y DEBEN PREDICAR EN LA IGLESIA CATÓLICA?

Monseñor Jesús Antonio Carvajal besando la palabra de Dios en la Misa Crismal

El Papa Francisco Plantea en Evangellii Gaudium la predicación como una cuestión esencial de la Evangelización, porque «no puede haber auténtica evangelización sin la proclamación explícita de que Jesús es el Señor», y sin que exista un «primado de la proclamación de Jesucristo en cualquier actividad de evangelización» … Hoy que la Iglesia quiere vivir una profunda renovación misionera, hay una forma de predicación que nos compete a todos como tarea cotidiana. Se trata de llevar el Evangelio a las personas que cada uno trata, tanto a los más cercanos como a los desconocidos.

Nos dice también el Papa Francisco que “La preparación de la predicación es una tarea tan importante que conviene dedicarle un tiempo prolongado de estudio, oración, reflexión y creatividad pastoral… La confianza en el Espíritu Santo que actúa en la predicación no es meramente pasiva, sino activa y creativa. Implica ofrecerse como instrumento (cf. Rm 12,1), con todas las propias capacidades, para que puedan ser utilizadas por Dios. Un predicador que no se prepara no es «espiritual»; es deshonesto e irresponsable con los dones que ha recibido”.

Además, “El predicador «debe ser el primero en tener una gran familiaridad personal con la Palabra de Dios: no le basta conocer su aspecto lingüístico o exegético, que es también necesario; necesita acercarse a la Palabra con un corazón dócil y orante, para que ella penetre a fondo en sus pensamientos y sentimientos y engendre dentro de sí una mentalidad nueva» … Si está vivo este deseo de escuchar primero nosotros la Palabra que tenemos que predicar, ésta se transmitirá de una manera u otra al Pueblo fiel de Dios: «de la abundancia del corazón habla la boca» (Mt 12,34) … Jesús se irritaba frente a esos pretendidos maestros, muy exigentes con los demás, que enseñaban la Palabra de Dios, pero no se dejaban iluminar por ella: «Atan cargas pesadas y las ponen sobre los hombros de los demás, mientras ellos no quieren moverlas ni siquiera con el dedo» (Mt 23,4).

El predicador necesita también poner un oído en el pueblo, para descubrir lo que los fieles necesitan escuchar. Un predicador es un contemplativo de la Palabra y también un contemplativo del pueblo. De esa manera, descubre «las aspiraciones, las riquezas y los límites, las maneras de orar, de amar, de considerar la vida y el mundo, que distinguen a tal o cual conjunto humano», prestando atención «al pueblo concreto con sus signos y símbolos, y respondiendo a las cuestiones que plantea». Se trata de conectar el mensaje del texto bíblico con una situación humana, con algo que ellos viven, con una experiencia que necesite la luz de la Palabra.

Lamentablemente en nuestro tiempo se ha perdido la pasión por predicar el evangelio, hay poco entusiasmo sobre todo por falta de santidad, por la mundialización tanto de predicadores como del pueblo de Dios. La predicación fuera del templo, es escasa, de ahí que es indispensable un proceso serio y renovado de NUEVA EVANGELIZACION. Es cuestionable que el mandado de Dios, “Id y predicad el Evangelio, hoy carezca de importancia”.
La Iglesia en diversos modos ha insistido en la Predicación del Evangelio y ha establecido normas al respecto. En el código de Derecho canónico en los cánones del 762 al 772 da unos principios claros al respecto, que orientan tanto a los responsables de la predicación como a los receptores de la Predicación. Estas normas las podemos sintetizar del siguiente modo:
El pueblo de Dios tiene el absoluto derecho a exigir de labios de los sacerdotes, los ministros sagrados el anuncio del Evangelio de Dios.

Los Obispos tienen derecho a predicar la palabra de Dios en cualquier lugar.
Quedando a salvo lo que prescribe el c. 765, los presbíteros y los diáconos tienen la facultad de predicar en todas partes.

Para predicar a los religiosos en sus iglesias u oratorios, se necesita licencia del Superior competente a tenor de las constituciones.

Los laicos pueden ser admitidos a predicar en una iglesia u oratorio, si en determinadas circunstancias hay necesidad de ello, o si, en casos particulares, lo aconseja la utilidad, según las prescripciones de la Conferencia Episcopal y sin perjuicio del c. 767 § 1.

Entre las formas de predicación destaca la homilía, que es parte de la misma liturgia y está reservada al sacerdote o al diácono.

En todas las Misas de los domingos y fiestas de precepto que se celebran con concurso (asistencia) del pueblo, debe haber homilía, y no se puede omitir sin causa grave.

Es muy aconsejable que, si hay suficiente concurso de pueblo, haya homilía también en las Misas que se celebren entre semana o con ocasión de una fiesta o de un acontecimiento luctuoso.

Los predicadores de la palabra de Dios propongan a los fieles en primer lugar lo que es necesario creer y hacer para la gloria de Dios y salvación de los hombres.

Enseñen asimismo a los fieles la doctrina que propone el magisterio de la Iglesia sobre la dignidad y libertad de la persona humana; sobre la unidad, estabilidad y deberes de la familia; sobre las obligaciones que corresponden a los hombres unidos en sociedad; y sobre el modo de disponer los asuntos temporales según el orden establecido por Dios.

Propóngase la doctrina cristiana.

En ciertas épocas, según las prescripciones del Obispo diocesano, organicen los párrocos, aquellas formas de predicación denominadas ejercicios espirituales y misiones sagradas, u otras adaptadas a las necesidades.

Muéstrense solícitos los pas1tores de almas, especialmente los Obispos y los párrocos, de que la palabra de Dios se anuncie también a aquellos fieles que, por sus condiciones de vida, no gocen suficientemente de la cura pastoral común y ordinaria, o carezcan totalmente de ella. Provean también a que el mensaje del Evangelio llegue a los no creyentes que viven en el territorio, puesto que también a éstos, lo mismo que a los fieles, debe alcanzar la cura de almas.

Respecto al ejercicio de la predicación, observen todos también las prescripciones establecidas por el Obispo diocesano.

Para hablar sobre temas de doctrina cristiana por radio o televisión, se han de cumplir las prescripciones establecidas por la Conferencia Episcopal. Es conveniente que, si alguien quiere hacer programas por los diversos medios de comunicación, cuente con el aval del Obispo de la Diócesis.

ANTONIO DEVIA MENDEZ.Pbro
Vicario Judicial

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