EL DERECHO DE ASOCIACIÓN EN LA IGLESIA

Comunidad parroquial del Divino Niño Jesús. Flandes - Tolima

La Iglesia Católica, que está extendida por toda la tierra y es para todos, a lo largo de la historia ha mantenido siempre el firme deseo y propósito de comunión que se ha plasmado de diferentes maneras, manteniendo la diversidad, pero unidos en lo fundamental y por ello se han fundado y organizado asociaciones de fieles de diversa índole. Ya desde los primeros tiempos el Espíritu Santo convocó y suscitó en muchos el deseo de asociarse en vistas a cumplir diversos fines dentro de la vida y misión del Pueblo de Dios. “Constatamos así continuamente en la historia de la Iglesia el fenómeno de grupos más o menos numerosos de fieles que, por un impulso misterioso del Espíritu, han sido impulsados espontáneamente a asociarse para conseguir determinados objetivos de caridad o de santidad, en relación con las particulares necesidades de la Iglesia de su tiempo o también para colaborar en su misión esencial y permanente” (Perfectae caritatis, 1.)

Además de las asociaciones de vida religiosa, los institutos seculares y las sociedades de vida apostólica, se deben mencionar también otras asociaciones en el Pueblo de Dios. El Papa Pío XII lo ponía de manifiesto: “…los fieles constituyen la Iglesia, y por esto ya desde los primeros tiempos de su historia con el consentimiento de los Obispos se han unido en asociaciones particulares dedicadas a las más diversas manifestaciones de la vida. La Santa Sede nunca ha dejado de aprobarlas y de alabarlas” (S.S. Pío XII, Discurso, 20-II-1946, 11)

Siendo seres sociales por naturaleza, la vivencia de la fe y el apostolado, tiene necesariamente una dimensión comunitaria y para cumplirlo es posible asociarse. Es así, que, en el concilio Vaticano II, se hace una amplia referencia al apostolado asociado. La Apostolicam actuositatem hace importantes precisiones que vale la pena recordar. El fundamento de la vida asociada está tanto en la naturaleza misma del ser humano, en cuanto ser social, como en el hecho de que Dios ha querido unir a todos los creyentes en Cristo. Teniendo en cuenta esto, se afirma: El apostolado asociado responde, pues, de modo conveniente, a las exigencias tanto humanas como cristianas de los creyentes y, al mismo tiempo, es un signo de la comunión y de la unidad de la Iglesia en Cristo, que dijo: “Donde dos o tres están congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mt 18,20). Se plasma así la eclesiología de comunión del Concilio en lo referente a la vida asociada laical y a su dimensión evangelizadora.

Por su parte el Código de Derecho Canónico constituye un notable y afortunado esfuerzo de traducir en términos jurídicos la eclesiología de comunión del Concilio Vaticano II. En el libro segundo en los cánones del 204 al 231, establece todo lo referente a los fieles, a su apostolado, y a su derecho de asociarse para poder cumplir con este deber y obviamente con el propósito de alcanzar la santidad. Partiendo de la común dignidad de todos los bautizados y de la exigencia de cooperación en la edificación del Cuerpo de Cristo, el Código señala que todos los cristianos, según su propia condición, están invitados a vivir en santidad. Dentro de la comunión de la Iglesia, que todos deben observar, es responsabilidad de cada uno llevar la Buena Nueva a los hombres: Todos los fieles tienen el deber y el derecho de trabajar para que el mensaje divino de salvación alcance más y más a los hombres de todo tiempo y del orbe entero.

El Código precisa este derecho-deber del apostolado de los laicos reiterando el derecho de asociación: Puesto que, en virtud del bautismo y de la confirmación, los laicos, como todos los demás fieles, están destinados por Dios al apostolado, tienen la obligación general, y gozan del derecho, tanto personal como asociadamente, de trabajar para que el mensaje divino de salvación sea conocido y recibido por todos los hombres en todo el mundo; obligación que les apremia todavía más en aquellas circunstancias en las que sólo a través de ellos pueden los hombres oír el Evangelio y conocer a Jesucristo.

En la sección del Código relativa a las asociaciones de fieles en la Iglesia (cánones 298 al 329), se vuelve a afirmar este derecho explicando un poco más sus alcances. Existen en la Iglesia asociaciones distintas de los institutos de vida consagrada y de las sociedades de vida apostólica, en las que los fieles, clérigos o laicos, o clérigos junto con laicos, trabajando unidos, buscan fomentar una vida más perfecta, promover el culto público, o la doctrina cristiana, o realizar otras actividades de apostolado, a saber, iniciativas para la evangelización, el ejercicio de obras de piedad o de caridad y la animación con espíritu cristiano del orden temporal. Se entiende así, pues, que todo fiel puede reunirse con otros para fundar una asociación. Puede igualmente inscribirse o incorporarse en cualquiera ya existente, de donde se concluye que estas asociaciones tienen libertad estatutaria y libertad de gobierno. Esto incluye ciertamente su justa autonomía de vida, así como su libertad de iniciativa, siempre dentro del espíritu y realidad de la comunión en la Iglesia.

Las asociaciones, según el Código, son de dos tipos atendiendo a su relación con la autoridad eclesiástica: públicas o privadas. Son públicas, si habiendo sido constituidas, son debidamente erigidas por la autoridad eclesiástica, y actúan en nombre de la Iglesia en aquellos asuntos que son propios de la misión eclesial. Son privadas, si habiendo surgido en la comunidad eclesial, no han sido erigidas por la autoridad eclesiástica, y en consecuencia no actúan en nombre de la Iglesia; esto incluso cuando hayan obtenido personalidad jurídica en la Iglesia mediante decreto dado por la misma autoridad eclesiástica. Cabe señalar que su naturaleza privada no disminuye en nada su eclesialidad. Para que una asociación privada sea reconocida como asociación de la Iglesia sus Estatutos deben ser examinados por la autoridad competente. Es importante, sin embargo, recordar lo que señala el Código: ninguna asociación privada puede utilizar el nombre de “católica” sin el consentimiento de la autoridad eclesial competente.

A quienes nos dedicamos al pastoreo de las almas, nos compete promover o respetar y acompañar las inspiraciones que los fieles tienen para llevar a cabo el apostolado, sometiéndolas a la revisión y aprobación de la autoridad eclesiástica competente. No podemos oponernos sin razón justa a las sanas iniciativas, por el contrario, estamos obligados a hacer un acompañamiento afectivo y efectivo, a ayudarlos para que cumplan bien su misión.

Antonio Devia Mendez. Pbro
Vicario Judicial.

Be the first to comment

Leave a Reply

Tu dirección de correo no será publicada.


*