LA TRANSFIGURACIÓN

El 6 de agosto nuestra Iglesia Cristiana celebra la Transfiguración del Señor, que ocurrió en presencia de los apóstoles Pedro, Santiago y Juan. Es aquí donde Jesús conversa con Moisés y Elías, y se escucha desde una nube la voz de Dios Padre que dice “Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadlo” (Lc. 9, Mc. 9, Mt. 17).
Es un acontecimiento milagroso el cual el rostro de Jesús “resplandeció como el sol, y sus prendas de vestir se hicieron esplendorosas como la luz”. (Mt 17:1-9; Mr 9:2-10; Lu 9:28-36.) Marcos dice que en esta ocasión las prendas de vestir exteriores de Jesús se hicieron “mucho más blancas de lo que pudiera blanquearlas cualquier limpiador de ropa en la tierra”, y Lucas especifica que “la apariencia de su rostro se hizo diferente”. La transfiguración ocurrió en una montaña algún tiempo después de la Pascua pero bastante antes del último viaje de Jesús a Jerusalén.

Justo antes de la transfiguración, Jesús y sus discípulos se encontraban en la región de Cesárea de Filipo. No es probable que Cristo y los apóstoles se marchasen de esas inmediaciones o de la región cuando fueron a la “montaña encumbrada”. (Mc 9:2.) Desde aproximadamente el siglo IV, se ha considerado tradicionalmente que la transfiguración tuvo lugar en el monte Tabor, (Israel) que en hebreo significa “el abrazo de Dios.

Por otro lado, el monte Hermón está a solo unos 25 Km. al NE de Cesárea de Filipo. Su altitud es de 2.814 m. sobre el nivel del mar, así que podía considerarse una “montaña encumbrada”. (Mt 17:1.) Por ello, es posible que la transfiguración tuviera lugar en algún saliente del monte Hermón. Así opinan muchos doctos modernos, aunque el silencio bíblico al respecto no permite saber con certeza el lugar exacto.

La transfiguración probablemente sucedió de noche, pues los apóstoles “estaban cargados de sueño”. (Lucas 9:32.) Además, durante la noche sería más vívida, y ellos pasaron la noche en la montaña, pues no descendieron hasta el día siguiente. (Lucas 9:37.) Sin embargo, la Biblia no dice cuánto duró la transfiguración.

En la transfiguración de Jesús, Moisés y Elías también aparecieron (Lucas 9:30, 31; Mt 17:3; Mc 9:4.) Los tres hablaron acerca de “la partida una “forma de la palabra griega éxodos” de él Cristo que estaba destinado a cumplir en Jerusalén”. (Lu 9:31.) Este éxodo o “partida”, implicaba tanto la muerte de Cristo como su posterior resurrección a la vida espiritual.

Algunos críticos han tratado de catalogar la transfiguración de un simple sueño. Sin embargo, no sería lógico que Pedro, Santiago y Juan hubiesen tenido exactamente el mismo sueño. Jesús mismo usó el término “visión” (Mt 17:9), no sueño. Cristo estaba en realidad allí, aunque Moisés y Elías, muertos mucho tiempo antes, no estaban presentes literalmente. Fueron representados en visión. La palabra griega utilizada para “visión” en Mateo 17:9 es hórama, que también se traduce “vista”. (Hch 7:31.) No implica irrealidad, como si los observadores fueran objeto de una ilusión. Tampoco fueron insensibles a lo que ocurría, pues estaban completamente despiertos cuando presenciaron la transfiguración. Realmente veían y oían con sus ojos y oídos literales lo que sucedía en ese momento. (Lu 9:32.)
Cuando se separó Moisés y a Elías de Jesús, Pedro, que “no se daba cuenta de lo que decía”, sugirió que se erigiesen tres tiendas, una para Jesús, otra para Moisés y otra para Elías. (Lu 9:33.) Pero mientras el apóstol hablaba, se formó una nube (Lc 9:34), para simbolizar la presencia de Dios en la montaña de la transfiguración. De la nube se oyó la voz de Dios: “Este es mi Hijo amado, el escogido. Escúchenle”. (Lc 9:35.) Años más tarde, Pedro identificó la voz celestial de la transfiguración como la de “Dios el Padre”. (2Pe 1:17, 18.)
Jesús dijo a sus tres apóstoles: “No digan a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre sea levantado de entre los muertos”. (Mt 17:9.) Ellos no dijeron a nadie lo que habían visto, al parecer ni siquiera a los otros apóstoles. (Luc 9:36.) Mientras descendían de la montaña, los tres apóstoles hablaban entre sí acerca de lo que quería decir “eso de levantarse de entre los muertos” que Jesús les había comentado. (Mc 9:10.) Una enseñanza religiosa judía común era que Elías debía aparecer antes de la resurrección de los muertos, lo que inauguraría el reinado del Mesías.

Parece ser que la transfiguración tuvo el propósito de fortalecer a Cristo para su sufrimiento y muerte, y al mismo tiempo también alentó y fortaleció la fe de sus seguidores. Mostró que Jesús tenía la aprobación de Dios y fue una vista por anticipada de su gloria y poder del Reino futuro.

En el Catecismo de la Iglesia Católica (#555), en referencia al pasaje bíblico, se menciona que “por un instante, Jesús muestra su gloria divina, confirmando así la confesión de Pedro. Muestra también que para ‘entrar en su gloria’ (Lc 24, 26), es necesario pasar por la Cruz en Jerusalén”.

Asimismo recuerda las palabras de Santo Tomás de Aquino, quien afirmó que en este acontecimiento “apareció toda la Trinidad: el Padre en la voz, el Hijo en el hombre, el Espíritu en la nube luminosa”.

San Jerónimo comentaba este episodio de la vida de Jesús y añadía incluso palabras en la boca de Dios Padre para explicar la predilección de Jesús. “Este es mi Hijo, no Moisés ni Elías. Éstos son mis siervos; aquel, mi Hijo. Éste es mi Hijo: de mi misma naturaleza, de mi misma sustancia, que en Mí permanece y es todo lo que Yo soy. También aquellos otros me son ciertamente amados, pero Éste es mi amadísimo. Por eso escuchadlo”
La enseñanza que nos regala esta pericopa del Evangelio es a dejarnos Transfigurar por Dios. Esto significa dar un cambio total a mi apariencia de vida, cambio de mentalidad, cambio de mi forma de ser, pensar y actuar, de acuerdo a mi opción por Cristo, tener sus mismos sentimientos de modo que revele su verdadera naturaleza y cultura.

Esto nos motiva a ser agradecidos y valorar lo que Jesús hizo por nosotros para salvarnos. El Padre nos da todo y a cambio nos pide que volvamos a Él, nos exige transfigurarnos, convertirnos, ser diferentes, ser auténticos en lo que hagamos en la vida cotidiana; y nosotros en lugar de eso nos olvidamos de todo, porque pensamos que Dios tiene el derecho de darnos todo a cambio de nada y no hacemos ningún esfuerzo para cambiar. Dios quiere que nuestra vida resplandezca, que nuestros rostros cambien de apariencia, en la casa, con mi familia, en el sitio donde trabajamos, que empecemos por lo sencillo para que construyamos una sociedad transfigurada y renovada.

Dios en su amor infinito bendiga nuestras vidas y transforme nuestro corazón. Amen.

Guzmán Páez Rolón, Pbro.
Capellán de la Escuela de Policía Gabriel González de El Espinal Tolima

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