UN SACERDOTE ES UN REGALO DE DIOS

Eucaristía celebrada en los retiros en Chinauta el pasado mes de junio.

Un sacerdote es un hombre con una historia concreta, formado en el seno de una familia, en el contexto de una parroquia o comunidad cristiana, alguien común y corriente que asiste a la Escuela, al colegio, a la universidad, estudia, ora, se relaciona con las demás personas como todos los seres humanos, se proyecta en un modo de servir a Dios en beneficio de la humanidad y sobre el cual Dios fija su mirada y a quien elige para que sea su servidor.

Dice la sagrada escritura en Hebreos, 5 1-10 que “… todo Sumo Sacerdote es tomado de entre los hombres y está puesto en favor de los hombres en lo que se refiere a Dios para ofrecer dones y sacrificios por los pecados; y puede sentir compasión hacia los ignorantes y extraviados, por estar también él envuelto en flaqueza. Y a causa de esa misma flaqueza debe ofrecer por los pecados propios igual que por los del pueblo. Y nadie se arroga tal dignidad, sino el llamado por Dios, lo mismo que Aarón. De igual modo, tampoco Cristo se apropió la gloria del Sumo Sacerdocio, sino que la tuvo de quien le dijo: Hijo mío eres tú; yo te he engendrado hoy. Como también dice en otro lugar: Tú eres sacerdote para siempre, a semejanza de Melquisedec. El cual, habiendo ofrecido en los días de su vida mortal ruegos y súplicas con poderoso clamor y lágrimas al que podía salvarle de la muerte, fue escuchado por su actitud reverente, y aun siendo Hijo, con lo que padeció experimentó la obediencia; y llegado a la perfección, se convirtió en causa de salvación eterna para todos los que le obedecen, proclamado por Dios Sumo Sacerdote a semejanza de Melquisedec.

Un sacerdote es ante todo un hombre de Dios, que alcanza su felicidad en el ministerio que la Iglesia le confía, es alguien que se esta santificando y ayuda a sus hermanos a que también alcancen la santidad. Ser sacerdote es lo mejor que le puede pasar a un hombre. Un sacerdote feliz, aunque se canse nunca pierde el entusiasmo, aunque esté enfermo es siempre un foco de la Gracia de Dios. Un sacerdote todos los días agradece a Dios por la infinita misericordia y bondad que ha tenido con él, por haberlo elegido sin merecerlo. El sacerdocio es un regalo de Dios que nadie merece y al cual nadie tiene derecho, el sacerdocio lo da Dios porque quiere, es una misericordia no solo en favor del ministro que lo recibe, sino de un pueblo que ha orado a Dios para que le envíe quien los guie y se compadezca de ellos.

Los amigos de un sacerdote, tienen el privilegio de tener a Dios mas cerca, pero tienen la obligación de ayudar a cuidar la vocación de ese amigo, pues parafraseando a San Pablo, es alguien que lleva un tesoro en vasija de barro. Los sacerdotes seres humanos común y corriente, tienen la fragilidad humana como todas las personas, más tentados que el resto de la humanidad, y con un juicio más duro que el resto de la humanidad, pues a quien más se le dio más se le exigirá.

En la catequesis elemental se enseña que existen siete sacramentos, tres de iniciación cristiana: Bautismo, confirmación y Eucaristía, dos sacramentos de sanación: Penitencia y la Unción de los Enfermos, y dos de servicio a la comunidad: Matrimonio y el Orden Sagrado. Pues bien, “el Orden sagrado es el sacramento gracias al cual la misión confiada por Cristo a sus Apóstoles sigue siendo ejercida en la Iglesia hasta el fin de los tiempos: es, pues, el sacramento del ministerio apostólico. Comprende tres grados: el episcopado, el presbiterado y el diaconado” (CEC 1536).

Respecto al modo como se organiza el orden sagrado, a través del cual se desempeña el apostolado la Iglesia el catecismo define que “El ministerio eclesiástico, instituido por Dios, está ejercido en diversos órdenes por aquellos que ya desde antiguo reciben los nombres de obispos, presbíteros y diáconos” (LG 28). Se recibe la ordenación después de haber recibido los ministerios laicales, haber sido formado adecuadamente de acuerdo a las normas de la Iglesia, habiendo sido admitido al grado respectivo del orden, habiendo hecho profesión de fe y juramento de fidelidad, en una ceremonia publica con la mayor asistencia posible de fieles y de sacerdotes, teniendo como rito central la Imposición de manos tocando la cabeza del ordenando y la oración consecratoria.

La doctrina católica, expresada en la liturgia, el magisterio y la práctica constante de la Iglesia, reconoce que existen dos grados de participación ministerial en el sacerdocio de Cristo: el episcopado y el presbiterado. El diaconado está destinado a ayudarles y a servirles. Por eso, el término latino “sacerdos” designa, en el uso actual, a los obispos y a los presbíteros, pero no a los diáconos. Sin embargo, la doctrina católica enseña que los grados de participación sacerdotal (episcopado y presbiterado) y el grado de servicio (diaconado) son los tres conferidos por un acto sacramental llamado “ordenación”, es decir, por el sacramento del Orden. es así que es importante que: “Todos reverencien a los diáconos como a Jesucristo, como también al obispo, que es imagen del Padre, y a los presbíteros como al senado de Dios y como a la asamblea de los apóstoles: sin ellos no se puede hablar de Iglesia” (San Ignacio de Antioquía, Epistula ad Trallianos 3,1).

“Según la tradición, entre los diversos ministerios que se ejercen en la Iglesia, desde los primeros tiempos ocupa el primer lugar el ministerio de los obispos que, a través de una sucesión que se remonta hasta el principio, son los transmisores de la semilla apostólica” (LG20). Los obispos tienen la plenitud del sacerdocio, gozan de la sucesión apostólica y gobiernan junto con el Papa, la Iglesia de Dios. Ellos confieren todos los sacramentos de acuerdo al orden y modo establecido por la Santa Iglesia de Dios.

Los presbíteros, aunque no tengan la plenitud del sacerdocio y dependan de los obispos en el ejercicio de sus poderes, sin embargo están unidos a éstos en el honor del sacerdocio y, en virtud del sacramento del Orden, quedan consagrados como verdaderos sacerdotes de la Nueva Alianza, a imagen de Cristo, sumo y eterno Sacerdote (Hb 5,1-10; 7,24; 9,11-28), para anunciar el Evangelio a los fieles, para apacentarlos y para celebrar el culto divino” (LG 28). A los presbíteros les impone las manos el Obispo y también los presbíteros concelebrantes.

«En el grado inferior de la jerarquía están los diáconos, a los que se les imponen las manos “para realizar un servicio y no para ejercer el sacerdocio”» (LG 29; cf CD 15). En la ordenación al diaconado, sólo el obispo impone las manos, significando así que el diácono está especialmente vinculado al obispo en las tareas de su “diaconía” (cf San Hipólito Romano, Traditio apostolica 8).

Antonio Devia Mendez, Pbro
Vicario Judicial.

Be the first to comment

Leave a Reply

Tu dirección de correo no será publicada.


*