HOMILÍA EN ORDENACIONES DE DIÁCONOS Y PRESBÍTEROS

ESPINAL 4 DE AGOSTO DE 2018

Queridos monseñores y sacerdotes, apreciados religiosos, religiosas, seminaristas, equipo de formadores de nuestro Seminario Mayor La Providencia, muy estimados benefactores de nuestro Seminario Mayor. Un saludo muy especial para Uds. queridos hijos que van a ser ordenados diáconos y para quienes serán ordenados presbíteros. Me dirijo también a sus padres y familia en general, a sus amigos venidos desde distintas partes del país, y a toda la comunidad diocesana, sobre todo a cuantos han venido de sus parroquias. Juntos formamos esta asamblea del Señor, reunida en nuestra iglesia Catedral del Espinal. Los acompañamos con inmenso afecto, llenos de alegría por la bendición que Dios concede a nuestra querida diócesis con motivo de su ordenación.

Las lecturas que hemos escuchado iluminan y llenan de sentido nuestra celebración. Del profeta Ezequiel (3,13-21) escuchamos que el que lo envía tiene poder para sostenerlo. Por dulce que sea el retiro, la meditación y la comunión con Dios, el siervo del Señor debe prepararse para servir a su generación.

El Señor dijo al profeta que lo había nombrado como centinela de la casa de Israel. Si se le advierte al impío no se nos cargará su destrucción. No solo tenemos que alentar y consolar a los que parecen ser justos, sino advertirles porque muchos se han vuelto altivos y seguros, han caído y hasta muerto en sus pecados.

El centinela, o el atalaya, tenían una responsabilidad y por lo tanto debía tener una buena visibilidad. Tenía que ser capaz de distinguir al enemigo en la oscuridad. Hoy en día podemos decir que el ministro cristiano ha de ser el centinela, el atalaya de su comunidad. Tendría que ser capaz de advertir a tiempo sobre el peligro. Es decir, que es responsable de comunicar esa clase de mensaje.

Escuchamos en los Hechos de los Apóstoles (6,1-7) que siete hombres tuvieron que ser nombrados diáconos, debido a la crisis que se había presentado. Hombres de buen testimonio, llenos del Espíritu Santo y de sabiduría. Los apóstoles vieron que este proceder era importante para ellos poder dedicarse más a la oración y al ministerio de la Palabra de Dios.
Está claro que el cargo de diácono requiere espiritualidad, sabiduría y oración. Estos hombres tenían que ser hombres de reconocido prestigio. Su conducta tenía que ser intachable. Hombres llenos del Espíritu Santo. Debían estar controlados por el Espíritu Santo. Además, debían ser hombres llenos de sabiduría. Debían ser espirituales y capaces de realizar una aplicación de la verdad espiritual a la vida práctica. Eso era de suma importancia.

En el Evangelio de San Lucas (10,1-9) escuchamos que el Señor envió 70 discípulos que debían preparar el camino para el ministerio de Jesús.
Hoy se oye con bastante frecuencia la frase de “rogad al Señor de la mies que envíe obreros a su mies” como si el Señor estuviera contemplando solamente el mundo preparado para la cosecha, y nuestra misión fuese la de ocuparnos solamente en recogerla. Hermanos diáconos, sacerdotes, y laicos todos, no olvidemos que nuestra responsabilidad y ocupación es también sembrar la semilla, que es la Palabra de Dios. Y esta es tarea de cada cristiano. Es nuestro compromiso, es nuestra misión.

También el Señor Jesús advirtió a los discípulos que podrían esperar dificultades y peligro serían como “corderos en medio de lobos”. Debían viajar ligeros de equipaje y no desperdiciar tiempo en conversaciones ociosas. Tenían que ser hombres impulsados por un motivo supremo preparar los corazones de las personas para cuando Cristo llegase personalmente.
La tarea no es fácil, nosotros también estamos llamados a seguir las instrucciones de nuestro Maestro. En el camino se encuentran dificultades que pueden ser superadas con la fuerza de la oración, con la práctica de virtudes cristianas y sacerdotales, con el apoyo permanente de la Palabra de Dios y de la práctica de los sacramentos, especialmente de la penitencia y de la eucaristía. Todos somos invitados a estar vigilantes, a cuidar nuestra vocación, entendiendo que ser diácono, ser sacerdote no es un privilegio de tipo personal sino un don de Dios para la Iglesia.

Quiero, ahora recordar algunos aspectos que se recomienda tener presentes en esta predicación.

La base de la Ordenación sagrada es que quienes reciben la ordenación son instituidos en el nombre de Cristo y reciben el don del Espíritu Santo para servir a la Iglesia con la palabra y la gracia. Misión que brota del mismo Cristo enviado por el Padre (Jn 10, 36); y este ministerio eclesiástico es instituido por Dios, se ejerce en los diversos órdenes y desde la antigüedad ha recibido el nombre de Obispo, Presbítero y Diácono.

Los Obispos, definidos según LG 26, son aquéllos que están cualificados por la plenitud del sacramento del Orden. En la ordenación reciben el Espíritu Santo, son hechos verdaderos y auténticos maestros de la fe, pontífices y pastores, están capacitados para presidir la grey del Señor en la persona de Cristo Cabeza.

Los presbíteros son presentados como quienes, aunque no tengan la plenitud del sacerdocio, dependen de los Obispos en el ejercicio de su poder, aunque están vinculados a ellos en el honor del sacerdocio.
Por el sacramento del Orden quedan consagrados como verdaderos sacerdotes de la Nueva Alianza a imagen de Cristo, para anunciar el Evangelio, dirigir a los fieles y celebrar el culto divino.

A los Diáconos, se les imponen las manos para realizar un servicio. Con la gracia y en comunión con el Obispo y los presbíteros, están al servicio del Pueblo de Dios en el ministerio de la liturgia, de la palabra y de la caridad (LG 29).

La única forma de conferir la Ordenación sagrada es por la imposición de manos del Obispo y la plegaria de Ordenación, pues con ella se bendice a Dios y se invoca el don del Espíritu Santo para poder cumplir con el ministerio conferido.

Por lo tanto, por la imposición de las manos y la plegaria de Ordenación, se confiere el don del Espíritu Santo y se imprime el carácter sagrado, cada uno a su modo (Obispos, presbíteros, diáconos). De esta manera quedan configurados con Cristo.

Así pues, queridos Robinson y Fredy que dentro de poco serán ordenados diáconos, les recuerdo como aspectos importantes desde su ordenación, que los diáconos se ordenan mediante la imposición de las manos heredada de los apóstoles, para desempeñar su ministerio por la gracia sacramental, ese rito lo celebramos hoy con Uds. Tengan en cuenta que son funciones propias del diácono

Celebrar solemnemente el Bautismo
Reservar y distribuir la Eucaristía
Asistir al Matrimonio y bendecirlo en nombre de la Iglesia
Llevar el Viático a los moribundos
Leer la Sagrada Escritura a los fieles, instruir y exhortar
Administrar los sacramentales
Presidir el rito de los funerales y la sepultura

Estar dedicados a los oficios de la caridad y de la administración
Es también importante tener siempre presente que por la ordenación de diácono se obtiene la incorporación al estado clerical y la incardinación a una diócesis. En este caso a nuestra Iglesia particular del Espinal. Hay que tener siempre presente que por la libre aceptación del celibato ante la Iglesia, los candidatos al diaconado se consagran a Cristo de un modo nuevo. Se les encomienda la función de la alabanza divina con la celebración de la Liturgia de las Horas, y la oración por el pueblo de Dios y por todos los hombres. Los diáconos tengan por raíz y cimiento la fe. Muéstrense sin mancha e irreprochables ante Dios y ante los hombres, según conviene a ministros de Cristo y dispensadores de los santos misterios.

Estos elementos recordados son compromisos que se adquieren en actitud libre y consciente tal como lo señalan las recomendaciones de la Iglesia Católica, Apostólica y Romana.

También a Uds. queridos Aquileo, Christian y Henry que dentro de poco serán ordenados sacerdotes, les recuerdo algunos aspectos importantes.
La Ordenación confiere a los presbíteros el sacramento que mediante la unción del Espíritu Santo, marca a los sacerdotes con un carácter especial, así se identifican con Cristo sacerdote y actúan como representantes de Cristo Cabeza.

Los presbíteros tienen parte en el sacerdocio y en la misión del Obispo, como cooperadores del Orden episcopal, llamados a servir al Pueblo de Dios y formar un único presbiterio. Son funciones principales del presbítero:
Anunciar a todos la Palabra divina
Presidir la asamblea eucarística
Ejercer el ministerio de reconciliación y alivio a favor de los penitentes y enfermos
Presentar a Dios las necesidades y súplicas de los fieles
Ejercer el oficio de Cristo, Pastor y Cabeza
Afanarse en la palabra y en la enseñanza de la misma.
Tanto diáconos como presbíteros hacen compromiso de obediencia al Obispo y a sus sucesores, esto no es retórica es una realidad, un compromiso que también se asume en espíritu libre y humilde, para cumplir de verdad todos los días de su vida.
Les recuerdo que servirán a Cristo Supremo Maestro, sacerdote y Pastor, por quien su Cuerpo, esto es, la Iglesia se va edificando sin cesar aquí en la tierra como Pueblo de Dios y Templo del Espíritu Santo. Unidos al sacerdocio de los Obispos presbíteros y diáconos quedarán consagrados para anunciar el Evangelio, para santificar y apacentar el Pueblo de Dios y celebrar el culto divino, principalmente en el sacrificio del Señor. Con el auxilio del Señor deben trabajar de tal modo que se reconozca en Uds. a los verdaderos discípulos de aquél que no vino para que le sirvieran sino para servir. Trabajar en el espíritu de la Nueva evangelización según el Nuevo Plan de pastoral diocesano, los llamo a asumirlo como tarea misionera con carácter prioritario, como todos los sacerdotes de nuestra diócesis lo están haciendo.
Ahora parodiando unas palabras del Papa Pablo VI en una misa de ordenaciones me dirijo al Padre diciéndole: Mira, Señor; estos nuevos sacerdotes, estos nuevos diáconos harán propia la divisa, la consigna de ser embajadores tuyos, tus heraldos, tus ministros en esta tierra bendita de nuestra querida Diócesis del Espinal.

Tú, Señor, los llamaste, Tú los has revestido ahora de la gracia, de los carismas, de los poderes de la ordenación, sacerdotal en unos y diaconal en otros. Haz, que todos sean siempre ministros fieles tuyos.

Te suplicamos, Señor, que, mediante su ministerio y su ejemplo, se conserve la fe católica en esta región del Sur del departamento del Tolima; se encienda con nueva luz y resplandezca en la caridad operante y generosa; Te pedimos que su testimonio haga eco al de sus Obispos y robustezca el de sus hermanos, a fin de que todos sepan alimentar la verdadera vida cristiana en el Pueblo de Dios; que tengan la lucidez y la valentía del Espíritu para promover la justicia social, para amar y defender a los Pobres, para servir con la fuerza del amor evangélico y con la sabiduría de la Iglesia, madre y maestra, a las necesidades de la sociedad moderna; y, finalmente, Te suplicamos que, ellos busquen y gusten en el misterio eucarístico la plenitud de su vida espiritual y la fecundidad de su ministerio pastoral. ¡Te lo pedimos! ¡Escúchanos, Señor!
Los encomendamos a la protección maternal de la Santísima Virgen María bajo las advocaciones de Nuestra Señora del Rosario Patrona de Nuestra diócesis y Nuestra Señora del Carmen de Apicalá Patrona de la Provincia Eclesiástica del Tolima grande. Los encomendamos a la intercesión de nuestro amado padre San José y del Santo cura de Ars patrono de todos los sacerdotes cuya memoria hoy estamos celebrando. ¡Te lo pedimos! ¡Escúchanos Señor!

+Mons. Orlando Roa Barbosa
Obispo de la diócesis del Espinal

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