EN LA VIDA Y EN LA MUERTE SOMOS DEL SEÑOR

Hay dos eventos que determinan nuestra existencia, sobre los cuales no tenemos el control, ellos son el momento en el que nacemos y el momento en el que morimos. Nos preparamos para triunfar, para progresar, para vivir y nos asusta o entristece saber que un día moriremos, es una fecha que queremos siempre post-poner. Fuimos creados por Dios para ser, teniendo en cuenta que el ser es bueno, verdadero y bello, pero fuimos creados al menos en lo que respecta a lo físico con caducidad, nuestra peregrinación por este mundo se termina aun si no lo entendemos o no lo aceptamos.

Todos en algún momento enfrentamos o enfrentaremos eventos de salud fuertes, que nos llevan a pensar en el desenlace de nuestra vida. Algunas dolencias son pasajeras, otras nos acompañan mucho tiempo, algunas enfermedades son para ayudarnos a pensar en Dios y su permanencia nos llevan a preservarnos del mal y llevarnos a la Santidad, algunas enfermedades nos preparan para la buena muerte.

En el testimonio escrito de un sacerdote exitoso que enfermó de algo muy grave y que lo acompañaría de por vida, leí que pensó mucho en cómo enfrentar la enfermedad, pensó que este sería el final de su vida, narra él El estar muriendo te hace pensar que no eres valioso, en un sentido físico y biológico, era una humillación que tenía que aceptar. La acepté, y desde ese momento las puertas de una libertad espiritual que nunca había conocido antes se abrieron. Pero lo que realmente hizo la diferencia para mí, fue un pasaje de una carta de san Pablo a los romanos: “En realidad ninguno de nosotros vive para sí mismo, ni muere para sí mismo. Si vivimos, vivimos para el Señor, y si morimos, morimos para el Señor. Y tanto en la vida como en la muerte pertenecemos al Señor” (14:7-8).

La doble realidad entre la vida y la muerte ya no existía: tanto en la vida como en la muerte “pertenecemos al Señor”. Esto se convirtió en la única verdad para mí. Es exactamente esta paz de corazón la que le permite a uno ser tan feliz vivo o muerto. Feliz de vivir porque vivo por él, feliz de morir porque muero por el señor. Pienso que no puede haber paz interior más grande, es tan magnífica que fue necesario para Jesús morir y resucitar para lograrla: “Porque Cristo para esto murió y resucitó, (y volvió a vivir) para ser Señor así de los muertos como de los que viven” (Romanos 14:9).

A quienes están enfermos y se sienten abatidos, los animo a vivir para Cristo, con libertad, sin martirizarse por hacer tienda de campaña permanente. A quienes gozan de salud, los invito a ser buenos samaritanos del que sufre el dolor de la enfermedad, a ser como San Camilo de Lelis, como el Padre Pio de Pietrelcina y como otros tantos que han dedicado su vida a estar cerca de los que sufren los dolores de la enfermedad.

No juzguemos al enfermo, cualquiera que sea la enfermedad que tenga, pues la enfermedad es para asumirla no para enfrentar un juicio. Les invito a visitar al enfermo teniendo en cuenta que al perder este la independencia, se convierte en un asistido. Los proyectos se desmoronan como un castillo de naipes. El abandono del trabajo, la exclusión de la vida social. Se entra entonces en un mundo nuevo. El cuerpo se convierte en un extraño. Él es el que dicta su ley incomprensible e insoportable. Se experimenta el peso de la dependencia de los tratamientos y de los cuidadores o a veces en el peor de los casos la soledad y el abandono y muchas veces ni un remedio para el dolor.

Estar enfermo significa aguantar las visitas de la familia y de los amigos, sin defensa posible, incluso en los días de mayor cansancio. La experiencia de la enfermedad revela la profundidad fundamental de toda vida humana. El éxito y la desbordante actividad se relativizan, de pronto, ante lo esencial: ¡Vivir! El hombre toca los límites de la carne y del espíritu. Solo ante lo desconocido, la angustia se esconde detrás de su puerta. Las preguntas religiosas, durante tanto tiempo escondidas, afloran a veces a la superficie: ¿Para qué sirve la vida? ¿Para llegar a esto? ¿Por qué y por quién sufrir? ¿Me habrá señalado Dios una cita con Él?. Al igual que de cualquier otra prueba, también de la prueba de la enfermedad, se pueden sacar enseñanzas: ¿y si esta enfermedad fuese una señal de alarma que me invita a cambiar algo en mi manera de vivir? ¿Este retiro forzoso no puede convertirse en una ocasión para tomar distancia y revisar mis prioridades? Y, a veces, se descubre otro rostro de Dios que cambia nuestra manera de estar en el mundo y de relacionarse con los demás.

La realidad de la enfermedad plantea también tareas para la Iglesia. al enfermo hay que visitarlo, hay que ayudarlo con amor y decisión, para ayudar a un enfermo realmente se debe tener respeto por el otro y amor por Cristo que sufre en los que sufren. Esa expresión PADRE, NO ME QUIERO MORIR, AYUDAME POR FAVOR QUE QUIERO VIVIR, la hemos escuchado sin duda los sacerdotes, la escuchan los que cuidan enfermos, la escuchan quienes visitan al enfermo. Nosotros como ayudantes del enfermo no nos corresponde añadirle ni quitarle tiempo a la vida de nadie, nos basta estar ahí, amar y servir, y cuando sea nuestro turno, saber que en todo momento somos del Señor, a él le pertenecemos, fuimos comprados a precio de su sangre derramada en la Cruz.

Invito a los párrocos y a los fieles para que por favor reactivemos el comité parroquial de Pastoral de la Salud, a que socorramos con la asistencia espiritual a los enfermos, se les confiese, se les lleve la Eucaristía, se les ayude a vivir cristianamente el momento de la enfermedad y por sobre todo en algún modo seamos cuidadores de quien ha perdido la salud.

Antonio Devia Mendez. Pbro.
Delegado De La Pastoral De La Salud

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