JORNADA MUNDIAL DE ORACIÓN POR LA VIDA CONSAGRADA.

Cada año, el 2 de febrero, a luz de la celebración de la presentación del Señor, la Iglesia celebra la jornada mundial de oración por la vida consagrada, una jornada que instituyó el papa san Juan Pablo II en el año de 1997.
La presentación del Señor es un acontecimiento de la vida de Jesús que nos narra san Lucas en el capítulo 2, versículos 22 al 40 y que meditamos con frecuencia, sobre todo cuando rezamos los misterios de gozo en el santo Rosario (corresponde al 4º misterio gozoso). En este contexto de la jornada de oración por la vida consagrada dicho pasaje resulta rico en elementos que hacen referencia a tal estilo de vida.
La Iglesia en su lenguaje llama “vida consagrada” a todos los que mediante la emisión de votos se comprometen con Dios a vivir en pobreza, castidad y obediencia, y que son también conocidos como religiosos o religiosas. Sin embargo, todo bautizado, sobre todo quien ya hizo su confirmación, puede ser considerado consagrado. Se puede afirmar que un consagrado es todo aquel que, libremente, se compromete con Dios a vivir su vida según sus exigencias y sus mandatos. Es muy importante tomar conciencia de la libertad como condición para vivir una vida auténticamente de consagración; al hablar de libertad se está diciendo implícitamente que se trata de una decisión personal que cada uno toma y asume, por su propia voluntad. Por lo tanto, aunque el bautismo puede ser considerado como nuestra primera consagración, es definitivamente, en el sacramento de la confirmación cuando se puede hablar de una real consagración, en cuanto que es en este momento en que cada bautizado, confirma, esto es, acepta, libremente (se espera que sea así y ojalá que la catequesis de este sacramento ayude a la persona a tomar conciencia de ello), la fe que sus padres y padrinos pidieron para él, el día del bautismo. Si todo lo anterior es cierto, puede decirse, entonces, que una jornada por la vida consagrada es, no solamente para los religiosos, sino para todo bautizado que ha decido vivir con autenticidad su vida de discípulo y de creyente.
En sintonía con lo dicho en el párrafo anterior, la contemplación de la escena de la presentación del Señor, como una escena rica en elementos para la meditación de la vida consagrada, resulta pertinente para todo creyente y ninguno estaría excluido de dicha oportunidad. De las muchas posibilidades que ofrece el texto, me centraré solamente en los personajes: son, todos ellos, expresiones diversas de algunos elementos o características esenciales de la vida consagradas.
En la escena encontramos, primero que todo a María y José que van al templo, 40 días después del nacimiento de Jesús, a cumplir con el precepto de la ley mosaica: la purificación de la madre y la presentación y consagración de su primogénito (primer hijo varón). Todos ellos pueden ser considerados consagrados: María, la mujer que dijo sí a la petición de Dios y se declaró su esclava; José, el hombre justo que quiso repudiar a su mujer en secreto y luego aceptó ser el padre adoptivo de un niño que no era, humanamente hablando, su propio hijo, y; Jesús, el Hijo único de Dios, el que luego sería el Ungido, dispuesto a cumplir fielmente la misión que le encomendó su Padre. Cada uno de ellos expresa un consejo evangélico: en María podemos contemplar la pobreza, en José la castidad y en Jesús la obediencia. María es pobre porque, solo tiene a Dios en su vida como su único y más valioso tesoro. José es casto porque fue capaz de ver en María el misterio divino que cada ser humano esconde en sí. Jesús es obediente porque fue capaz de ir hasta las últimas consecuencias para cumplir la misión que se le encomendó.
En la escena encontramos dos personajes más: Simeón y Ana. Del primero, afirma san Lucas, que esperaba que Dios trajera el consuelo a Israel y el Espíritu Santo le había prometido que no moriría sin ver al Ungido del Señor. Del segundo, dice que no se apartaba del templo y servía a Dios, día y noche con ayunos. Como con los personajes anteriores, también, en estos descubrimos valores fundamentales para los consagrados: en el primero encontramos la esperanza, en el segundo la fidelidad.
Simeón vive un valor fundamental para todo consagrado: la esperanza. Contrario a la incertidumbre, que es propia de quien no cree, la esperanza es un distintivo de quien vive su vida procurando agradar en todo a Dios: el presente, por oscuro, doloroso y difícil que sea no le roba la paz y la tranquilidad al consagrado porque tiene la certeza que Dios lo puede transformar todo; que mañana será mejor, que la salvación está cerca. Ana por su parte expresa la fidelidad. ¡Qué difícil, resulta a veces, para los consagrados, permanecer fieles a su consagración, día y noche, sirviendo a Dios! En la contemplación de la profetisa Ana, encuentran los consagrados una provocación para vivir fielmente el compromiso que un día hicieron ante Dios.
Que la contemplación de la escena de la presentación del Señor, nos anime a todos, consagrados por la emisión de los votos o en virtud de la confirmación, vivir cada día, en pobreza, castidad, obediencias, fidelidad y esperanza.

John Jairo Valencia Marín. Pbro.
Congregación de la Misión.
Rector. Seminario Mayor La Providencia.

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