12 de mayo IV domingo de Pascua

HECHOS 13:14,43-52:
La unción del espíritu de Dios, en Pablo y Bernabé, les permitió persuadir a muchos cristianos a que perseveraran fieles a la gracia de Dios, en la escucha de la palabra y en la fracción del pan. Por su parte, Pablo sentía que Dios lo envía primero a anunciar el Evangelio a los Gentiles. Pablo decía: “Pues así nos lo ordenó el Señor: Te he puesto como la luz de los gentiles, para que lleves la salvación hasta el fin de la tierra”. “Al oír esto los gentiles se alegraron y se pusieron a glorificar la Palabra del Señor; y creyeron cuantos estaban destinados a una vida eterna. Y la Palabra del Señor se difundía por toda la región”.
Pidámosle al Señor nos dé su gracia de amar su palabra, vivirla en el corazón y anunciarla a los demás, con la certeza, que cada vez que le pidamos al Señor, él nos escucha.

SALMO 100:
El salmista nos invita a servir al Señor con alegría y jubilo, porque él es nuestro Dios, porque es bueno, porque su amor es eterno y porque nos ha creado a su imagen y semejanza. Que todos los días sepamos agradecer a Dios desde el fondo del corazón.

APOCALIPSIS 7:9,14-17: En su visión, Juan “miraba una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda nación, razas, pueblos y lenguas, de pie delante del trono y el Cordero, vestidos con vestiduras blancas y con palmas en sus manos”. Él tuvo la gracia de contemplar cómo la sangre de Cristo purificaba a todo hombre que abría su corazón al arrepentimiento, quedando libre de todo pecado y tribulación, quedando con un corazón puro y dispuesto a dar siempre honra y gloria a Dios y librándolos de todo mal. Así lo dice el texto: “Ya no tendrán hambre ni sed; ya nos les molestará el sol ni bochorno alguno. Porque el Cordero que está en medio del trono los apacentará y los guiará a los manantiales de las aguas de la vida. Y Dios enjugará toda lágrima de sus ojos”.
Abramos el corazón al Señor y él se encargará de lo demás.

EVANGELIO DE JUAN 10:27-30:
El seguimiento a Cristo, crea lazos de conocimiento y de pertenencia, así lo vemos en el Evangelio cuando dice: “Mis ovejas escuchan mi voz; yo las conozco y ellas mi siguen. Yo les doy vida eterna y no perecerán jamás, y nadie las arrebatará de mi mano. El Padre, que me las ha dado, es más grande que todos, y nadie puede arrebatar nada de la mano del Padre. Yo y el Padre somos uno”.

Que nuestra intimidad con Cristo sea tan fuerte, que nadie ni nada nos separe de su amor, pero para ello debemos ser de Eucaristía, ojalá diaria, visita al Santísimo, rezo del Santo Rosario y asiduos lectores reflexivos de la palabra de Dios.

Be the first to comment

Leave a Reply

Tu dirección de correo no será publicada.


*