5 de mayo III domingo de Pascua

HECHOS 5:27-32,40.41:

La invitación, en este tercer domingo de Pascua es a evangelizar, sin miedo ni temor a ejemplo de la primera comunidad Cristiana, que a pesar de los azotes, cárceles persecuciones, convencidos de lo que hacían, continuaban a delante, así nos lo indica esta primera lectura: “El Sumo Sacerdote les interrogó y les dijo: Os prohibimos severamente enseñar en ese nombre, y sin embargo vosotros habéis llenado Jerusalén con vuestra doctrina y queréis hacer recaer sobre nosotros la sangre de ese hombre. Pedro y los apóstoles contestaron: Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres”.

Ante las dificultades para Evangelizar, debemos responder como Pedro: “Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres”. De esta manera seremos testigos del amor de Dios.

SALMO 30:2,4-6:

Parte de nuestra oración ha de estar encaminada a dar gracias al Señor, a ensalzar su nombre, porque él nos ha librado de nuestros enemigos, no ha permitido que nos derrumbe, que nos quite la paz. Que digamos con el Salmista: “Me has quitado el sayal y me has ceñido de alegría; mi corazón por eso te salmodiará sin tregua; Yahveh, Dios mío, te alabaré por siempre”.

APOCALIPSIS 5:11-14:

El texto nos habla de la visión que tuvo Juan, donde escuchaba multitud de Ángeles que decían: “Digno es el Cordero degollado de recibir el poder, la riqueza, la sabiduría, la fuerza, el honor, la gloria y la alabanza. Y toda criatura, del cielo, de la tierra, de debajo de la tierra y del mar, y todo lo que hay en ellos, oí que respondían: Al que está sentado en el trono y al Cordero, alabanza, honor, gloria y potencia por los siglos de los siglos. Y los cuatro Vivientes decían: «Amén»; y los Ancianos se postraron para adorar. Que nosotros, a través de la oración entendamos que debemos, postrados, alabar al Señor por su grandeza.

EVANGELIO DE JUAN 21:1-19:

El evangelio de hoy está cargado de un sin número de mensajes que permite reflexionar en la grandeza de Cristo Resucitado, fortaleciendo nuestra fe y haciéndonos más cercanos a su presencia. En texto deja entrever que era la tercera vez que Cristo Resucitado se les aparece y en esta ocasión, a la orilla del mar de Tiberíades, donde llevaban toda la noche pescando sin tener ningún resultado, pero basto la palabra de Jesús: “Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis”. “La echaron, pues, y ya no podían arrastrarla por la abundancia de peces”. “El discípulo a quien Jesús amaba dice entonces a Pedro: “Es el Señor, se puso el vestido – pues estaba desnudo – y se lanzó al mar”.

Díceles Jesús: “Traed algunos de los peces que acabáis de pescar y venid y comed”. “Entonces Jesús, toma el pan y se lo da; y de igual modo el pez”.

Después de haber comido, dice Jesús a Simón Pedro: “Simón de Juan, ¿me amas más que éstos? Le dice él: Sí, Señor, tú sabes que te quiero. Le dice Jesús: Apacienta mis corderos. Vuelve a decirle por segunda vez: Simón de Juan, ¿me amas? Le dice él: Sí, Señor, tú sabes que te quiero. Le dice Jesús: Apacienta mis ovejas. Le dice por tercera vez: Simón de Juan, ¿me quieres? Se entristeció Pedro de que le preguntase por tercera vez: ¿Me quieres? y le dijo: Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te quiero. Le dice Jesús: Apacienta mis ovejas.

Es importante destacar que la interrogación de Jesús a Pedro por tres veces, ¿me amas?, seguido de apacienta mis ovejas, es una sanación interior que Jesús realiza en Pedro, porque fueron tres veces las negaciones. Pidámosle al Señor, que, así como sano a Pedro, nos sane también a nosotros.

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