Todo creyente debe ir a Emaús.

El bautizado que decide asumir con responsabilidad su fe, debe, necesariamente, ir a Emaús. Es tiempo de pascua y la Iglesia se viste de fiesta, de alegría. Celebramos el gozo y la esperanza que nos da la certeza de la resurrección del Señor. La muerte no tiene la última palabra, Cristo ha triunfado sobre ella. Creemos y seguimos a un Cristo, vivo, resucitado y presente en medio de nosotros, en medio de la historia.


Frente a la celebración festiva que la Iglesia hace de la resurrección del Señor durante los días de pascua, siempre queda la pregunta: ¿somos real y suficientemente consientes todos los creyentes de la grandeza, la belleza y la profundidad del misterio que se celebra? Es más, ¿estamos suficientemente convencidos que Él resucitó y que está vivo, presente en el hoy de nuestras vidas y que actúa e interviene en la historia? En otras palabras, ¿somos en verdad testigo de la resurrección de Jesús? Se es testigo de lo que se ha visto o presenciado, ¿he visto y presenciado que Él resucitó y está vivo? O, ¿sigo repitiendo lo que aprendí en la casa, en la catequesis o lo que escucho de los sacerdotes en sus predicaciones?
Estas preguntas plantean un problema fundamental para la vida de todo creyente: El encuentro con el resucitado. Definitivamente, no se podrá ser testigo de la resurrección del Señor hasta que cada creyente no tenga esa experiencia, única y personal. Mientras esto no acontezca, estaremos repitiendo lo que hemos escuchado de otros. Y por lo tanto la fe no será nada más que un conjunto de normas o preceptos por cumplir, o simplemente, un conjunto de afirmaciones, abstractas y complejas que los intelectuales de la fe suelen llamar dogmas y/o en el peor de los casos, un conjunto de ritos supersticiosos que ofrecen seguridad y dan paz personal.
Uno de los pasajes evangélicos de la resurrección de Jesús que se medita durante el tiempo de pascua es el conocido relato de los discípulos de Emaús (Lc 24, 13 – 35). Dos discípulos, uno de ellos llamado Cleofás, que regresan de Jerusalén a Emaús, frustrados y tristes por la muerte de Jesús. Van hablando del asunto por el camino, cuando el mismo Jesús en persona se les acerca y empieza a caminar y a dialogar con ellos. A la luz de la palabra de Dios les explica todo lo relacionado con Él y lo acontecido. Al llegar a su destino, Él hace ademan de seguir y es invitado a quedarse en casa esa noche. Y entonces, allí, en la privacidad de esa comunidad doméstica, Jesús toma el pan, lo bendice, lo parte y lo se los da. Inmediatamente se les abren los ojos y lo reconocen. Entonces dichos discípulos regresan a Jerusalén para también ellos dar testimonio de la resurrección del Señor.


Dicen los comentaristas, que el hecho que san Lucas no identifique el segundo discípulo y sólo nos cuente el nombre de uno de ellos es para provocar en el lector del relato una identificación. El otro discípulo puede ser usted, puedo ser yo… es todo aquel que lea el evangelio. Por otra parte da a entender que la experiencia del resucitado no se vive en la quietud de la soledad personal e íntima sino en el caminar de la comunidad, en la interacción y el andar espiritual en compañía de otros.


Dos momentos marcan el desarrollo del relato: la explicación de la Palabra de Dios y la fracción del pan. Ambos momentos los tenemos presente en la Eucaristía, donde además de escuchar la Sagrada Escritura y la predicación del sacerdote participamos de la fracción del pan al recibir la sagrada comunión. Estos dos momentos nos señalan ya una pista para el encuentro con el resucitado: la lectura, meditación y oración frecuente de la Palabra de Dios y la disponibilidad para la Eucaristía, disponibilidad no sólo para asistir dominicalmente, sino para además comulgar y permanecer en actitud de contemplación y adoración a Jesús presente en el pan y el vino consagrados.


Este relato, nos lleva entonces, a la conclusión que para poder ser testigos de la resurrección del Señor, debemos tener ese encuentro personal con Él. Un encuentro que se da: caminando con la comunidad, escuchando la Palabra de Dios y frecuentando la Eucaristía. En otras palabras, un encuentro que se da si estoy dispuesto a hacer el camino de Emaús. Como los dos discípulos del evangelio todo creyente debe hacer este mismo camino: caminar en una comunidad de fe, permitir que Jesús camine a su lado, escuchar su palabra, y reconocerle en la fracción del pan. Hecho este recorrido podrá volver a Jerusalén para contar a los demás su propio testimonio del resucitado.

Jhon Jairo Valencia Marín. Pbro. Rector del Seminario Mayor La Providencia

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