Editorial

Ordenaciones Sacerdotales de los Pbros. Fredy Andrés Sánchez Viuche y Robinson Betancourt en la Catedral Nuestra Señora del Rosario -Espinal

Un saludo especial para los monseñores y sacerdotes que nos acompañan en esta celebración; para las religiosas, los religiosos; para los formadores y estudiantes del Seminario Mayor La Providencia; Para Uds. queridos hijos Freddy Sánchez V. y Robinson Bentacourth, para sus padres y familia en general; para sus amigos e invitados especiales; para los benefactores del Seminario, para quienes vinieron desde Lozanía y circunvecinos, Arada, Dolores y sus alrededores y para todos Uds. muy amados hermanos en el Señor Jesús.

Quiero en primer lugar referirme a la Palabra de Dios que ilumina nuestra celebración. En los Hechos de los apóstoles, escuchamos que Pedro y los demás discípulos fueron transformados por sus encuentros con Cristo resucitado. Los discípulos llenos del Espíritu Santo tienen la sabiduría, la luz y la fuerza para entregarse efectivamente a la misión. Con razón dice el texto que ese día se unieron a ellos como tres mil personas.
Recordemos que también nosotros hoy somos llamados a dejarnos transformar por el encuentro con Cristo resucitado, de tal manera que llenos del Espíritu Santo vayamos con actitud confiada a ser testimonio vivo del Señor Jesús.

Los recién ordenados sacerdotes y todos los ordenados tenemos el compromiso de llevar el mensaje que el Señor ha puesto en nuestras manos. Esta tarea nos corresponde y compromete a todos. Valga la pena recordar el compromiso de impulsar, motivar y acompañar las realidades pastorales de nuestras comunidades parroquiales y de manera especial la Nueva Evangelización, según el espíritu de nuestro plan de pastoral, que responde a un tiempo de énfasis kerigmático.

El Salmo 23, es hermoso en todo su contenido. Es un salmo lleno de confianza, donde el autor sagrado expresa la certeza de ser guiado y protegido, puesto al seguro de todo peligro, porque el Señor es su Pastor. Con razón no duda en decir: “El Señor es mi Pastor, nada me falta”. Se trata de dejarse guiar por Dios hacia praderas seguras.
Amados hermanos seguros que el Señor es nuestro pastor, incluso en el desierto, en momentos difíciles de nuestra vida, en momentos de angustias, de desesperación, de desconsuelo, de soledad, de tristeza, de abandono, de cansancio, no dudemos en exclamar confiadamente, como el salmista: «El Señor es mi Pastor nada me falta».

No dejemos de caminar detrás del “Pastor bueno”. Así podemos estar seguros de ir por senderos «justos». Seguros que el Señor nos guía, que está siempre cerca de nosotros y que junto a él nada nos faltará.
También hoy, en sintonía con esta idea del Salmo leímos el versículo de la primera carta de San Pedro que dice: “Cristo, es como un pastor que los cuida y los protege”. De eso podemos estar seguros, por eso confiamos a él nuestra vida con todas las circunstancias positivas y negativas. Con todo lo que nos da satisfacción y con todo aquello que nos causa dolor y sufrimiento. Porque estamos seguros que él nos cuida y nos protege siempre. Todos necesitamos de la protección de Dios. Que él nos guíe por senderos justos y seguros.
En el Evangelio de San Juan (10, 1-10), escuchamos que Jesús es el modelo del verdadero pastor. Él es la puerta por la cual se accede a las ovejas y a través de la cual las ovejas son conducidas a buenos pastos. Él es la puerta de los que lo siguen.

El pastor va a buscar la oveja extraviada. Jesús se compadecía del pueblo porque andaban como ovejas sin pastor. Cristo llamaba a sus discípulos mi pequeño rebaño y dice que cuando hieren al pastor se dispersan las ovejas.
“La palabra Pastor evoca en cada uno de nosotros un deber: el deber de vigilar y cuidar a otros para librarlos de males, el de obrar con los demás con la paciencia que Dios cuida de nosotros. Un deber que es más delicado cuando ocupamos un puesto en la Iglesia de Cristo”: Obispo, vicario parroquial, adscrito a alguna parroquia, párroco, rector, formador, delegado episcopal, catequista, ministro lector, ministro extraordinario para la distribución de la comunión, Seminarista, religiosa, religioso, etc. etc.

También hoy, a partir de este evangelio, nos podemos preguntar: ¿qué significa entrar por la puerta que es Jesús? Muchas respuestas se sugieren a este interrogante, por ejemplo: Esto significa acercarse más a Jesús resucitado, fiarse de él, conocerlo más, amarlo, seguirlo, imitarlo, dejarse guiar por su mensaje y responder efectivamente y con generosidad a la llamada del Maestro para ser fieles discípulos suyos.
Hermanos, Jesús como Buen Pastor nos conoce siempre… No sobra preguntar ¿Lo conoces tú?, él que viene a nosotros como puerta por donde se puede salir y entrar nos hace preguntar: ¿Te dejas conducir por Jesús Buen Pastor cuando te relacionas con los demás? ¿Tú, Obispo, sacerdote, religiosa, religioso, laico, eres en tu familia, en tu comunidad, una puerta no para encerrarte, sino para permanecer abierto a la comunión fraterna y dejar pasar el amor y la confianza? Jesús, como buen pastor no vino a adoptar actitudes egoístas, ni a encerrarse en sí mismo, tampoco vino a buscar dineros, ni honores, ni altos puestos, ni vida cómoda, sino a dar su vida para librar a su rebaño de los enemigos que lo acosan tarde y mañana todos los días de su vida.

No hay duda que nos cae muy oportuna esta palabra de Dios cuando estamos cerca de celebrar la fiesta del Buen Pastor; para que pensemos y meditemos seriamente en lo que significa Jesús Buen Pastor y lo que significa que nosotros somos discípulos de Cristo Buen Pastor.
Muy amados hermanos, consideremos, ahora como en un segundo momento de nuestra meditación, que llenos de alegría, nos hemos reunido en la iglesia Catedral del Espinal para acompañar a estos hermanos nuestros que hoy reciben su ordenación sacerdotal. Robinson y Fredy, compartimos con Uds. el gozo espiritual que les embarga. Uds. son los sacerdotes de las bodas de Plata de nuestro Seminario Mayor. Sabemos de sobra que muchos sacerdotes que están ejerciendo el ministerio en el perímetro de nuestra iglesia diocesana han recibido formación en esta querida institución, hecho que nos llena de sano orgullo y satisfacción. Pero más que todo, nos lleva a elevar una plegaria de acción de gracias a Dios en nombre de quienes hacemos parte de esta querida iglesia particular.

Hoy nuestra oración nos compromete a decir gracias a Dios por todas las personas que han tenido que ver muy de cerca con la existencia del Seminario Mayor La Providencia. Me refiero a Obispos, sacerdotes, rectores, formadores, benefactores, empleados, religiosas, religiosos, laicos en general que han puesto su granito de arena en la consolidación de esta casa de formación sacerdotal. Al mismo tiempo que damos gracias a Dios, pedimos para todos bendiciones, muchas bendiciones de nuestro Padre Celestial. Gracias por los sacerdotes que allí recibieron su formación inicial. Gracias por quienes estudiaron allí y no terminaron porque era otro su proyecto de vida, de alguna manera se beneficiaron en formación humana y cristiana. Pedimos perdón, a Dios, por las deficiencias ocurridas en estos veinticinco años de historia, somos consciente que no somos perfectos y por lo tanto, no faltan los defectos y situaciones negativas. Pedimos perdón de corazón.

En manos de Dios ponemos también hoy, nuestras peticiones en pro del Obispo diocesano y de nuestro presbiterio, Dios todopoderoso nos proteja siempre, nos libre de las asechanzas del espíritu del mal, y no permita que nos separemos de su bondad y misericordia infinitas. Que todos seamos entregados a la vocación que hemos recibido con alegría inmensa, con gran generosidad, con celo apostólico, con perseverancia hasta la meta final.
Pedimos por nuestro Seminario Mayor, por los jóvenes que están actualmente, para que perseveren en la respuesta a la llamada que han recibido del Señor; que no desfallezcan en medio de las dificultades que puedan encontrar en su caminar vocacional; que no sucumban ante las tentaciones del maligno y puedan superar en la presencia de Dios y con la ayuda de nuestra Señora La Santísima siempre Virgen María y San José, todas las dificultades habidas y por haber.

Pedimos por los formadores de nuestro Seminario Mayor, para que Dios Nuestro Padre les siga bendiciendo con su presencia, les ilumine siempre con la luz del Espíritu Santo para que sean siervos fieles al servicio de la formación de los futuros ministros de nuestra Iglesia particular del Espinal. Pedimos por los niños y jóvenes de nuestras parroquias para que en ellos germine la semilla de la vocación religiosa y sacerdotal. Que muchos escuchen con atención la llamada del Señor, y en un tiempo no muy lejano vengan al Seminario Mayor con ánimo ferviente y firme decisión de ser sacerdotes al servicio de esta querida Iglesia particular del Espinal.

Pedimos también por nuestros religiosos, religiosas y feligreses esparcidos por todo el territorio diocesano para que no desfallezcan en su compromiso de orar por las vocaciones sacerdotales y religiosas, de modo que se responda efectivamente al mandato del Señor: “La mies es mucha y los obreros son pocos, rogad al dueño de la mies que envíe obreros a su mies”.
Pedimos a La divina Providencia que todos desde nuestra condición de vida, nos comprometamos a trabajar de manera incansable en la promoción de las vocaciones sacerdotales y religiosas. No perdemos la esperanza que de cada parroquia de nuestra diócesis haya uno, dos o más seminaristas, en un futuro no muy lejano. La tarea de esta promoción vocacional le corresponde al Obispo, a cada uno de ustedes mis queridos sacerdotes, a Uds. amadas religiosas, religiosos y muy apreciados feligreses. Pido de corazón al Señor, que no ahorremos esfuerzos en esta tarea vocacional, especialmente en este año de fiesta y de júbilo por las bodas de plata de nuestro Seminario Mayor.

Finalmente, muy queridos hermanos, en las vísperas de la fiesta del Buen pastor y en el contexto de estas ordenaciones sacerdotales quiero, brevemente, recordar la importancia del sacerdocio. “El sacerdote es importante porque es el representante directo de Dios. En él se cumple, más que en los demás la frase de Jesús: “El que a vosotros escucha, a Mí me escucha, y el que a vosotros desprecia, a Mí me desprecia”.
(Tomando unas píldoras de El Evangelio explicado de Eliecer Salesmán y G. Barclay, en el texto frase por frase de pascua a Pentecostés, en el aparte sobre el día de las vocaciones, del cuarto domingo de pascua, me permito recordar que) “El sacerdote tiene grandes poderes: El poder de perdonar. No porque sea santo, sino porque recibió tal poder del Señor, que les dijo: “a todo el que perdonéis los pecados queda perdonado”. Por el sacerdote y su ejercicio ministerial se transforma el pan de la hostia en cuerpo de Jesús. Milagro enorme que no comprendemos, pero que es digno de toda admiración. El sacerdote ofrece por todos el santo sacrificio de la Misa, bautiza, unge a los enfermos, presencia el matrimonio… sacramentos todos que traen grandes bienes espirituales a quienes los recibe”.

“Qué más hace el sacerdote por nosotros: Ora por todos. Podremos decir que no me saluda, ni me da ningún regalo, que no sabe ni siquiera mi nombre… pero no podemos decir: “No rezó por nosotros”.
“La fiesta del buen pastor sea ocasión propicia para dar gracias a Dios por los sacerdotes que nos han perdonado los pecados en la confesión, por el que nos dio la primera comunión, por el que casó a nuestros padres, por el sacerdote que nos ayudará a bien morir y que nos acompañará con sus plegarias a la tumba”.
“No olvidemos que el sacerdote necesita comprensión, aprecio, apoyo en las obras que emprende, y sobre todo, necesita oración. Cuando vemos pasar un sacerdote podemos decir: “Allá va uno que reza por mí”, que él también pueda decir otro tanto cuando nos vea pasar. ¿De veras rezamos por los sacerdotes? San Agustín afirma: “No creo mucho en tu amor hacia los sacerdotes si no los encomiendas a Dios”.”
Aprovecho la ocasión para felicitar a todos ustedes mis queridos sacerdotes con motivo de la fiesta del Buen pastor. Él les siga conduciendo por senderos justos y seguros; les siga acompañando todos los días de su vida.
Fredy y Robinson para Uds. también sinceras felicitaciones y nuestros mejores deseos en el ejercicio de su ministerio.
Les recuerdo, como contempla el pontifical Romano que “Al configurarse con Cristo, sumo y eterno sacerdote, y unirse al sacerdocio de los obispos, la ordenación los convertirá en verdaderos sacerdotes del Nuevo Testamento para anunciar el Evangelio, apacentar el pueblo de Dios y celebrar el culto divino, principalmente en el sacrificio del Señor.
A ustedes, queridos hijos que serán ordenados presbíteros, les incumbirá, en la parte que les corresponde, la función de enseñar en nombre de Cristo, el Maestro. Transmitan a todos la Palabra de Dios que han recibido con alegría. Y al meditar en la ley del Señor, procuren creer lo que leen, enseñar lo que creen y practicar lo que enseñan.

Que su enseñanza sea alimento para el Pueblo de Dios; que su vida sea un estímulo para los discípulos de Cristo, a fin de que con su palabra y su ejemplo se vaya edificando la casa, que es la Iglesia de Dios.
Les corresponde también la función de santificar en Cristo. Por medio de su ministerio, alcanzará su plenitud el sacrificio espiritual de los fieles, que por sus manos, junto con ellos, será ofrecido sobre el altar, unido al sacrificio de Cristo, en celebración incruenta. Dense cuenta de lo que hacen e imiten lo que conmemoran, de tal manera que, al celebrar el misterio de la muerte y resurrección del Señor, se esfuercen por hacer morir en Uds. el mal y procuren caminar en una vida nueva.
Al introducir a los hombres en el pueblo de Dios por el Bautismo, al perdonar los pecados en nombre de Cristo y de la Iglesia por el sacramento de la penitencia, al dar a los enfermos el alivio del óleo santo, al celebrar los ritos sagrados, al ofrecer durante el día la alabanza, la acción de gracias y la súplica no sólo por el pueblo de Dios, sino por el mundo entero, recuerden que han sido escogidos entre los hombres y puestos al ser vicio de ellos en las cosas de Dios.

Realicen, pues, con alegría perenne, en verdadera caridad, el ministerio de Cristo Sacerdote, no buscando su propio interés, sino el de Jesucristo.
Finalmente, al ejercer, en la parte que les corresponde, la función de Cristo, Cabeza y Pastor, permaneciendo unidos al Obispo y bajo se dirección, esfuércense por reunir a los fieles en una sola familia, de forma que en la unidad del Espíritu Santo, por Cristo, puedan conducirlos al Padre. Tengan siempre presente el ejemplo del Buen Pastor, que no vino para que le sirvieran, sino para servir, y a buscar y salvar lo que estaba perdido” (del Pontifical Romano No 151)

La Santísima Virgen María, en su advocación de nuestra señora del Rosario y San José, sigan caminando a nuestro lado en la construcción del Reino de Dios en esta Iglesia particular que peregrina en el sur del departamento del Tolima. Así sea.

+Mons. Orlando Roa Barbosa
Obispo de la diócesis del Espinal

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