TENEMOS UNA CITA CON LA MUERTE

La muerte es un misterio que genera toda clase de explicaciones y reacciones encontradas en el ser humano, genera esperanza para el creyente, genera tristeza y desesperación para el ateo, genera ansiedad, genera rabia en algunos, genera miedo en otros, etc. En el diccionario de la real academia de la lengua española, se define la muerte como el final de la vida. La muerte es definida de muchos modos, es una realidad de la que nadie escapa, es una experiencia individual que el que la vive no tiene la posibilidad de contarla.

En el Cantico de la Creaturas de San Francisco de Asís, leemos “Alabado seas, mi Señor, por nuestra hermana muerte corporal, de la cual ningún hombre viviente puede escapar”. Con ello reconoce el Santo que el hombre físicamente muere y queda en manos de Dios. Por su parte el catecismo de la Iglesia católica en los números 989 y 990 nos dice que “aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos dará también la vida a vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que habita en vosotros (Rm 8, 11; cf. 1 Ts 4, 14; 1 Co 6, 14; 2 Co 4, 14; Flp 3, 10-11). El término «carne» designa al hombre en su condición de debilidad y de mortalidad (cf. Gn 6, 3; Sal 56, 5; Is 40, 6). La «resurrección de la carne» significa que, después de la muerte, no habrá solamente vida del alma inmortal, sino que también nuestros «cuerpos mortales» (Rm 8, 11) volverán a tener vida.

Explicar en una página la muerte y lo que sigue, es imposible, pues es un tema muy amplio, que lo tratan varias ciencias, entre ellas la Escatología, la ciencia teológica de las doctrinas postreras. Por ello, baste dar algunos consejos desde la fe:

  1. ACTITUD FRENTE A LA PROPIA MUERTE

Buscando literatura sobre la muerte se encuentran cantidad de libros, desde todas las vertientes. Por su parte, el poeta Rilke, en “El libro de la pobreza y de la muerte” empieza señalando que muchos no saben morir, que no llegan a madurar y a elaborar su propia muerte, por lo que su vida les es arrebatada desde fuera, muriendo de una muerte en serie, que nada tiene que ver con ellos. La tesis del poeta es “vivir la propia muerte”, como posibilidad humana de ser uno mismo hasta el final. Rilke explica también por qué nos es dada la posibilidad de morir nuestra muerte propia. Precisamente porque hay en nosotros algo eterno, nuestra muerte no es similar a la del animal. Exactamente en la medida en que hay algo de eternidad en nosotros, podemos elaborar y trabajar nuestra propia muerte, lo que nos distingue radicalmente del resto de los animales. Pero ocurre que no sabemos hacerlo y que traicionamos nuestra más alta vocación, de manera que nuestra muerte no llega a vivirse siempre dignamente. Como tenemos demasiado miedo al dolor y al sufrimiento, nos empeñamos en vivir la vida sin anticipar su final, en vivir ciega y estúpidamente, como si fuéramos inmortales; y como no llegamos a madurar nuestra propia muerte, parimos en su lugar un aborto ciego, una muerte inconsciente de sí (J.V. ARREGUI, El horror de morir, Tibidabo, Barcelona 1992, p. 150).

Es bueno disfrutar cada instante, cumplir nuestra misión, haciendo bien lo de cada día, no guardando nada que haga pesada nuestra conciencia para el día siguiente y nos quite la felicidad en esta vida y en la otra. Morir nos toca, pero el cielo nos espera. Creemos en la resurrección de los muertos. Cuando físicamente morimos quedamos en las manos de Dios igual que lo estamos en vida. Es bueno tener en cuenta que los bienes materiales son necesarios mientras estamos en la tierra, pero nadie se los lleva de este mundo, el alma no necesita nada de lo que usamos en la tierra, tampoco el cuerpo glorificado que recibiremos en la resurrección de los puestos requiere de cosas materiales, por eso no perdamos el cielo por defender cosas que le pertenecen a la tierra, no hay entierros con trasteo, el día del funeral no llevan un camión con las chequeras, el dinero o las cosas del difunto, esas las dejan bajo llave para después del sepelio y por lo general el más vivo se queda con ellas, recordemos que “la plata del miserable se la come el vagabundo”. Siempre es bueno tener en cuenta que todo es prestado, el cuerpo es prestado por la tierra y el alma es prestada por Dios, las propiedades son relativas, pues por muchos bienes que podamos llegar a tener a nuestro nombre, el estado nos pide impuestos, pues en el fondo él se considera propietario y al morir alguien los hereda y los gastará como mejor le plazca.

  1. ACTITUD FRENTE A LA MUERTE DE LOS DEMAS

Frente a quienes se adelantan a la casa del padre, es bueno tener en cuenta que, si está en nuestras manos, nos corresponde ayudarlos. En la última etapa, para quienes tienen la posibilidad de prepararse con la postración en la cama, nos corresponde acompañarlos, ayudarlos a comprender el momento que enfrentan, a aceptarlo y a prepararse para el tránsito a la otra vida. Generalmente no sabemos cómo hacerlo, pues bien, se requiere orar con el enfermo y por el enfermo, escucharlo, hacerle llevadera la cruz.

Recomendaciones para una actuación ética del profesional ante el moribundo:

El médico o el cuidador del enfermo, no debe sentirse ante el fallecimiento del enfermo, frustrado, fracasado, responsable (en algunos casos).
Mantener un nivel adecuado de comunicación con el paciente y su familia incluso preparándolos para el desenlace final.
No caer en posiciones de abandono.
No mantener actitud de indiferencia ante la muerte.
Si no puede curar, pues aliviar, tranquilizar, calmar.
No delegar su responsabilidad en otra persona.
Ayudar al enfermo a conservar su autonomía (capacidad de autogobierno, elección, dignidad e integridad).
Que el paciente se sienta cómodo.
Tener en cuenta el consentimiento del paciente y sus familiares.
Crear un ambiente profesional digno, conveniente y competente.
Procurar la atención en el domicilio si se considera factible (Médico de la Familia).
Tratamiento adecuado del dolor y el sufrimiento.
Confirmar el diagnóstico por todos los médicos posibles (sin llegar al ensañamiento terapéutico).
Utilizar tratamientos paliativos.

De otra parte, cuando ya ha muerto, bien sea después de la enfermedad, o de modo repentino, nos corresponde darle cristiana sepultura, como una de las obras de misericordia. Esto implica, el velorio religioso (con oraciones) mientras se reúne la familia y los amigos y se prepara el sepelio. Después de la misa de exequias antes del destino final del cuerpo, ha sido costumbre, hacer el novenario (9 noches o días) de misas o de rosarios y la última noche una santa misa, luego vienen las 3 misas del alma o 6 misas del alma, una cada mes, luego cada año las santas misas hasta cuando mueren los parientes cercanos. Algunas familias acostumbran a mandar a celebrar 30 misas seguidas por el alma, esto lo hacen sobre todo personas mayores o personas con muchas ocupaciones que consideran que en adelante tal vez les sea difícil estar pendientes de ayudar espiritualmente a su familiar o amigo difunto. Aplicar las indulgencias por los difuntos. No hacer nada por quien físicamente ha muerto, es faltar a la caridad, es exponerse a enfermarse por no hacer un luto sano.
Estas costumbres hacen parte de la Tradición religiosa, de la facultad que tiene la Iglesia para atar y desatar (San Mateo 18), es decir la posibilidad de establecer modos para ayudar a los hermanos, para pedir el perdón de los pecados. Orar por los difuntos es una obra de caridad.

  1. NORMAS SOBRE LAS EXEQUIAS Y EL MANEJO DE LOS RESTOS Y DEL CAMPO SANTO

A continuación, enumeramos algunas normas las encontramos en los (Cánones 1176 – 1785) y cánones 1240 al 1243:

Las exequias por un fiel difunto deben celebrarse generalmente en su propia iglesia parroquial. Por motivos legítimos pueden celebrarse en otro lado.
A no ser que el derecho se lo prohíba, todos pueden elegir el cementerio en el que han de ser sepultados.
Por lo que se refiere a las exequias, los catecúmenos se equiparan a los fieles.
El Ordinario del lugar puede permitir que se celebren exequias eclesiásticas por aquellos niños que sus padres deseaban bautizar, pero murieron antes de recibir el bautismo.
Se han de negar las exequias eclesiásticas, a no ser que antes de la muerte hubieran dado alguna señal de arrepentimiento:
A los notoriamente apóstatas, herejes o cismáticos;
A los que pidieron la cremación de su cadáver por razones contrarias a la fe cristiana;
A los demás pecadores manifiestos, a quienes no pueden concederse las exequias eclesiásticas sin escándalo público de los fieles.
A quien ha sido excluido de las exequias eclesiásticas se le negará también cualquier Misa exequial.
Donde sea posible, la Iglesia debe tener cementerios propios, si esto no es posible, ha de bendecirse individualmente cada sepultura en caso de sepultarse en un cementerio civil.
No deben enterrarse cadáveres en las iglesias, a no ser que se trate del Romano Pontífice o de sepultar en su propia iglesia a los Cardenales o a los Obispos diocesanos, incluso «eméritos».
Deben establecerse por el derecho particular las normas oportunas sobre el funcionamiento de los cementerios de la Iglesia, especialmente para proteger y resaltar su carácter sagrado.

  1. ALGUNAS PRECISIONES SOBRE LA CREMACION DE LOS CADAVERES

La Congregación para la Doctrina de la Fe, el 15 de agosto de 2016, en la Solemnidad de la Asunción de la Santísima Virgen María, expidió la Instrucción Ad resurgendum cum Christo acerca de la sepultura de los difuntos y la conservación de las cenizas en caso de cremación. El texto precisa que la Iglesia «sigue prefiriendo la sepultura de los cuerpos, porque con ella se demuestra un mayor aprecio por los difuntos; sin embargo, la cremación no está prohibida a no ser que haya sido elegida por razones contrarias a la doctrina cristiana”.
La instrucción establece que la conservación de las cenizas en un lugar sagrado (cementerio) ayuda a evitar «la posibilidad de olvido, falta de respeto y malos tratos, que pueden sobrevenir sobre todo una vez pasada la primera generación, así como prácticas inconvenientes o supersticiosas”.

La Congregación para la Doctrina de la Fe señala que está totalmente prohibida “la conservación de las cenizas en el hogar”. “Sólo en casos de graves y excepcionales circunstancias, dependiendo de las condiciones culturales de carácter local, el Ordinario (obispo), de acuerdo con la Conferencia Episcopal o con el Sínodo de los Obispos de las Iglesias Orientales, puede conceder el permiso para conservar las cenizas en el hogar”. “Las cenizas, sin embargo, no pueden ser divididas entre los diferentes núcleos familiares y se les debe asegurar respeto y condiciones adecuadas de conservación”, dice también.

El Papa Francisco también ha aprobado que “para evitar cualquier malentendido panteísta, naturalista o nihilista, no sea permitida la dispersión de las cenizas en el aire, en la tierra o en el agua o en cualquier otra forma, o la conversión de las cenizas en recuerdos conmemorativos, en piezas de joyería o en otros artículos, teniendo en cuenta que para estas formas de proceder no se pueden invocar razones higiénicas, sociales o económicas que pueden motivar la opción de la cremación”.

“Siguiendo la antiquísima tradición cristiana, la Iglesia recomienda insistentemente que los cuerpos de los difuntos sean sepultados en los cementerios u otros lugares sagrados”.
“Enterrando los cuerpos de los fieles difuntos, la Iglesia confirma su fe en la resurrección de la carne, y pone de relieve la alta dignidad del cuerpo humano como parte integrante de la persona con la cual el cuerpo comparte la historia”.

La Iglesia advierte por tanto que no puede permitir «actitudes y rituales que impliquen conceptos erróneos de la muerte, considerada como anulación definitiva de la persona, o como momento de fusión con la Madre naturaleza o con el universo, o como una etapa en el proceso de re-encarnación, o como la liberación definitiva de la ‘prisión’ del cuerpo”.

Antonio Devia Méndez.Pbro.
Vicario Judicial

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