Del Editor al lector

María en la constitución dogmática Lumen Gentium.

Breve presentación.
La constitución dogmática Lumen Gentium, sobre la Iglesia, del Concilio Vaticano II, dedica el capítulo VIII, último del documento, a hablar de la persona de María.


Bajo el título “La Santísima Virgen María, Madre de Dios, en el misterio de Cristo y de la Iglesia”, este capítulo se desarrolla en cinco apartados: I. Introducción; II. Función de la Santísima Virgen en la economía de la salvación; III. La Santísima Virgen y la Iglesia; IV. El culto a la Santísima Virgen en la Iglesia, y; V. María, signo de esperanza cierta y de consuelo para el pueblo de Dios peregrinante. El contenido está desarrollado en dieciocho (18) numerales, del 52 al 69.


En muy pocas líneas, el Concilio, condensa muchos temas y aspectos de María, tanto de su vida y la relación con su Hijo como de su papel e importancia en la vida de la Iglesia. La lectura del documento nos permite acceder a los trazos fundamentales de una mariología y comprender los principales temas de debería tratar, o preguntas a las que debería responder, un tratado del género.


En la introducción los padres conciliares explican por qué han puesto el tema de la Santísima Virgen María la final del documento dedicado a la Iglesia y aclaran que no tienen la “intención de proponer una doctrina completa sobre María ni resolver las cuestiones que aún no ha dilucidado plenamente las investigaciones de los teólogos” (LG, No. 54). En dicha introducción María es nombrada como Madre de Dios y del Redentor, hija predilecta del Padre, Sagrario del Espíritu Santo, miembro excelentísimo y enteramente singular de la Iglesia y finalmente, como madre amantísima.
En el segundo capítulo, partiendo del Antiguo Testamento y llegando hasta el Nuevo, los padres conciliares, explicitan la función de María en el historia de la salvación y su puesto en la economía salvífica. De manera especial destacan la presencia de ella en la vida y misión de su Hijo, desde su concepción virginal hasta su muerte en la cruz y su papel en el nacimiento de la Iglesia. En este capítulo es nombrada como: Hija excelsa de Sión, hija de Adán, Madre de Jesús, madre de los vivientes, Virgen Inmaculada, Reina universal.


En el tercer capítulo María es presentada como “tipo de la Iglesia en el orden de la fe, de la caridad y de la unión perfecta con Cristo” (No. 63). El numeral 65 afirma, “la Iglesia ha alcanzado en la Santísima Virgen María la perfección, en virtud de la cual no tiene mancha ni arruga” y agrega, “los fieles luchan todavía por crecer en santidad, venciendo enteramente el pecado, y por eso levantan sus ojos a María, que resplandece como modelo de virtudes para toda la comunidad de los elegidos”. También se recuerda que es invocada como: Abogada, Auxiliadora, Socorro y Mediadora (No. 62). En este capítulo ella recibe los siguientes títulos: Madre excelsa del divino Redentor y compañera singularmente generosa entre todas las demás criaturas y humilde esclava del Señor (No. 61); Madre nuestra en el orden de la gracia.


En el capítulo cuarto los padre conciliares explican que el culto que la Iglesia tributa a María es de veneración que se diferencia del culto de adoración que es exclusivo para Dios, Uno y Trino. Explican además que al ser honrada la Madre, el Hijo será “mejor conocido, amado, glorificado, y que, a la vez, sean mejor cumplidos los mandamientos” (No. 66). Finalmente invitan a un verdadero culto a la Madre de Dios, sobre todo litúrgico, sin falsas exageraciones y evitando todo aquello que puede inducir al error, sobre todo entre los hermanos de otras confesiones religiosas. Concluyen afirmando: “… la verdadera devoción no consiste ni en un afecto estéril y transitorio, ni en vana credulidad, sino que procede de la fe verdadera, por la que somos conducidos a conocer la excelencia de la Madre de Dios y somos excitados a un amor filial hacia nuestra Madre y a la imitación de sus virtudes” (No. 67).


En el último capítulo se destacan, en muy pocas palabras, dos ideas fundamentales: el sentido escatológico de María quien “precede con su luz al peregrinante Pueblo de Dios” y se invita a todos los cristianos a pedirle a ella, que de la misma manera que con su oración ayudó a la Iglesia naciente ahora ore por ella “hasta que todas la familias de los pueblos, […] lleguen a reunirse felizmente, en paz y concordia, en un solo Pueblo de Dios, para gloria de la Santísima e indivisible Trinidad” (No. 69). 7


Me gustaría que esta breve presentación de este apartado de la constitución dogmática Lumen Gentium, anime a muchos a leer y estudiar dicho documento. Un año mariano es una buena ocasión para aumenta nuestro conocimiento de la persona de María, y de esta manera fundamentar mejor nuestra fe y fervor para con ella. Para que así, la honremos, la amemos y le imitemos más y mejor.

John Jairo Valencia Marín, C.M. Pbro.
Rector. Seminario Mayor La
Providencia.

Be the first to comment

Leave a Reply

Tu dirección de correo no será publicada.


*