Editorial

Si tuviera que ponerle un título a este editorial le llamaría “LA MISERICORDIA EN TIEMPOS DEL CORONAVIRUS”, porque la humanidad entera se ha llenado de miedo, de pánico y nerviosismo de frente a esta pandemia que toca muy de cerca el Universo entero. Y no es para menos, por todo lo que diariamente escuchamos y vemos por los noticieros que nos hablan de sufrimiento, de dolor, de tragedia, de aislamiento, de soledad y muerte; las cifras son alarmantes.


Desde el principio he sido interrogado por personas que tienen distintas responsabilidades en la sociedad y en la Iglesia y mi respuesta siempre ha estado orientada en el mismo sentido. He dicho más o menos esto: Debemos tener responsabilidad ciudadana y responsabilidad cristiana, en el entendido que hay que obedecer las indicaciones y normas que se desprenden desde el gobierno nacional, departamental y municipal; todos estamos llamados a acatar lo que nos mandan, aunque cueste sacrificio. Y también en el entendido que, como cristianos, se debe pensar en el amor a Dios y en el amor al prójimo, por lo tanto se debe evitar el contagio de los demás a toda costa, de quienes son de nuestra familia, de nuestra comunidad y de todas las personas con las cuales nos relacionamos con frecuencia u ocasionalmente. Debemos cuidar el bienestar del hermano y no exponerlo a un posible contagio porque de lo contrario sería no cumplir con el quinto mandamiento de la ley de Dios.

También mi respuesta ha sido una comparación. Se nos ha venido encima un muro de angustia, de coronavirus, de enfermedad y muerte y nosotros al otro lado estamos resistiendo con dos fuerzas que tenemos en nuestras manos: la fe y la oración. En la confrontación entre el mal y el bien, ya sabemos que con la ayuda del poder de Dios vence siempre el bien sobre el mal.

Hemos escuchado en estos días, a través de la Palabra de Dios en la Santa misa, expresiones que nos llenan de consuelo y esperanza: En la profecía de Daniel capítulo 3, leímos “Por el honor de tu nombre, no nos desampares para siempre, no rompas tu alianza, no apartes de nosotros tu misericordia”. Hemos leído en dos oportunidades el salmo 22: “El Señor es mi Pastor nada me falta: en verdes praderas me hace recostar; me conduce hacia fuentes tranquilas y repara mis fuerzas”. El profeta Isaías en el capítulo 65: “Esto dice el Señor: Miren, voy a crear un nuevo cielo y una nueva tierra: de las cosas pasadas ni habrá recuerdo ni vendrá pensamiento”. En el Salmo 130 la respuesta ha sido esta: “Del Señor viene la misericordia, la redención copiosa”.

En fin, apenas unas pocas citas que aparecen en la liturgia de la Palabra en la santa misa de estos días, nos invitan a depositar nuestra confianza y nuestra fe en Dios, a no dejar de dirigirle nuestra oración seguros que Él no nos abandona, a nuestra propia suerte. Él nos ayudará a superar esta circunstancia, esta pandemia.

Indudablemente la sociedad tendrá que ser transformada, debe cambiar su actitud soberbia de frente a Dios y de frente a sus mandamientos. Él debe ocupar el lugar que le corresponde en nuestra vida, no lo saquemos de la casa, ni de la escuela, ni del colegio, ni de la Universidad, ni de los hospitales, ni de los condominios, ni de las alcaldías, ni de los juzgados, ni de las instituciones, ni del corazón de cada persona. Dejémoslo reinar en el mundo, porque Él es el único que nos llena de felicidad, de verdadera alegría, de fe, esperanza y amor.

Vivamos de la mejor manera posible estos días de Semana Santa como nos ha correspondido. Busquemos la forma de participar en las celebraciones a través de los medios de comunicación. Conservemos el espíritu de recogimiento, meditación y reflexión en torno a los misterios que nos dan la salvación.

No olvidemos que la misericordia de Dios es infinita, Él está con nosotros y nos dice: “No tengan miedo”… ¿Por qué no tienen fe?
¡FELICES PASCUAS DE RESURRECCIÓN PARA TODOS!.

+Mons. Orlando Roa Barbosa
Obispo de la diócesis del Espinal

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