Homilía para una cristiana.

Papás del Presbítero John Jairo Valencia Marín

Nos hemos congregado esta tarde para dar sepultura a una mujer; una mujer que era esposa, madre, abuela, hermana, tía, prima, suegra, amiga, o simplemente vecina, pero sobre todo para dar sepultura a una cristiana. Porque eso fue mi mamá, en pocas palabras, una auténtica cristiana.
Mi mamá no conocía los grandes tratados de teología o de biblia o de espiritualidad, pero vivió, en la sencillez de su vida de mujer campesina, una verdadera vida cristiana; una verdadera vida evangélica; aun auténtica vida de fe.


Lo que dice Pablo a los Romanos, lo podemos afirmar de mi mamá esta tarde: por su bautismo fue incorporada en Cristo, por ese bautismo ha sido incorporada en la muerte de Cristo tal como lo podemos constatar con su cuerpo inerte ahora entre nosotros; y por ese mismo bautismo participará de la vida nueva en Cristo, a la cual ha ido ya. Nuestras oraciones hoy son para pedir a Dios que ella participa de esa vida nueva lo más pronto posible. Mi mamá vivirá ahora en Él y la muerte ya no tendrá domino sobre ella. Esperamos su feliz resurrección al final de los tiempos.
Por otra parte, el diálogo de Marta con Jesús que acabamos de escuchar en el Evangelio de san Juan nos ayuda también a comprender y profundizar en el acontecimiento que nos ha congregado esta tarde.


Marta, que llora la muerte de su hermano Lázaro, le recrimina a Jesús: “Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano. Pero ahora sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá”. Jesús le responde, afirmando la resurrección: “Tu hermano resucitará”. Y Marta que ya tiene un poco de fe, asiente: “Sé que resucitará en la resurrección del último día”. Y viene entonces una pregunta de Jesús a Marta y que es también una pregunta para cada uno de nosotros: “Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre ¿crees esto?”. Y Marta entonces hace su profesión de fe: “Si, Señor; yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir el mundo”.
Ahora yo les pregunto: Queridos amigos, Jesús es la resurrección y la vida: el que cree en Él, aunque haya muerto vivirá; y el que está vivo y cree en él, no morirá para siempre ¿creen esto? Cada uno responda en lo secreto de su corazón.


De mi mamá lo podemos afirmar con toda claridad: mi mamá estaba convencida que Jesús es la resurrección y la vida; durante su vida terrena creyó en Él. Con toda seguridad que ahora, no morirá para siempre. Vive en Cristo; vive en Él para siempre. Era una cristiana arraigada y convencida de su fe cristiana, católica.


En esa sencillez de su vida de mujer campesina, que señalé antes, me parece que podemos constatar la autenticidad de su vida cristiana en tres aspectos: Mi mama fue una esposa fiel, una madre consagrada y una cristiana piadosa. Esto no quiere decir que mi mamá fuera perfecta o una santa ya en vida. Tenía sus defectos, sus pecados, sus limitaciones, muchos de ustedes podrían dar razón de ellos. Mi intención ahora, es más bien, resaltar aquello que la hacía una buena cristiana; una buena discípula de Cristo.


Como esposa fiel, mi mamá comprendió y vivió con una radicalidad incuestionable aquello que los esposos se prometen el día de su matrimonio: “me entrego a ti y prometo serte fiel en la alegría y en las penas, en la salud y la enfermedad, todos los días de mi vida”. Mi mamá se desvivía por mi papá. Se afanaba por él; cuando los hijos abandonamos el nido del hogar, él fue su mayor y casi que su única preocupación.


Gracias mamá por ese testimonio de vida de esposa abnegada y fiel.
Como madre consagrada, mi mamá se sacaba el bocado de su boca para dárselo a sus hijos. Fuimos cuatro, de menor a mayor, Danelly, Yelder, John Elder y John Jairo, este servidor. Nos educó siempre bien, a veces incluso con mucha severidad y dolor. Nos enseñó a rezar y la fe cristiana; nos enseñó a respetar al otro, a no coger lo ajeno, a entendernos con los “haceres” de la casa: “un hombre debe saber lavar, planchar, cocinar, arreglar la casa, – nos decía, – porque nunca sabemos cuáles son los caminos de la vida”. Se sentía orgullosa de todos sus hijos. Cuando se casó el último, de mis hermanos, siendo yo ya sacerdote, dijo con gran satisfacción: “Ahora sí puedo morir en paz. Ya todos mis hijos están organizados”. Yo entendí que quería decir que sentía, delante de Dios, que había hecho bien la tarea, que sentía que había cumplido, lo mejor posible, con su misión de madre. Se desvivía por sus nietos y soñaba con verlos crecer. Dios no le concedió este regalo. Esperamos que desde el cielo los cuide y ore por ellos. Son ya ocho.


Gracias mamá por este testimonio de madre cristiana, consagrada a la crianza y educación de sus hijos.
Y como cristiana piadosa mi mamá amo su fe y la defendió incluso, en algunas ocasiones, con lágrimas en sus ojos. Iba a la Iglesia cada vez que podía. Rezaba y oraba todos los días. Se confesaba y comulgaba con frecuencia. Practicó muchos ejercicios de piedad, como el santo rosario, el viacrucis, peregrinaciones al santuario del Señor de la Buena Esperanza, rezaba por los difuntos… disfrutaba las tradiciones navideñas y procuraba no faltar a las celebraciones de semana santa, así fuera por radio. Amaba la santísima virgen María y confiaba mucho en su poderosa intercesión. Practicó la caridad de muchas maneras. Aunque le costaba un poco, al final perdonaba a quienes le ofendían. Abrazó la cruz de la enfermedad con mucha paciencia. Nunca la escuchamos quejarse contra Dios; al contrario, agradecía a Él todo. Se preparó cristianamente para su encuentro con el Señor: se confesó, comulgó cuantas veces pudo y recibió el sacramento de la unción de los enfermos.


Gracias mamá por ese testimonio de vida de cristiana fiel, que amaba y defendía su fe.


Guarden por favor en el cofre de su corazón (recuerden que en los cofres se guarda las joyas más finas), como un regalo que mi mamá les hace, todo aquello bueno que aprendieron de ella: sus ejemplos, sus testimonios de vida, sus correcciones, sus consejos, sus gestos de bondad y generosidad, simplemente los buenos momentos. Y sepan por favor perdonarle aquello en lo que le faltó tener más caridad.
Me dirijo ahora a ti mamá: Vete madre al cielo a descansar. Ya mucho has sufrido en este mundo. Nos dejas triste, claro que sí. Quedan en nuestros corazones un vacío que nadie podrá llenar. Pero mamá, Dios nos había preparado, con su pedagogía, para este momento. Por eso, aunque ciertamente hay tristeza en nuestros corazones, también en él habitan sentimientos de gratitud para con Dios que ha hecho su santa voluntad en ti, y alegría; si, alegría. La alegría que nos produce la certeza cristiana de la feliz resurrección. Algún día iremos allá, nos reuniremos contigo y con todos aquellos que ya están en la presencia de Dios para que podamos vivir juntos en la eternidad. Que Jesús buen Pastor te conduzca hacia las fuentes tranquilas de su paraíso y te haga recostar en las verdes praderas de su reino. Descansa en paz mamá.


Finalmente, no quiero dejar pasar esta ocasión para expresarles, en nombre de mis hermanos, de mi papá y en el mío propio, nuestros agradecimientos a todos ustedes y tantos otros que no están aquí pero que de tantas maneras nos expresaron su cercanía y cariño durante el tiempo de enfermedad de mi mamá y ahora que ha partido a la casa de Dios. Una oración, un saludo, una llamada, un mensaje en WhatsApp, un presente… tantos gestos de solidaridad y de bondad que recibimos durante estos meses, y ayer y hoy. Dios les pague.

John Jairo Valencia Marín, C.M. Pbro.
Rector. Seminario Mayor La
Providencia.

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