08 de noviembre XXXII Domingo Ordinario

Primera Lectura: Sabiduría 6,12-16: El texto coloca a la sabiduría como un elemento importante para la vida, la cual hay que madrugar en buscarla en cualquier hora del día, ya sea en la mañana o en la noche y en cualquier lugar, ya sea en la puerta o en el camino. El esfuerzo para encontrarla será recompensado con la sabiduría. La sabiduría da sentido a la vida y nos enamora del Señor, ya que la sabiduría es principio del temor de Dios. Busquemos y pidamos a Dios la sabiduría que él nos la dará sin tardar.

Salmo 63,2-8: Exclamar: “tú mi Dios, yo te busco, sed de ti tiene mi alma”, es signo de una persona enamorada, consagrada y que confía en el auxilio del Señor. No nos cansemos de pedirle al Señor, él siempre nos escucha. No nos cansemos de alabarlo y de bendecirlo, la recompensa será la gloria de Dios.
Segunda Lectura I Tesalonicenses 4,13-18: La invitación en este día del Señor es a orar por los muertos, pero sin dejarnos llevar de la tristeza, creyendo siempre en la Resurrección, es el mensaje que nos da el Apóstol Pablo: “Hermanos, no queremos que estéis en la ignorancia respecto de los muertos, para que no os entristezcáis como los demás, que no tienen esperanza. Porque si creemos que Jesús murió y que resucitó, de la misma manera Dios llevará consigo a quienes murieron en Jesús. Si creemos en Cristo, creeremos también en la Resurrección.

Evangelio según San Mateo 25,1-13: En la parábola de las diez vírgenes, podemos descubrir el juicio final, en las bodas del cordero, donde sólo los que están preparados, los sensatos podrán disfrutar de él; para los demás se cerrará la puerta y quedará por fuera, ya que ésta gracia es intransferible, vista en el aceite, cuando las vírgenes necias e insensatas se quedaron por fuera cuando llego el esposo y por más que suplicaron: “¡Señor, señor, ábrenos!”, la respuesta fue negativa. “En verdad os digo que no os conozco.” Concluye la parábola diciendo: “Velad, pues, porque no sabéis ni el día ni la hora”. La invitación es a estar preparados para el encuentro con Cristo, verdadero esposo, el cual llega a la hora menos pensada. Vale la pena vivir el adagio popular: “Viva hoy como si fuera a morir mañana”, siendo conscientes que es en la vivencia del Evangelio día a día, donde nos hacemos merecedores de la boda del cordero y no por los méritos o obras de los demás, sino por nuestras propias obras.

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