Lo que debemos creer (las verdades fundamentales)

Dios es uno solo, su nombre y su palabra es la misma en todas partes, su acción salvadora es para todos los hombres, no para uno solo, Dios actúa, en el tiempo y la distancia, para que acudamos a Él y sintamos la fuerza de su voz y aliento espiritual para el hombre.


De ahí, que los cristianos debemos saber las verdades fundamentales acerca de Dios, de su hijo y de la Iglesia en el mundo, para comprender el lenguaje universal del amor, que se abre camino en el corazón para vencer al pecado.


Las verdades fundamentales que Dios nos ha dado y con las cuales orientó a su pueblo a través de los tiempos, como lo hizo con Israel por el desierto, siguen vigentes hoy, porque la Iglesia es universal y en ella ha quedado la misión de vivenciar la obra Santa de la Redención.
Por eso, lo que debemos creer está fundamentado en la oración del credo, en donde atendemos que nuestro Dios es único, el de ayer, hoy y siempre Hebreos: 13,8).


Que Dios es un Dios personal, dotado de inteligencia y voluntad, que nos ama, que siempre tiene un plan para salvarnos a cada uno que El, respeta la identidad de su pueblo, que conoce nuestros deseos y por lo tanto valora nuestra libertad y la respeta, Él sabe que cada uno de nosotros, somos un mundo diferente y que por lo tanto nos ama, nos respeta e interviene en nuestras vidas, de acuerdo a las exigencias personales, porque los sentimientos de Dios hacia la humanidad son sencillos y llenos de un inmenso cariño personal.


En las verdades fundamentales contenidas en el credo, comprendemos que Dios es un ser de vivos, no de muertos, y que su labor para con el hombre es activa, dinámica y atenta a los llamados que le hagamos. En estas verdades aprendemos que Dios es Santo, que posee la más absoluta perfección, ubicado por encima de cualquier criatura que no tiene límites ni imperfecciones, que es un ser infinitamente misericordioso, en su amor, bondad, entrega y justicia.


Dios hizo el cielo y la tierra y allí llevó la semilla de su amor, nos regaló a su Hijo Jesucristo y lo redimió por nosotros, para que fuéramos nuevos, nos alejáramos del pecado e iniciáramos el camino que conduce hacia Él.
Dios es un ser infinitamente justo que no exige más de lo que el hombre no puede dar y sin embargo Él sí se da todo, íntegro, sin egoísmos ni limitaciones, pero también sabe darle a cada uno lo que se merece y a pesar de su grandiosa bondad, también pide cuentas de nuestros actos y sabe castigar, aunque su labor no sea esa, porque su corazón está henchido de amor y bondad para con el hombre.


Todos debemos saber las verdades acerca de Dios, identificarnos con el Evangelio del amor y aceptar la misión de la Iglesia de repartir esas enseñanzas en boca de los ministros, quienes representan a Dios en la tierra.


La Iglesia es un sacramento universal de salvación, ella guarda importante cúmulo de la fe, depositada por los discípulos de Cristo, es el sacramento rico de fortaleza y santidad, que afronta las dificultades, vence las ignominias y se sobrepone a las ligerezas y aspavientos del mundo material, que trata de amainar su acción de evangelizadora.
La Iglesia es continuadora de la misión salvífica de Cristo, anuncia con la verdad el evangelio de Jesús, sigue los lineamientos de ser una madre que se esfuerza y preocupa por sus hijos, los educa, orienta y ayuda a salir adelante, mientras que como Maestra, enseña la verdad, testimonia el ejemplo y conduce sabiamente por el camino del perdón, pues, sus actitudes son de comprensión, amor y entrega, más no de acusar, ni de condenar.


La Iglesia como manantial de verdad, como depositaría de la fe, nos ofrece a Cristo en los Sacramentos, para que valiéndonos de ellos, podamos conocer y llegar a la presencia del Sumo Maestro del amor que es Jesús. En los Sacramentos, recibimos los signos externos que nos ayudan a lavar nuestras faltas, y esta actividad la realizan los ministros de Dios, quienes se han preparado al estilo de Jesús, para realizar dicha misión por todo el mundo, continuando la acción de la Iglesia que es universal, santa y apostólica, como su líder Pedro, en quien Jesús confió la extensión de la obra redentora a la humanidad.


Por medio de sus ministros, la Iglesia se fortalece y Cristo tiene la oportunidad de seguir cumpliendo sus promesas de salvación en los hombres, acercándonos a nosotros y dándonos a conocer el profundo amor y el sentido de la amistad, para que brote en cada uno, semillas de paz abundantes y así seamos nuevos seres, nuevos hombres, para empezar a morir al pecado y resucitar con Cristo a una vida nueva, santa, pura y libre de las penas y discordias que rodean el mundo exterior y material.

Libro: Semillas Educativas
Págs. 166, 167 168
José Orlando Salazar Duque. Pbro. Ph
D

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