San José, ¡te necesitamos!

¿Cuántos Josés o Josefas conoces?

Seguramente que muchos. Pues te cuento, querido lector, que hasta el siglo XVI no se bautizaban niños con este nombre. Fue gracias a santa Teresa de Jesús que le tomó tal amor y devoción a san José que primero empezaron a aparecer entre sus monjas muchas llamadas Josefa o María Josefa y luego entre los frailes carmelitas, los primeros Josés. La devoción al santo Patriarca rápidamente creció y al cabo de pocos años encontramos muchos ricos y pobres, reyes y emperadores, campesinos y filósofos y hasta Papas, con el nombre del padre putativo de Jesús. Por muchos siglos el protagonismo radiante de la santísima Virgen ensombreció la santidad de José en la devoción cristiana. Hoy en día contamos con un abundante Magisterio de la iglesia, elementos litúrgicos y teología de primer orden que nos muestran la central importancia que Dios quiso darle a San José en el plan de salvación de la humanidad.

El hecho de que en los evangelios no aparezca ni una sola palabra suya, se debe a que José no tenía ministerio sacerdotal, ni misión profética, ni era apóstol ni recibió carismas para anunciar la llegada del salvador. Tampoco tenía que ser testigo por la palabra escrita o hablada, sino que fue escogido para ser el custodio de Jesús y esposo de María, los dos más grandes tesoros de Dios en la tierra. Era el hombre obediente, recto, justo, de fe firme y sólida, de confianza absoluta en los planes de Dios y esperanza a toda prueba al tener que comprobar la fragilidad propia de la naturaleza humana del Niño Jesús. Al tomar a María como esposa, sin tener que pronunciar palabra, tenía la actitud en su corazón, como en eco de la Virgen: “hágase en nosotros según tu palabra”. Estas bellas reflexiones las expresa F. Canalas en su obra San José en la fe de la Iglesia (BAC 2007), uno de tantos libros de excelente calidad teológica que hoy podemos encontrar sobre el santo Patriarca.

El Papa Francisco nos propone fijarnos este año en san José para que aprendamos mucho de él. En primer lugar que una persona no se hace santa por acumular una larga lista de cualidades y virtudes, sino por usar las que posee y forjar las que le faltan para ponerlas todas al servicio de la tarea que Dios le ha confiado. Así como San José no poseía cualidades de profeta, apóstol o taumaturgo, porque no las necesitaba para la misión que tenía, sí, en cambio, seguramente cultivó con empeño, esfuerzo y gran generosidad las que necesitaba para santificarse como esposo de la Virgen María y padre putativo de Jesús. Dios sabía que podía confiar en él para colocarle la tarea más grande que puede recibir un hombre en este mundo y efectivamente José no lo defraudó. Se santificó como padre y esposo, siendo testigo en primera línea del gran misterio de la encarnación. Y no se puso a dudar de la pureza de María ni a desconfiar de los planes que le anunciaba el ángel ni a cuestionar porqué tenía que huir a Egipto para salvar al Niño que venía a salvar al mundo.

En la persona de San José, se exalta la altísima dignidad de cada hombre que ha recibido la vocación a la vida matrimonial y por tanto a santificarse amando y respetando a su esposa, sin importar las circunstancias más inesperadas o adversas. Se exalta en José el papel de cada hombre llamado a custodiar su hogar, y los hijos que Dios les quiera dar, permitiendo que Jesús habite allí y se sienta feliz viviendo “como en su casa”. En José se exalta la grandeza del hombre humilde y sencillo, que no busca la fama, el dinero o el aplauso, sino que se caracteriza por hacer lo que Dios le pide. San José nos enseña que ser santo no consiste en tener muchas cualidades y capacidades fuera de lo común, sino en poner todos los dones que el mismo Dios le ha dado, al servicio de los planes divinos, sin reservarse nada para sí. En una palabra, en “dejar obrar a Dios sin estorbarle”. ¡Cuánto tenemos que aprender de nuestro querido Padre y Señor San José! ¡Enséñanos José a parecernos más a tí!

+Mons. Miguel Fernando González Mariño
Obispo del Espinal

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