LA PATERNIDAD DE SAN JOSÉ, EJEMPLO DE NUESTRA PATERNIDAD SACERDOTAL

Muy queridos hijos sacerdotes que conforman el clero de la diócesis de el Espinal: Me encuentro por primera vez con ustedes celebrando la santa misa Crismal, la cual se constituye cada año, para el presbiterio diocesano, en un momento de valor inigualable porque es la ocasión de renovar todos juntos como familia, las promesas sacerdotales, que se constituyen como en el resumen de nuestra entrega en cuerpo y alma a Dios. Por el sacerdocio que Nuestro Señor Jesucristo nos ha llamado a compartir a cada uno de los presbíteros aquí presentes, hemos recibido la capacidad de actuar no solo como “alter Christus” –otros Cristos–, sino, verdaderamente como “Ipse Christus” –el mismo Cristo–, que ama y bendice, perdona, escucha y atiende a sus hermanos, por medio de nosotros, sus sacerdotes.

Dentro de unos momentos renovaremos nuestros compromisos sacerdotales que se resumen en pobreza, castidad y obediencia, lo cual, dicho sintéticamente consisten en:
Vivir en la tierra sabiendo administrar los bienes materiales que se nos encomiendan pero sin apegarnos a ellos,
Entregarnos en casto celibato para parecernos más a Cristo y así poder vivir amando con entero corazón a nuestros hermanos por amor a Dios y
Vivir la obediencia sabiendo escuchar (ob-audire) y con amor creativo cumplir lo que Cristo, a través de la Iglesia nos pide.

Ya que estamos en el año jubilar de san José, quisiera valerme de algunas cualidades que el Papa en su carta Patris corde, exalta del santo Patriarca y que, sin forzar el texto ni la teología, podemos perfectamente aplicar a nuestra realidad sacerdotal en este año y en nuestro contexto diocesano.

“Con Corazón de padre: así José amó a Jesús”. Con estas palabras inicia el Papa Francisco su reflexión sobre el santo patriarca. El corazón de san José ciertamente era corazón de padre, desde el momento en que Dios a través del ángel le dio a conocer su vocación indicándole que recibiera a María, su esposa y que le pusiera el nombre al Niño que de ella iba a nacer (Cf. Mt 1,20).

La vocación no es solo la tarea en que una persona se ocupa, no es simplemente el oficio que escoge hacer en la vida. Es el llamado divino para el cual la persona fue creada, la razón de ser de su existencia, su papel aquí en la tierra. La vocación es, por tanto, el modo concreto como una persona está llamada a santificarse. Por eso el corazón de José no podría ser sino corazón de padre.

Desde la primera vez que “se levantó e hizo lo que el ángel le había dicho” (los evangelios nos refieren 4 veces), comenzó a vivir su vocación a la paternidad. Por eso me gusta tanto aquella expresión que dice: “mi vocación soy yo amando a Dios”, “amando”, verbo conjugado en gerundio, o sea que se está llevando a cabo en el momento presente. La vocación no es una teoría que tengo en mi imaginación ni es algo superpuesto a mí, que a veces tengo y a veces no, sino que soy yo mismo actuando según Dios me pide. A José, Dios le pidió ser padre de familia, a nosotros nos pide ser sacerdotes de Jesucristo. La vocación de todo bautizado es a la santidad, luego Dios se encargó de mostrarnos el camino concreto.

Gracias a que José tenía un corazón casto y puro, pudo encontrar en su vida la plenitud de sus alegrías en sus espectativas carnales, intelectuales, legales y espirituales como esposo de María y padre putativo de Jesús. Por eso pudo “convertir su vocación humana de amor doméstico en la oblación sobrehumana de sí mismo al servicio del Mesías”, como escribió San Pablo VI. La castidad no es una negación, una lista de prohibiciones: no hacer esto, no ver aquello, no pensar, ciertas cosas atractivas a la carne que la conciencia me advierte que son malas… La castidad no es negación. Es una virtud, algo positivo, una afirmación gozosa que consiste, en darlo todo, entregarse por completo sin reservarse nada a cambio, sin esperar compensaciones pasajeras, sino sólo en buscar el beneplácito de Dios.

Al amar con corazón casto, el sacerdote se afirma como hombre, como varón, como persona capaz de tener los más sublimes sentimientos y afectos y custodiarlos para que no se contaminen, no por autodominio sino por amor a Dios. También es afirmación del sacerdote como creatura falible y débil, pero transformada por la gracia en lo más profundo de su ser, para entregarse limpiamente a servir y amar al prójimo.


Con frecuencia no falta quien nos pregunte, incluso de buena fe: ¿porqué les tienen prohibido enamorarse? Pregunta del todo equivocada, pues si no estuvieramos enamorados de Cristo, no habríamos entendido nuestra vocación, no habríamos comprendido en quien poner nuestro corazón y en ese caso seríamos los hombres más vulnerables y volubles porque, andaríamos con el corazón en la mano buscando entregarlo al primer postor que aparezca.

“Por la ley del celibato, el sacerdote, lejos de perder el deber de la verdadera paternidad, lo realza hasta el infinito puesto que engendra hijos, no para esta vida terrenal y perecedera, sino para la celestial y eterna” (Pio XII Menti Nostrae)

La castidad vivida en el celibato sacerdotal es afirmación gozosa. También gozosa. El sacerdote casto no es un hombre incompleto, no es un hombre frustrado que haya anesteciado o cercenado parte de su naturaleza humana. El auténtico sacerdote sabe amar y por tanto sabe gozar de lo más puro de sus capacidades sensibles. “Me has dado a conocer la senda de la vida, me llenarás de gozo en tu presencia y de dicha eterna a tu derecha” (Sal 16) son palabras que puede decir con toda razón el sacerdote que, día a día, con generosidad, custodia sus afectos y sabe de quién ha de rebosar su corazón. Solo un sacerdote que tiene su corazón libre de afectos desordenados, puede presentarse como “alter Christus” ante sus hemanos.

San José es la creatura humana más santa, después de la Virgen María, porque amó a Jesús con todo su corazón desde su vocación de padre: con corazón paternal, atento y solícito custodio del Redentor. Varonil, valiente, apasionado, decidido, creativo, sacrificado. De otro modo no hubiera vivido su vocación, no hubiera cumplido la tarea que Dios le confió: Servirle al Señor nuestro Dios, sirviéndole a los hermanos. El decreto Presbiterorum Ordinis del Vaticano II dice que el sacerdocio en la Iglesia consiste en santificarnos por la santificación de nuestros hermanos. Por eso se necesita para este magno ministerio sacerdotal no un corazón dividido, en el que la capacidad de amar se comparte entre una o varias criaturas y Dios, dejando a Cristo como uno más entre otros amores. Nosotros los humanos no somos capaces de hacer lo que hace Dios, que nos ama a cada uno, personalmente con todo su amor, no nos reparte su amor dandonos un pedacito a cada uno: “dilexit me et tradidit semetipsum pro me“ me amó y se entregó por mí reconoce aterrado san Pablo en su carta a los Gálatas (Gal 2,20). Jesús en la cruz no me da una parte, sino que se entrega totalmente por mí. Como dice un autor: “Dios solo sabe contar hasta uno”. Nos salva uno a uno.

Nosotros en cambio tenemos que repartir nuestro amor y por atender a uno, descuidamos a los otros, a no ser que amemos al prójimo por amor a Dios, viviendo como pide nuestra vocación, creciendo y perfeccionando nuestro amor a Dios amando a los hermanos sin exclusivismos.

Obediencia. Dice Patris corde: “Así como Dios hizo con María cuando le manifestó su plan de salvación, también a José le reveló sus designios y lo hizo a través de sueños que, en la Biblia, como en todos los pueblos antiguos, eran considerados uno de los medios por los que Dios manifestaba su voluntad” y “José no dudó en obedecer, sin cuestionarse acerca de las dificultades que podía encontrar: «Se levantó, tomó de noche al niño y a su madre, y se fue a Egipto, donde estuvo hasta la muerte de Herodes» (Mt 2,14-15).” Así nos presenta el papa Francisco la extraordinaria obediencia que caracteriza a San José, de quien tanto tenemos que aprender los sacerdotes.

En la Iglesia, la obediencia no es una estrategia para funcionar con eficacia. La obediencia nace de la escucha del “Amado”, como poéticamente lo dice el Cantar de los Cantares. Escuchamos, nos hacemos ob-audientes, término latino de donde proviene “obedientes”, porque amamos. Nos interesa escuchar la voz de Dios, nos interesa saber que nos dice, qué quiere de nosotros, para hacerlo, tal como san José, porque de ello depende nuestra felicidad ya aquí en esta tierra y eternamente en el cielo.

Sabemos que hoy en dia la obediencia no es considerada por muchos como una virtud, sino más bien como un defecto, una falta de personalidad, un temor a asumir nuestra libertad. Pero, ¿acaso no somos más libres cuando nos fiamos de quie sabe más, de quien tiene infinitamente más luces y por si fuera poco nos ama y quiere siempre nuestro bien? En cambio ¿no somos menos libres, más limitados, falibles y ciegos cuando nos dejamos llevar por nuestro parecer sin confrontarlo ni escuchar consejo o indicación?

No es novedad para nadie de los aquí presentes que una de las mayores tentaciones contra la obediencia en la vida del sacerdote está en el ámbito de la obediencia a las normas litúrgicas. Decía el Papa Benedicto XVI que la novedad de la liturgia no consiste en que el celebrante invente gestos o palabras –y hasta frases y párrafos– que no están en el misal, la asombrosa y grandiosa novedad al celebrar la santa misa consiste en que al pronunciar exactamente las mismas palabras y realizar los gestos previstos por la liturgia, suceda una y otra vez cada día, el insondable misterio de la transubstanciación, por medio del cual Cristo nos salva.

La verdadera originalidad en la liturgia no está en la creatividad del celebrante, que sirve de instrumento eficaz para repartir la gracia, sino en la creatividad que tuvo Jesús para venir sacramentalmente por medio de su Iglesia a salvar la humanidad.

Si la obediencia es virtud, significa que nos perfecciona y ayuda a santificarnos. Efectivamente, el sacerdote no se santifica por realizar cosas santas, sino por realizarlas santamente, por la disposición, rectitud y amor a Dios que ponga al realizarlas. Obedecer al obispo, atender a la voz del Papa, estudiar juiciosamente el Magisterio de la Iglesia y el Derecho Canónico, ser competentes en la ciencia teológica, es vivir responsablemente nuestro ministerio, asumir con el profesionalismo que corresponde un oficio que, más que una profesión, es una misión recibida de Dios, en medio de una sociedad hambrienta, sedienta y necesitada de que les sepamos dar razón de nuestra esperanza.

Parece escandaloso decirlo, pero el santo Padre lo escribe claramente en su carta Patris corde: “José, en su papel de cabeza de familia, enseñó a Jesús a ser sumiso a sus padres, según el mandamiento de Dios (cf. Ex 20,12).” Y más adelante lo corrobora: “En la vida oculta de Nazaret, bajo la guía de José, Jesús aprendió a hacer la voluntad del Padre. Dicha voluntad se transformó en su alimento diario (cf. Jn 4,34).”

El misterio de la encarnación asume todas las consecuencias de la naturaleza humana. El padre debe enseñar al hijo y el hijo, aún siendo Dios está disponible a aprender de su padre terreno. El motivo fundamental del consejo evangélico de la obediencia no está en tener una actitud sumisa o un comportamiento correcto, sino en imitar a Cristo que, erat subditus illis, fue obediente a sus padres en Nazaret y así fue convirtiendo la obediencia a Dios Padre en su alimento diario. Esa actitud diaria, cotidiana, ha de ser nuestra actitud, sabiendo que solo quien es fiel en lo poco, será fiel en lo mucho, por eso anota el Papa: “La historia de la salvación se cumple creyendo «contra toda esperanza» (Rm 4,18) a través de nuestras debilidades. Muchas veces pensamos que Dios se basa sólo en la parte buena y vencedora de nosotros, cuando en realidad la mayoría de sus designios se realizan a través y a pesar de nuestra debilidad.”

Y al contemplar esta realidad, caemos en cuenta no solo de la importancia de la obediencia como actitud habitual, o sea como virtud arraigada, sino que nos remite al tercer consejo evangélico: la Pobreza.
Como creaturas, ante el Creador, somos pobres y no asumirlo nos lleva a alejarnos de la realidad.

“El Maligno nos hace mirar nuestra fragilidad con un juicio negativo, mientras que el Espíritu la saca a la luz con ternura. La ternura es el mejor modo para tocar lo que es frágil en nosotros. Fingir que no somos pobres por nuestra naturaleza de creaturas, nos conduce a tratarnos con dureza y falsedad”, apunta el Papa en su carta sobre san José y más adelante dice: “También a través de la angustia de José pasa la voluntad de Dios, su historia, su proyecto. Así, José nos enseña que, tener fe en Dios incluye además creer que Él puede actuar incluso a través de nuestros miedos, de nuestras fragilidades, de nuestra debilidad. Y nos enseña que, en medio de las tormentas de la vida, no debemos tener miedo de ceder a Dios el timón de nuestra barca. A veces, nosotros quisiéramos tener todo bajo control, pero Él tiene siempre una mirada más amplia.”

Quise poner esta cita en la reflexión sobre la pobreza, para no encasillar esta virtud solamente en el manejo del dinero. De hecho, quien se apega a los bienes materiales y funda su propia valía por lo material que puede lucir o poseer, es quien en realidad no se reconoce hijo amado de Dios y tiene que buscar cosas para valorarse.

Gracias a su humildad ejemplar, san José supo desapegarse no solo de su casa y lugar de vivienda y seguramente de sus amigos, vecinos y costumbres, sino también de sus planes honestos y buenos, de tener una familia numerosa y de tantos otros proyectos humanos, para someterse con plena docilidad a los planes divinos. José no ponía condiciones, no pedía seguridades, simplemente estaba disponible. La pobreza de corazón no consiste en no tener nada, sino en no tener apegamientos que obstaculicen que el corazón se llene del amor de Dios.

Así debemos ser los que, sin merecerlo hemos sido llamados a vivir el sacerdocio de Cristo: disponibles, sin manías ni necedades, generosos en darnos, en escuchar, en atender, en convertir nuestra vida en sufrir con los que sufren y reir con los que rien, en no tener planes prefabricados que entran en choque con el desprendimiento que Jesús nos pide. En saber que somos administradores y no dueños, cosa que literalmente se cumple en nuestras vidas, pues normalmente ni la casa ni el despacho ni el vehiculo ni los dineros que manejamos son nuestros… por eso cuidamos con dedicación esos bienes para que no se deterioren, los usamos con la delicadeza y el cuidado que merecen, vivimos la austeridad, entregamos los aportes previstos a la curia, agradecemos lo que tenemos y no nos distraemos en ambicionar cosas, honores, puestos, aplausos que pueden llegar a corromper esa libertad de corazón que nos debe caracterizar.

“Muchas veces ocurren hechos en nuestra vida cuyo significado no entendemos. Nuestra primera reacción es a menudo de decepción y rebelión. José deja de lado sus razonamientos para dar paso a lo que acontece y, por más misterioso que le parezca, lo acoge, asume la responsabilidad y se reconcilia con su propia historia.” (Patris corde)
Pero, no nos equivoquemos: “José no es un hombre que se resigna pasivamente. Es un protagonista valiente y fuerte. Sólo el Señor puede darnos la fuerza para acoger la vida tal como es, para hacer sitio incluso a esa parte contradictoria, inesperada y decepcionante de la existencia”.
Esa pobreza de corazón nos llama inmediatamente no solo a reconocernos frágiles, sino también necesitados de nuestros hermanos. Pertenecemos al orden de los sacerdotes, a un grupo muy especial, unido en fraternidad sobrenatural, que es más real que la natural de la sangre. No nos dejemos llevar por la soberbia de la autosuficiencia que nos aleja de nuestros hermanos y nos hace más frágiles y vulnerables. Por eso es de vital importancia tener un director espiritual, que normalmente pertenece al mismo presbiterio y que ordinariamente se convierte en nuestro confesor, instrumento de Dios que nos fortalece con la gracia sacramental y nos aconseja con la gracia de estado que acompaña a este oficio tan entrañable y necesario que vemos representado desde el inicio de la Iglesia, cuando en Damasco Jesús, quiso valerse de Ananías para que curara a Saulo de su ceguera. Bien podía haberle dado Jesús todas las instrucciones al nuevo apóstol, pero quiso contar con otro hombre para que le abriera los ojos para ver el camino a seguir, y así sigue hoy funcionando la Iglesia.

Los sacerdotes estamos llamados a ser los “despertadores de los deseos de santidad de nuestros hermanos”, aunque muchos fieles ya nos llevan gran ventaja en testimonio vivo de santidad, nuestro ministerio no cambia, por eso, hemos de vivir convencidos de que si no luchamos por ir andando el camino de la santidad, podríamos estar frustrando los planes que Dios tenía con nosotros. No nos arriesguemos. Bien decía S. Carlos Borromeo a sus sacerdotes: “si no cuidan su propia alma, ¿cómo pretenden guiar las de sus fieles?”

San José tuvo una vida sencilla pero no una vida fácil. Tuvo que luchar y mucho. Dolores, contradicciones, miedos, peligros… Pero desde aquel día en que aceptó su vocación nunca dejó de ser el custodio del Redentor, el padre terreno que Cristo necesitaba. No nos hagamos una caricatura del Santo Patriarca, sigamos este año de San José descubriendo la grandeza de su sencillez y pidámosle que nos ayude a imitarlo con empeño y decisión y a vivir con valentía nuestras promesas sacerdotales que en seguida vamos a renovar. AMEN

+Mons. Miguel Fernando González Mariño
Obispo del Espinal

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