VIGILIA PASCUAL 2021

Mons. Miguel Fernando González Mariño en la celebración de la Pascua

Desde el vacío y la oscuridad misteriosa de la muerte de Cristo, surge la potente fuerza de la Resurrección. Más que la derrota de la vida y del amor, hemos contemplado en estos días la victoria de la vida sobre la muerte, la victoria del amor fiel sobre el odio cruel. Hemos comprobado que el amor es la fuerza poderosa que mueve el mundo, aunque a veces no lo parezca.

En la Iglesia celebramos la esperanza que nos invita a escuchar la voz de Cristo vivo. Después del silencio de Dios viene la cascada de respuestas que estábamos esperando. Todo en los planes divinos tiene sentido, su tiempo y su lugar… y todo es para el bien de los que aman a Dios.

Pero para eso, hay que detenernos y escuchar la voz de la conciencia: si yo, con mi conducta y mi forma de vivir y asumir el día a día he sido parte de la solución o del problema.

La pandemia que estamos enfrentando es una llamada a la responsabilidad. En las diferentes formas de presencia del bien y del mal en el mundo, cada uno de nosotros tenemos siempre una cuota de responsabilidad. También nosotros debemos cuestionarnos sobre nuestra culpabilidad en la muerte de Cristo. Los culpables, lo sabemos, no fueron los judíos de aquella época en que lo crucificaron, sino que fueron –fuimos y seguimos siendo– los pecadores de todos los tiempos. De hecho, nuestro crimen es mayor que el de los contemporáneos de Jesús, pues, como dice san Pablo a los corintios: de haberlo conocido, no hubieran crucificado jamás al Señor de la gloria. Nosotros, en cambio decimos conocerle, más aún nos llamamos cristianos, sus hermanos, pero con nuestros pecados seguimos atentando contra Él. (Cf. CEC)

Nuestra historia es la historia de Cristo, por eso hemos escuchado y cantado con los salmos los principales pasajes de la historia de la Salvación desde la creación y la historia de la Pasión de Cristo, es nuestra historia, por eso la hemos leído y meditado con detenimiento estos días. Nosotros estamos ahí, somos un personaje más en esas escenas, unas veces actuamos como Judas, dejándonos tentar por la avaricia y el egoísmo, otras veces como los fariseos soberbios y altaneros, perdiendo de vista la vida eterna, o como Caifás, cuando juzgamos con dureza e injusticia al prójimo, y a veces también como Pilatos cuando no queremos comprometernos con la verdad y dejamos que las cosas pasen sin cumplir con nuestros deberes, o, talvez actuamos como el pueblo que se dejó manipular pidiendo que crucifiquen a Jesús y entonces dejamos que se impusiera en nuestra sociedad con fuerza de ley el aborto y la eutanasia que denigran de la dignidad de la persona humana pensando que es más “humano” matar a nuestros enfermos, supuestamente “para que no sufran”, en vez de darles nuestro cariño y cuidados para que tengan una buena y santa muerte procurando aliviarles no solo el dolor del cuerpo sino del alma. También traicionamos a Jesús y lo coronamos de espinas cuando nos contagiamos voluntariamente del perverso virus de la corrupción que, en vez de un aparente beneficio, lo único que trae es daño y perjuicio deformando nuestra conciencia moral y sanas costumbres.

No obstante, podríamos –deberíamos– ser parte de los buenos y humildes que se dolieron de la pasión infame de Jesús, de aquellos del Sanedrín que, en contra de la mayoría de sus colegas, no estuvieron de acuerdo con la sentencia injusta, podríamos –y podemos– ser como la Magdalena, que en medio de las calles y a pesar del tumulto y los gritos de la gente, encontró el modo de acercarse y con cariño limpiar el rostro sangriento del Señor, dándole un verdadero alivio más espiritual que material que, seguramente le agradeció y premió con creces. Podremos ser incluso el buen ladrón que no dejó perder los últimos segundos de vida del Salvador y le pidió perdón, porque nunca es tarde para nuestra conversión mientras tengamos tiempo aquí en la tierra.

El objetivo de la celebración anual solemne de la Semana Santa, es precisamente este: revisar nuestra vida, confrontarnos delante de Dios y ver de qué parte estamos. Cuál es el sentido y el verdadero motivo de nuestra vida. Qué impulso nos mueve a hacer lo que estamos haciendo y a obrar como estamos obrando. Qué es lo que nos ilusiona, cuáles son nuestras metas. Más aún para qué vivimos y para que queremos seguir viviendo. ¿Somos mejores que el año pasado? ¿Hemos combatido nuestros defectos o nos estamos acostumbrando a ellos? ¿Nos estamos habituando a vivir en gracia de Dios o ya nos volvimos insensibles y cargamos con nuestros pecados demorándonos meses sin acercarnos a la confesión?

¿Para qué me ha servido la pandemia? Si ya entendimos, –por la luz de la fe– que esta no es un castigo sino una oportunidad para santificarnos, cómo lo estamos concretando? ¿Qué decisiones hemos tomado en la vida para ser parte de la solución y no del problema?

Para los que crucificaron a Cristo, saber que ya estaba en el sepulcro les causaba una sensación de triunfo pensando que habían logrado acabar con ese líder incómodo y exigente. Para los discípulos que lo habían seguido era motivo de tristeza, desconsuelo y desesperanza. Tanto para unos como para otros la sepultura era el final de la historia. No había más que esperar. No habían entendido aquello de “la Resurrección”, comentan los evangelistas en más de una ocasión.

Pero al tercer día Cristo resucitó. Si no fuera así, –como escribe el apóstol– vana sería nuestra fe: Qué sentido tendría creer en un líder muy bueno y carismático? en un filósofo muy sabio? En un visionario que vino a hablarnos del reino de los cielos pero que murió a causa de sus enemigos? Vivir y morir por él sería un absurdo fanatismo, no valdría la pena. Sería angustioso y muy desaconsejable leer una vida tan frustrante.

Pero en esta noche santa no nos alegramos sólo porque Cristo haya resucitado, sino porque nosotros hemos resucitado con Él. Al vencer la muerte en el sepulcro al tercer día de haber sido enterrado, Cristo también nos da esa vida nueva a los que creemos en Él. Y si hemos resucitado con Él, hemos de buscar los bienes de arriba, donde está Cristo, sentado a la derecha del Padre, como exhorta san Pablo. Pongan todo el corazón en los bienes del cielo, no en los de la tierra, por que han muerto y su vida está escondida con Cristo en Dios. Estamos llamados y capacitados para la vida eterna en el cielo, donde por derecho sólo puede estar Dios, por eso Jesús lo llama “la casa del Padre”. Por los méritos de la Pasión, muerte y resurrección ¬–y sólo por ellos– podemos tener como meta el cielo. De otra manera sería una vana ilusión. ¡¡Que grandioso e inmerecido regalo!!

A la primera persona que seguramente se apareció Jesús resucitado debió ser a la Virgen María. Dice san Juan Pablo II al observar la lógica con que actúa Jesús. Era la persona que con gran diferencia, más amaba porque era quien más lo sabía amar, poseía el alma mejor preparada, porque habiendo recibido ya una vez al Espíritu Santo, entendía mejor que Jesús venía a redimir el mundo y la muerte no podía vencerlo, además, era su madre y como buen hijo era a quien primero quería saludar y consolar. Pues con ella vamos a entender y disfrutar mejor nuestra relación personal con su hijo resucitado, vivo y vivificante. Tenemos que aprender a vivir con los pies en la tierra, pero con el corazón en el cielo, haciendo bien nuestros deberes de cada día, viviendo a fondo nuestra vocación, como tarea que el mismo Dios nos ha encomendado a cada uno, para mejorar y embellecer este mundo.

Nos alegramos porque Cristo ha vencido a la muerte pero también porque nos ha involucrado en su triunfo. Y eso nos compromete. Saber que venimos de Dios y a Dios volvemos es nuestro gran privilegio como cristianos y al mismo tiempo nuestro gran compromiso. Saber de dónde venimos y para dónde vamos nos convierte en guías, en luz del mundo. No somos uno más entre la muchedumbre, no somos uno “del montón”. Dios cuenta con cada uno de nosotros, nos ha llamado “con nombre y apellido”, ya nos ha comunicado sacramentalmente su Espíritu Santo que nos permite obrar a otro nivel, al nivel sobrenatural.

No nos llama a “lucirnos” con luz propia, sino a “iluminar” con la luz de Dios. Por eso, para encender nuestra velita esta noche, tomamos el fuego de cirio Pascual, porque al resucitar, Jesús nos asocia a su obra salvadora. No solamente quiere redimir sino hacerlo con nosotros. Esa es la novedosa tarea de la Iglesia que es cuerpo místico del Cristo resucitado. Actuamos con Cristo, con Él y en Él, como ya lo meditamos el Jueves Santo.

Nuestro destino es Cristo, por eso nos llenamos de gozo y nos proponemos recibir con mayor fe y devoción sus sacramentos, en primer lugar la Eucaristía. No nos distraigamos, como dice la sabiduría popular “tirándole piedras a los perros del camino”, no sea que perdamos el tiempo y se nos acabe sin haber avanzado. Vayamos con paso firme por la vida haciendo todo el bien que podamos, con alegría, porque Cristo ha resucitado y nosotros con Él.

Pero, nadie se salva solo. Para lograrlo, Dios ha puesto como cumbre de la creación a la familia, como lo narra el génesis, para que custodie y administre los bienes que con su bondad ha creado. Es en el ambiente familiar donde Dios quiere que nazca cada nuevo ser humano en esta tierra, es en la belleza del hogar bendecido en santo matrimonio donde la persona conoce lo que es amar porque se siente querido y amado. Es en el contexto de la familia donde se da la mejor y más eficaz catequesis, que es la del ejemplo de la vida diaria. Es en casa donde aprendemos aquellos valores fundamentales que nos sirven para toda la vida. Si en la familia no se tiene en cuenta a Dios, no se ora en la mesa, no se bendicen los niños cuando salen de casa, no se van todos juntos a misa los domingos, estamos poniendo en riesgo ese plan divino en que Dios cuenta con nosotros para la salvación de los demás.

Podría disculparse en ciertas circunstancias que uno no le hable de Dios a un extraño que se encuentra por la calle porque no se sabe si no reacciona bien o se sienta ofendido o talvez vaya de prisa. Pero lo que no se puede comprender bajo ninguna circunstancia es que un papá o una mamá no le hable de Dios a sus hijos, que se preocupen por darles estudio, ropa, salud y en cambio no se preocupen de su alma y su salvación. Eso es imperdonable. Ven sus cuerpos y no sus almas! Eso no es justo.

Los hijos son de Dios, “Dios los presta” se suele decir, y se los confía a sus padres. Dios quiere que cada hija/ hijo llegue al cielo y se los encarga a los papás. De qué sirve darles dinero, si no les da cariño? Y la primera prueba de amor auténtico consiste en ayudarles a llegar al cielo. En eso se resume la tarea paternal. Para eso es la familia.

Igualmente debe ser el trato entre los novios y los esposos. No se puede decir que amamos a alguien si no le ayudamos a acercarse a Dios. Estamos en el año de la Familia, por querer del Santo Padre desde el pasado 19 de Marzo. Para celebrarlo como es debido, he dado la instrucción a los sacerdotes para que en todas las parroquias de nuestra diócesis se celebren matrimonios colectivos para facilitar que el alto número de familias que se encuentran viviendo sin estar casados puedan acceder con más facilidad a este sacramento y santifiquen su hogar. Si no cuidamos y santificamos a nuestras familias no podremos tener una sociedad en paz, sana y fuerte. Necesitamos familias que orienten y protejan a nuestros niños y jóvenes de tantos males que les asechan y quieren destruirlos. Que les sepan dar criterios para ser personas de bien y que sepan hacer el bien. Sabemos que un niño o un joven solo y desprotegido es muy vulnerable, por eso las fuertes ideologías perversas que circulan por los medios de comunicación buscan desprestigiar y “redefinir” el concepto de familia.

Queridos hermanos y queridas familias de la diócesis del Espinal: En esta noche santa les deseo que la alegría de la Pascua de Cristo Resucitado brille en sus corazones y que el fuego del amor y de la fe se difunda desde sus hogares, para que asumiendo con la esperanza puesta en Dios, lleguen juntos: padres e hijos a la dicha eterna, donde nuestro Padre celestial nos espera a todos sin que ni uno solo se pierda. ¡Felices Pascuas!

+Mons. Miguel Fernando González Mariño
Obispo del Espinal

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