Jesús nos ama en y nos da la vida

“Jesús invita a los pecadores al banquete del reino: «No he venido a llamar a justos sino a pecadores «. Invita a la conversión, sin la cual no se puede entrar en el reino, pero les muestra de palabra y con hechos la misericordia sin límites de su padre hacia ellos y la inmensa alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta”
Lucas. 15, 7-32

Dios siempre ha amado a los hombres, a la humanidad entera, desde antes de crear el mundo y pensó en los detalles, para que su inmenso amor se convirtiera en una realidad. Empezó por construir un mundo especial, en donde no faltara nada, porque creó hasta la flor para que se encargara de adornar el paisaje y así, el hombre gozara con la plenitud de la naturaleza.
Por eso, después hizo al hombre “a imagen y semejanza suya” para que esa naturaleza no se sintiera sola y pudiera abrazar el sentimiento del amor.
El amor de Jesús por los hombres es inmensamente grande, único y total, tanto que fruto de ese profundo sentimiento, dio la vida por nosotros, ofreciéndose a un suplicio de cruz, que solo el hijo de Dios pudo aceptar para unir los horizontes del tiempo en épocas de perdón, reconciliación y paz.

Es extraordinariamente grande el amor de Jesús por la humanidad, que en medio de los errores, el pecado y las situaciones que nos hacen alejar de Él, Jesús continúa con nosotros, con su corazón abierto, dispuesto día y noche para escuchar la voz del arrepentimiento, y precisamente Él, llegará como el Centinela a la noche, para cubrirnos con su manto impregnado de consuelo, esperanza y protección. Guiándonos en la oscuridad y siendo luz para nuestros ojos, para que no nos perdamos en el abismo insondable de la indiferencia y el pecado.

Jesús al igual que el padre Celestial, nos ama, tanto padre como el hijo, son como la llave que abre el corazón y penetran en él para depositarnos la semilla de la fraternidad, que hace hombres nuevos, valientes y decididos, como los que necesita el mundo de hoy, arrojados, con la premisa, de que «todo se puede en aquel que me reconforta», como lo dice el apóstol San Pablo, y esa perspectiva de amor es Jesús, presente y futuro de nuestras vidas.

Con el amor de Jesús, su muerte y su resurrección, se alivian las penas, se curan las heridas, porque Él vino, para que todos tengamos vida, y la tengamos en abundancia, así vayamos por el mundo enfrentándonos al peligro, combatiendo la ignorancia, soportando las penas, amarguras y dolores, propios de nuestra condición de humanos, con las imperfecciones y sufrimientos, pero seguros de ese amor inconmensurablemente grande que siente Jesús por todos y cada uno de nosotros.

En la vida cotidiana, cargada de ocupaciones y situaciones, debemos pensar que hay un Ser superior, que se desvela por nosotros, que brilla en el firmamento siguiendo los pasos de sus Hijos, para que no nos falte nada, sino por el contrario nos podamos fortalecer en el vínculo esencial que Él nos ha transmitido desde todos los tiempos, para que seamos soportes en el mundo, anhelos y sueños para la familia, la comunidad y la sociedad en general.

Sintamos el amor regocijante de Jesús en cada uno de los momentos y acciones de nuestras vidas, transmitiéndolo a los demás como la mejor prenda de garantía para vivir felices en la tierra a su lado.

Libro Semillas Educativa
Autor Pbro. José Orlando Salazar Duque. PhD
páginas 128 y 129

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