22 de agosto de 2021.

Domingo 21 del Tiempo Ordinario.

DEL LIBRO DE JOSUÉ 24,1-2ª.
Cuando se tiene una experiencia significativa del amor de Dios, nadie podrá apartarlo de su presencia. A sí lo vemos en Josué, cuando con valentía reúne a las cabezas de las familias, a los jueces y alguaciles y les dice: “Si no os parece bien servir al Señor, escoged hoy a quién queréis servir: a los dioses que sirvieron vuestros antepasados al este del Éufrates o a los dioses de los amorreos en cuyo país habitáis; yo y mi casa serviremos al Señor”. La respuesta fue maravillosa. El pueblo respondió: “¡Lejos de nosotros abandonar al Señor para servir a dioses extranjeros! El Señor es nuestro Dios; él nos sacó a nosotros y a nuestros padres de la esclavitud de Egipto; él hizo a nuestra vista grandes signos, nos protegió en el camino que recorrimos y entre todos los pueblos por donde cruzamos. También nosotros serviremos al Señor: ¡es nuestro Dios!”. Que nosotros, que nuestras familias y que nuestros pueblos digamos: “El Señor es nuestro Dios. Lejos de nosotros abandonarlo”.

SAL 33,2-3.16.
La misericordia del Señor es eterna. Aunque, por la debilidad, pequemos, cada vez que le pedimos perdón al Señor, él nos perdona, nos libra de la angustia y tribulaciones y nos da su gracia para seguir adelante. La invitación es a no cansarnos de pedirle al Señor, porque él siempre nos escucha.

DE LA CARTA DEL APÓSTOL SAN PABLO A LOS EFESIOS 5,21-32.
Cada vez que un matrimonio entra en crisis, en vez de pensar en la separación, lo que deben hacer es contemplar la cruz de Cristo, llenarse de humidad y pedir perdón, recordando lo que aconseja san Pablo, “que el marido es cabeza de la mujer, así como Cristo es cabeza de la Iglesia” y a quien le pide amar a su mujer, como Cristo amó a su Iglesia, hasta dar la vida por ella. “Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne”. Oremos por los matrimonios rotos, por los que están en crisis, para que, volviendo a Dios, restauren tan sublime sacramento, haciendo de su familia, una verdadera comunidad de amor, entrega a Dios y servicio a la iglesia.

EVANGELIO SEGÚN SAN JUAN 6,60-69.
El seguir a Jesús tiene algunas exigencias y no todos son capaces, porque aún no han experimentado la gracia de Dios, por ello algunos hacen omiso el mensaje de Cristo y otros se quedan en el camino, pero los que han tenido una experiencia significativa, jamás se quedan atrás, a pesar de las exigencias o de las pruebas. Jesús viendo que algunos de los suyos no se comprometían y otros no volvían con él, interroga a los doce: ¿También vosotros queréis marcharos?, a lo que Simón Pedro, impulsado por el Espíritu le responde: “Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo consagrado por Dios”. Que los tres elementos de nuestro ser: cuerpo, espíritu y alma, a ejemplo del Apóstol Pedro respondamos: “A quien iremos sino a ti, ya que sólo tú tiene palabras de vida eterna.

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