Clave en el llamado vocacional: cultiva la amistad con Jesús

Unos piensan en la vida cristiana como un sacrificio, como un decir ¡no!,a todo lo que lleva al pecado. Otros pueden pensar que es un vivir en el éxtasis. Se puede pensar un poco de todo. Pueden venir a la mente una serie de mandamientos, reglas, ritos… Pero ¿qué es lo importante en el cristianismo? ¿Quién es el cristiano auténtico? Puede ayudar aquello que dijo Benedicto XVI de que el cristianismo es el encuentro con una persona. Con Jesucristo mismo. Y entonces se comprende que el cristiano, el verdadero cristiano, es aquel que se ha encontrado con Jesús. Aquel que vive en continua comunicación con Jesús.

Podemos pensar en los discípulos. Ninguno de ellos era perfecto, no se la pasaban en éxtasis, pero eran hombres que seguían a Jesús y lo amaban con un corazón sencillo. A ellos no les faltaron los momentos difíciles, pero tampoco las alegrías. Podemos pensar en las largas jornadas que pasaban con el Señor. Cuántas bromas no les habrá hecho el Señor o cuántos días felices. Sin duda que las celebraciones de las fiestas debían de ser de lo mejor o las largas caminatas serían de lo más interesantes. Pero también había momentos difíciles. Cuántas veces el Señor regaño a Pedro o a Juan, el discípulo amado. Tuvieron que dejar atrás su casa, su dinero, su familia. Y más tarde llegó el anunció de la cruz. Qué duro debió de haber sido ese discurso del Señor… y sin embargo llegó la cruz. Y apenas la vieron, salieron corriendo, se escaparon. Pero cuando se dieron cuenta de su miseria y de su debilidad, supieron acudir al Señor y confiaron plenamente en Él.

Eran hombres normales, con sus flaquezas y sus puntos fuertes. Y estos hombres supieron entrar por la puerta que Jesús les indicaba. Tomaron la cruz, sí, pero no iban solos porque el Señor los acompañaba. Y así también el Señor nos muestra un camino y una cruz. Puede parecer lo más horrible, pero si miramos a nuestro lado y vemos que Jesús va con nosotros, nos daremos cuenta que es lo mejor que nos ha pasado. Cuando nos llegue una dificultad, cuando veamos que hemos pecado y nos avergoncemos de nuestra debilidad, démonos cuenta que el Señor nos está extendiendo el brazo para ayudar a levantarnos. Cuando la enfermedad toque a nuestra puerta no tengamos miedo, sino que descansemos en Jesús, que está ahí para consolarnos en el rostro de un familiar o un amigo.
La cruz y el camino son difíciles, pero no vamos solos. Caminando con Jesús, hasta el suplicio más duro se convierte en alegría como lo fue para el buen ladrón a para el Cireneo.

El ministerio sacerdotal está abierto a todos los hombres. La tarea del sacerdote-amigo es luchar por salvar a todas y cada una de las ovejas a él encargadas, pues, su máxima obligación es alimentarlas, conocerlas, guiarlas, e incluso donar su vida, con tal que ninguna de ellas se pierda, y esto lo logra cuando se acerca a ellas con un corazón de padre y amigo.
El conocer cada oveja le indica al Pastor-Amigo una continua comunicación con su rebaño que facilite la interacción personal que en último término se entiende como una donación del Pastor a sus amigos. La amistad sacerdotal es una de las maneras eficaces para hacer realidad la caridad pastoral que lleve al sacerdote a la felicidad por la vivencia fecunda de su ministerio. El ministerio no tiene otro objetivo que el de distribuir al pueblo los dones de Dios que son regalos; de tal manera que el sacerdote se convierte en el principal regalo de Dios Padre para una comunidad: «Os daré pastores que según mi corazó os den pasto de conocimiento y prudencia», donación que se manifiesta mediante el servicio apostólico con corazón de Pastor.
Es tan importante la amistad que Jesús mismo se presenta como amigo: «Ya no los llamo siervos, los llamo amigos» (Jn 15,15). Por la gracia que Él nos regala, somos elevados de tal manera que somos realmente amigos suyos. Con el mismo amor que Él derrama en nosotros podemos amarlo, llevando su amor a los demás, con la esperanza de que también ellos encontrarán su puesto en la comunidad de amistad fundada por Jesucristo. Y si bien Él ya está plenamente feliz resucitado, es posible ser generosos con Él, ayudándole a construir su Reino en este mundo, siendo sus instrumentos para llevar su mensaje y su luz y, sobre todo, su amor a los demás (cf. Jn 15,16). Los discípulos escucharon el llamado de Jesús a la amistad con Él. Fue una invitación que no los forzó, sino que se propuso delicadamente a su libertad: «Vengan y vean» les dijo, y «ellos fueron, vieron donde vivía y se quedaron con Él aquel día» (Jn 1,39). Después de ese encuentro, íntimo e inesperado, dejaron todo y se fueron con Él. (Cristhus Vivit, Exhortación apostolica Papa Francisco N-153)

Tenemos que meditar continuamente en este misterio de amor. Sinceramente, ¿quién en esta vida estaría dispuesto a dar la vida por mí? Creo que nadie, si acaso, considerando que tengo unos muy buenos padres, mis papás podrían hacerlo. Pero Él ya lo hizo, murió por mí, y fue una muerte denigrante y escandalosa. Desnudo, azotado, como un gusano, escupido y mofado, despojado de toda dignidad, crucificado como un «Don Nadie».

Y TODO POR AMOR…Ayúdanos, Señor, a comprender que verdaderamente no existe amor más grande “que el de aquel que da la vida por sus amigos»

Fernando José Bermúdez Rojas. Diácono de la Diócesis del Espinal, Tolima

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