HOMILÍA ORDENACIÓN SACERDOTAL DE FERNANDO JOSÉ BERMÚDEZ

Muy querido Fernando José, queridos hermanos Obispos y sacerdotes y todos los presentes, hermanos todos en Cristo: La ordenación de un nuevo sacerdote constituye, en la vida de la Iglesia, uno de los mayores motivos de gozo, esperanza y acción de gracias, pues es un momento en que se hace plenamente patente la promesa del Señor “yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo”.

Ese gozo y alegría tan propios de la familia de los hijos de Dios se acrecienta cuando el que se ordena se convertirá en el primogénito de mi episcopado, por eso les pido a todos los aquí presentes y los que están viviendo esta celebración desde sus casa, por medio del Internet, que intensifiquen sus oraciones para que –usando lenguaje bíblico– sea el “primogénito de muchos hermanos”.

Hoy seremos testigos de ese gran misterio de la libertad de Dios que llama y de la libertad del hombre que le responde a ese llamado, para que, en ese encuentro de voluntades divina y humana, se lleve a cabo el plan de salvación que Dios ha diseñado.

En la Palabra de Dios que acaba de ser proclamada, hemos escuchado textos muy hermosos y llenos de detalles sobre ese misterio llamado la vocación, que nos ayudan a meditar y admirar la trascendencia de la llamada que Dios hace a cada uno de nosotros.
En la Primera Lectura hemos escuchado uno de los textos vocacionales más bellos y detallados de la Sagrada Escritura en el que Jeremías nos cuenta la experiencia de aquel día en que fue consciente de que Dios lo llamaba. Tomado del capítulo 1º de su profecía, nos permite ver que la vocación es un acto eterno y gratuito de Dios, mediante el cual se desvela a un alma el por qué y para qué de su vida.

Vemos así, que el comienzo de la existencia de una persona no es, ni mucho menos, el simple resultado de la casualidad, pues nada escapa a la divina Providencia. Jeremías escribe lo que Dios le dijo:
«Antes de formarte en el vientre, te escogí; antes de que salieras del seno materno, te consagré; te nombré profeta de los gentiles.»
Antes de formarnos en el vientre materno, ya Dios nos quería, quería que existieramos y sabía para qué nos daba esta oportunidad maravillosa de vivir.

Dios tiene un proyecto específico para cada persona y otorga a cada individuo unas características singulares adecuadas a la tarea a la que lo destina, justamente a eso se refiere cuando le dice al profeta que lo ha formado en el vientre materno y que, como lo conoce bien, entonces lo escoje. Pero, más aún, Dios le dice a Jeremías que antes de que saliera del seno materno ya lo había consagrado, es decir, lo había reservado para el servicio de Dios. Dios sabe perfectamente a quien llama a consagrarse a su santo servicio y sólo está esperando la respuesta libre y generosa de aquel a quien amorosamente está llamando.

Ese proyecto divino, bien determinado desde antes del nacimiento, se manifiesta al cabo del tiempo, cuando la persona ha alcanzado la edad adecuada para hacerse cargo de los designios que el Señor le ha preparado.
Comentando este pasaje, escribe S. Juan Crisóstomo estas palabras que pone en boca de Dios: “Yo soy el que te he plasmado en el seno materno. No es obra de la naturaleza ni de los sufrimientos. Yo soy la causa de todo, de modo que puedas obedecer con rectitud y ofrecerte a Mí”. No dice primero te consagré, sino te conocí, y después sí, te consagré. Con ello demuestra la elección previa y luego la vocación específica. Dios nos conoce, se fija en nosotros, nos propone aquello para lo que hemos sido creados. Por eso, para nosotros, enterarnos de nuestra vocación constituye una novedad, pero no para Dios.

Pero este plan divino no nos es impuesto a la fuerza, porque así no tendría valor ni mérito nuestra respuesta. Si no fuera una decisión libre, la respuesta a la vocación no podría ser un acto de amor a Dios.
No obstante, cuando el misterio de la vocación personal comienza a desvelarse, la primera reacción puede ser de miedo, puesto que, reconocemos nuestras propias limitaciones para la magnitud de la tarea que el Señor propone.

“Yo repuse:

  • «¡Ay, Señor mío! Mira que no sé hablar, que soy un muchacho.
  • No digas: “Soy un muchacho”, que a donde yo te envíe, irás, y lo que yo te
    mande, lo dirás. No les tengas miedo, que yo estoy contigo para librarte.»
    No sabemos qué edad tendría Jeremías cuando tuvo este diálogo con Dios, pues la palabra hebrea que usa [na’ar] es poco precisa y solo alude a su gran juventud. Es probable que fuera un adolescente. Pero en todo caso, en la respuesta a la vocación, lo que hay que atender sobre todo es a Dios mismo que es quien llama, que nunca abandona a sus elegidos y les proporciona todo el apoyo necesario para realizar la misión que les encomienda, por eso concluye aquel entrañable diálogo cuando Dios dice:
    El Señor extendió la mano y me tocó la boca; y me dijo:
  • «Mira: yo pongo mis palabras en tu boca.»
    Ese gesto simbólico de Dios que extiende su mano para tocar la boca de Jeremías como si la llenara de sus palabras, es similar a pasajes de la vocación de otros profetas y se convierte fundamentalmente en una invitación a la serenidad, con la confianza de que en el momento oportuno Dios pondrá en los labios la expresión adecuada, que es una promesa semejante a la que Jesús hizo a sus discípulos, asegurándoles que el Espíritu Santo les ayudaría.
    Efectivamente, la vocación que hoy celebramos es la llamada a ser sacerdote de Cristo, que no es sólo vocación de profeta, sino algo infinitamente más grande. El sacerdote de Jesucristo, no es sólo el que habla de parte de Dios, sino el que actúa “in persona Christi capitis”en la persona de Cristo.
    El sacerdote del Nuevo Testamento se consagra en cuerpo y alma para prestarle a Cristo sus manos, para que Cristo mismo sea quien bendiga, le presta sus pies, para que Él llegue personalmente hasta los enfermos a darles la paz y el conselo, y para que esté en medio de los más pobres y alejados, que son sus hijos más amados. El sacerdote le presta a Jesús sus oídos y su paciencia para escuchar, aconsejar y absolver los pecados de quienes, arrepentidos, buscan la misericordia y el perdón, y obtienen incluso, su resurrección quien es absuelto de pecado mortal.
    Pero sobre todo, el sacerdote presta a Cristo su boca, sus ojos, su inteligencia y voluntad, su personalidad, su ser entero, para que al consagrar el pan y el vino en la santa misa, cambien de sustancia y se conviertan en el alimento que da la vida eterna. De este modo, el sacerdote ya no es solo “alter Christus” –otro Cristo– sino “ipse Christus” el mismo Cristo en persona atendiendo y salvando a su rebaño.
    Querido Fernando José: Estos momentos de la historia que estamos viviendo, son exigentes. El pueblo santo de Dios –como le gusta decir al Papa Francisco– está especialmente necesitado, hambriento y sediento no sólo de alimento material sino, de luz y esperanza que sólo Jesucristo, através de sus sacerdotes, puede y quiere dar. El aislamiento, el miedo, la incertidumbre, la desesperanza, el empobrecimiento que, entre muchos otros males, ha traído la pandemia, agudizando situaciones que ya desde años atrás se venían viviendo en nuestro pais, exigen sacerdotes especialmente entregados, generosos, con gran capacidad de escucha y sobre todo, hombres de una profunda fe y oración, para que sepan transmitir con fuerza y convicción la paz, la esperanza y la confianza en Dios.
    Me consta, querido Fernando, que tu has sido muy consciente de esas grandes necesidades y has vivido con intensidad el servicio diaconal atendiendo –entre otras cosas…– lo que yo he llamado tu “parroquia virtual” acompañando y guiando a muchos familiares y amigos que están sufriendo especialmente por la muerte o enfermedad de sus seres queridos, ayudandolos a crecer en la oración.
    Hoy el Señor te llama para que agrandes y enriquezcas la capacidad de servir y hacer el bien a las almas, por medio del sacerdocio en el orden de los presbíteros que quiere confiarte. Apoyado en la gracia del diaconado que recibiste hace 15 meses –y que nunca se borrará– Jesús quiere que, con la gracia que hoy recibirás, te santifiques ayudando a tu obispo a salvar las almas de esta preciosa porción de la Iglesia que es la Diócesis de El Espinal.
    Dios no te pide menos que santidad de vida, porque sólo así será convincente la Palabra Divina que has de enseñar. La coherencia entre lo que vives y lo que predicas, será simpre el reto que garantizará la alegría de tu sacerdocio, no importa la edad, el lugar, la abundancia o escacez, la salud o enfermedad. Te pide que te entregues por completo, que vayas por la vida teniendo a Cristo como tu único tesoro, por el que dejas todo lo demás, con tal de tenerlo a Él. Puedes estar totalmente seguro de que “El Señor nunca se deja ganar en generosidad” pues Él mismo prometió que quien deja padre y madre, hermanos y casa…, recibirá 100 veces más en esta vida –claro– con persecusiones, que siempre harán falta para nuestra puruficación, pero luego, la vida eterna.
    Dentro de unos minutos escucharás la advertencia: “considera lo que realizas e imita lo que conmemoras y conforma tu vida con el misterio de la cruz del Señor”. Sí, la cruz no es trágico castigo, porque Jesucristo la transformó en bendición y gloria. La cruz es la garantía del amor. Un amor sin sacrificio no es creíble, por eso hoy Jesús te confía la tarea de ayudar a llevar con alegría la cruz salvadora a donde quiera que vayas.
    Fernando: la confianza que Dios ha tenido contigo es un misterio insondable. Nuestro Señor pone hoy en tus manos sus tesoros más valiosos: los tesoros de la gracia para que los repartas con generosidad, por medio de los sacramentos, la predicación y el testimonio de tu vida entera. En primer lugar, la celebración de la santa misa, que has de vivir con recogimiento y fevor cada día, deberá ser el primer y esencial medio para ir logrando tu configuración con Cristo. Tienes que vivir de tal modo que la santa misa sea relamente el centro y culmen de tu jornada y de tu vida entera. Pídele a Dios tener la gracia de no acostumbrate nunca a las cosas santas que haz de celebrar, de las cuales serás siempre administrador y nunca dueño. Que cada misa sea para tí un esfuerzo sincero para vivir ese encuentro personal con Cristo Pan de Vida, sabiendo que lo más importante de la celebración de la Eucaristía no es la homilía, sino la presencia de Cristo sobre el altar.
    El centro de toda la celebración es Cristo que se nos da. Que el sagrario donde está Jesús sacramentado, sea tu lugar habitual de oración de cada dia, te recomiendo también que seas especialmente generoso en administrar el grandioso sacramento de la confesión, en el que Jesús quiere encontrarse con tantas almas que sufren, para reconfortarlas e incluso resucitarlas perdonándoles sus culpas. Pasar horas confesando nunca será pérdida de tiempo, sino glorificación de Dios. Que nunca pierdas de vista, Fernando, que el Señor quiere que todos los fieles se salven y que cuenta contigo para que despiertes en ellos los deseos de santidad, necesarios para lograrlo.
    Recuerda siempre que la Virgen María es la Madre del Sumo y Eterno Sacerdote, nuestro Señor Jesucristo, “es el amor femenino que todo sacerdote debe tener” como recomendaba S. Juan Pablo II. Bajo su amparo te sentirás simpre protegido y con su ayuda sabrás tener el cariño y la cercanía paternal con todos tus fieles y a la vez la distancia prudente que salvaguarda tu corazón que sólo le debe pertenece a Cristo.
    Finalmente, considera que no es casualidad que recibas la Ordenación en el año de San José. San Juan Pablo II lo llamaba “el hombre de confianza de Dios”. Hoy el Señor te pide que vivas con especial cuidado la humildad, pureza de corazón y fidelidad que caracterizan al Santo Patriarca. La tradición multisecular de la Iglesia invita a los sacerdotes a que al prepararnos para celebrar la santa misa, dirijamos una oración a Dios pidiéndole que así como san José mereció tratar y llevar en sus brazos con cariño a Jesús, nos conceda también que le sirvamos con corazón limpio y buenas obras de modo que aquí recibamos cada día más dignamente el sacramento de la Eucaristía y en la vida futura merezcamos alcanzar el premio eterno.
    Los invito, queridos fieles a participar con gozo, recogimiento y devoción de este rito de ordenación.

Miguel Fernando González
Mariño
Obispo del Espinal

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